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Elecciones autonómicas 2015

Una urna para 17

Escondido entre collados de la merindad de Sangüesa, Castillonuevo se postula como el ayuntamiento con menor número de habitantes censados (17)

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Una urna para 17
  • andrea gurbindo. Castillonuevo
Actualizado el 24/05/2015 a las 06:00
Siempre he pensado que hay dos cosas complicadas a las que, tal vez algún día, me tocará enfrentarme. Cerrar la casa en la que vivo es una. Echar la llave al pueblo, otra”. La voz de José Hernández Aristu suena sincera en los escasos diez metros cuadrados que ocupa el despacho del primer edil. El pueblo en el que reside es el mismo que le vio nacer hace 74 años y el que le corona como alcalde desde hace nueve legislaturas. Castillonuevo es el consistorio más pequeño de Navarra y hoy vivirá una jornada electoral en la que, como máximo, ejercerán su derecho a voto 17 personas. “El problema es que no queda gente”.

Es el suspiro de este alcalde, preocupado con la posibilidad de tener que verse obligado a “fusionar” su pueblo con otro municipio. Este es el mismo temor que comparten con él los demás protagonistas de una particular y mimada historia. “Pasaríamos a ser concejo y dejaríamos de tener esta libertad y autonomía”, adelantan por turnos José María Iza Mendive y Miguel Ángel Cabodevilla Mendive, de 65 y 66 años. Hacen referencia a la oportunidad que les otorga días como el de hoy. Poder constituir una mesa electoral es sinónimo de alivio para los empadronados. Desde el año 1200, cuando se alzó Castillonuevo, no ha perdido su característica de ser ayuntamiento propio. “Por amor del mismo tipo, propio, tenemos que intentar mantenerlo”, reza el alcalde.

Dos días antes de que llegue el momento de la votación, los vecinos reciben sonrientes en la plaza consistorial a la cartera oficial del municipio. Merche Moler Ayechu lleva 22 años repartiendo y visitando Castillonuevo cada día. “Traigo el correo desde Navascués”, cuenta tímidamente. Moler sostiene entre sus manos las papeletas electorales del único candidato de Castillonuevo. “El de siempre”, se escucha entre risas.

El guiño de complicidad para con el alcalde es evidente. José Hernández Aristu vuelve a presentar su candidatura como opción a la alcaldía de este rincón foral de 37 casas. Su papeleta, por UPN, es la única alternativa de voto que existe. “El primer año tuve competencia, pero desde entonces sólo me presento yo”, afirma con gesto de orgullo. “Pero no le doy importancia si alguien toma la decisión de no votarme”, contesta risueño al plantearle la opción de que, entre 17 personas, puede imaginar quien ha optado por él o por emitir un voto nulo o en blanco.

“Decidimos junto a la secretaria quién va a formar la mesa, no se sortea como en otros ayuntamientos”, apunta simpático Javier Mendive García, el más joven de todos los censados, con 46 años. “Esto está lleno de anécdotas. No es como en cualquier otro municipio. Aquí podemos venir a votar todos para las 9 de la mañana y haber terminado para las 9.30 horas, por decir algo”, relata de nuevo el alcalde. “Pero siempre alguien falla y no viene: porque está malo, porque nadie le puede traer... ¡Vete a saber! Pero aunque sepamos de primera mano que alguien no va a venir, tenemos que estar aquí sentados hasta las 20 horas”, comentan entre ellos recordando cómo el año pasado, durante las elecciones europeas, intentaron cerrar su pequeño colegio electoral varias horas antes. “No nos dejaron”, ríen.

UN ARRAIGADO 'TÚ A TÚ'

Castillonuevo, ubicado a escasos 80 kilómetros de la capital foral, deja a un lado su rutina habitual en días como hoy. Por un lado, los encargados de la mesa ocupan la jornada siendo conscientes de que, una vez pasen todos los vecinos, nadie más ascenderá las escaleras que llevan de camino a las urnas. Por otro, la jornada electoral marcará una crecida de visitantes considerable, no así en invierno, cuando las cerraduras, inamovibles, mantienen la ausencia de buena parte de los presentes.

Javier Serrano Arce, de 54 años y natural de Pamplona, es uno de los pocos censados que no se criaron en el pueblo. “Mi mujer es de aquí y lo siento como mío. Es mi pueblo, vamos. Decidí que, en cuanto pudiese, me empadronaba aquí”, reitera. Son las primeras elecciones en las que depositará sus papeletas en Castillonuevo, una mezcla de nervios y felicidad.

En el lado opuesto se encuentra Serafín Cabodevilla Iza, de 82 años y uno de los más mayores. “En este pueblo me encuentro bien y tranquilo, lo cuido bien. Quiero y me gusta votar aquí y en ningún otro sitio”, señala antes de contestar junto al alcalde sobre cómo es su día a día. “Si no nos vemos en varios días, nos pegamos un telefonazo, a ver si sigue todo bien. Nada de recorrer la calle para tocar el timbre, que es muy larga”, prosiguen dejando en sus respuestas un importante matiz de ironía.

En palabras del alcalde, la historia de Castillonuevo se cobra el precio de seguir en pie gracias al cariño que todos los vecinos sienten por cada uno de sus rincones. “Cuando digo que mi pueblo quiere conservar el pueblo no me refiero sólo al censo. Somos muchos más. Ellos también son pueblos”, insiste el alcalde haciendo referencia a los “muchos familiares y amigos que siempre que pueden” se acercan hasta este pintoresco espacio navarro.

La media de edad de quienes de forma oficial habitan sus calles, aunque muchos no residen durante todo el año, llega a 73 años. “Nos estamos haciendo mayores”, reflexiona Hernández. Se acuerda así de aquella época en la que llegaron a ser 26. “Fue hace 7 años. Ojalá ahora ampliásemos el número”, sonríe curioso.

Entre los valles pirenaicos orientales, este alcalde estrenará hoy, con toda probabilidad, la décima legislatura como representante del más reducido consistorio de la Comunidad foral. Tal y como él mismo cuenta, no son muchos, “si no más bien ninguno”, los beneficios que se recogen al sembrar esta tarea. “Muchas veces pienso que es más difícil que estar al frente de un ayuntamiento más grande porque siendo un pueblo pequeño a veces tienes que aguantarte más. Hay que saber decir muy bien las cosas”, advierte.

“A mí me gustaría no presentarme más, pero no me voy a poner tonto. Cuando me planteo dejarlo, pienso que lo peor que le puede pasar a este pueblo es que llegue el día de las elecciones y nadie se presente. Entonces podríamos perder el ayuntamiento; y eso sería perder un poco el pueblo...”, piensa José. De cara a sus autóctonos y posando para una fotografía, imagina la posibilidad de presentar un programa electoral . “¿Qué campaña voy a hacer yo si los que votan están en sesión conmigo?”, sonríe antes de atreverse a prometer, de broma, una piscina para la próxima legislatura.

La complicidad entre los presentes se evidencia en las inmediatas sonrisas que se producen en su encuentro. “A mí me enorgullece que el pueblo me diga que sí, que me presente, que tengo que seguir y que me voten”, admite José visiblemente emocionado. “Ser alcalde de un pueblo como éste te enriquece. Te da unas amistades y unas relaciones personales que quizá, si no fuese alcalde, nunca hubiese tenido”, aventura.

Melero, como es conocido Hernández en honor a la casa en la que nació y en la que todavía reside, considera que la confianza es un factor clave a la hora de conseguir un voto. Aunque en su caso trate de un ‘tú a tú’ y se mantenga distante de un mundo dedicado a la política más pura, sabe que si Castillonuevo no pudiese depositar en él la confianza necesaria, no podría ejercer. “Tendría que dejar de ser lo que he sido hasta ahora. Un alcalde de y en democracia”, concluye rememorando el inicio de su andadura, en 1978.
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