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SEGUNDO CENTENARIO

Pamplona, la llave de la guerra

Wellington at Sorauren (Wellington en Sorauren), cuadro de Thomas Jones Barker
Wellington at Sorauren (Wellington en Sorauren), cuadro de Thomas Jones Barker
Wikimedia Commons
  • JAVIER IBORRA. PAMPLONA
Actualizada 30/08/2013 a las 12:37
El 31 de agosto de 1813, las imponentes murallas de Pamplona, convertidas en una fortificación temida y admirada a partes iguales tras las mejoras y ampliaciones diseñadas por el ingeniero Prosper van Verboom un siglo antes, separaban, de un lado, a la guarnición francesa al mando de Louis Pierre Jean Aphrodise Cassan -más de 3.000 hombres y 80 piezas de artillería pesada- y, del otro, al ejército sitiador español de Enrique José O'Donnell -entre 10.000 y 14.000 hombres-.

Durante los últimos 67 días, ambos contendientes se habían visto las caras en un asedio incruento, en el que los españoles, prudentes ante la fama de inexpugnabilidad del recinto pamplonés, esperaban rendir a los franceses por hambre.

La ciudad fortificada de Pamplona había sido durante siglos un enclave estratégico fundamental en la vía de comunicación entre España y Francia. Sin embargo, la apresurada retirada francesa -con el rey José I a la cabeza- tras la derrota en la batalla de Vitoria (21 de junio), había dejado la plaza prácticamente abandonada a su suerte.

El emperador Napoleón Bonaparte, furioso por lo que consideraba ineptud de sus generales, había destituido a su hermano José y al mariscal Jourdan, y encomendado al antiguo comandante de la Armée du Midi, el mariscal Nicolas Jean de Dieu Soult, la triple tarea de reorganizar las fuerzas imperiales, frenar el avance de los aliados ingleses, portugueses y británicos y liberar las asediadas plazas de San Sebastián y Pamplona.

El mariscal Soult, al mando de 80.000 hombres, se lanzó a la ofensiva el 25 de julio de 1813, en una acción bélica que ha pasado a la historia con el nombre genérico de batalla de los Pirineos, pero que incluye las batallas de Maya, Roncesvalles, Lizaso y la decisiva de Sorauren, todas ellas disputadas en suelo navarro.

Para frenar a las tropas de Soult, Lord Wellington, Generalísimo de los ejércitos españoles y comandante en jefe de las fuerzas británicas en la Península Ibérica, contaba con 60.000 hombres, dispersos entre los principales pasos pirenaicos navarros.

Soult, un mariscal de excelente valía, había reorganizado los efectivos franceses en tiempo récord, dividiéndolos en cuatro cuerpos de ejército de tres divisiones cada uno. Dirigió dos de los cuerpos al paso de Roncesvalles, donde le cortaba el paso la Cuarta División Británica, el tercero lo mandó al paso de Maya (Otxondo) para enfrentarse con la Segunda División Británica y dejó el cuarto en San Juan de Luz como reserva.

Los dos enfrentamientos en Roncesvalles y Maya se saldaron con victorias francesas el mismo día 25 y los ingleses se replegaron hacia el interior de Navarra. Un regimiento trató de frenar el avance francés en Orbaizeta, para defender la fábrica de armas, pero en vano. Y los dos cuerpos de ejército que bajaban desde Roncesvalles, al mando de Reille y Clausel, alcanzaron el día 27 los montes entre Ostiz y Zubiri, amenazando ya Pamplona.

La guarnición francesa sitiada en la capital aprovechó la ocasión para realizar una salida desde el Portal Nuevo. Wellington, entonces, vivió uno de sus momentos más críticos. Corría el peligro de verse cogido entre dos fuegos, lo que podría desencadenar la desbandada de su ejército. Además, si finalmente los franceses liberaban Pamplona, el flanco derecho del avance aliado quedaría expuesto y, con toda seguridad, el asedio a San Sebastián debería ser levantado para comenzar un repliegue en dirección a Vitoria.

Sin embargo, las tropas de Cassan fracasaron en su intento. No consiguieron romper el cerco y contactar con sus compatriotas, lo que dio aire a los aliados. Y Soult decidió posponer el ataque hasta el día siguiente, a pesar de que contaba con amplia superioridad numérica.

A la desesperada, el día 28, Wellington logró reagrupar a sus tropas. Además, recibió una primera tanda de refuerzos con los que pudo establecer una poderosa línea defensiva entre Oricain y Zabaldica. Y allí plantó cara a los franceses en uno de los choques de la 'Guerra Peninsular' más recordados y recreados fuera de nuestras fronteras: la ya mencionada batalla de Sorauren.

Cuando las tropas de Soult se lanzaron al ataque, rebasado Sorauren, se toparon con una durísima e inesperada defensa que frenó en seco su avance. Los combates fueron especialmente crudos, hasta que a mediodía aparecieron en el campo de batalla nuevos refuerzos ingleses: la Sexta División. Wellington la envió de inmediato contra el flanco derecho francés, lo que puso en peligro todo el frente de los atacantes.

Soult, con más de 4.000 bajas entre sus hombres, ordenó la retirada hacia el norte. En un primer momento, trató de dirigirse hacia San Sebastián para socorrer a la guarnición de aquella ciudad, pero Wellington se percató de la maniobra y le cortó el paso cerca de Marcaláin

Así, los franceses tuvieron que regresar por donde habían venido, en una costosa retirada que se completó el 2 de agosto, dejando atrás 10.000 hombres entre muertos, heridos y prisioneros. El destino de la guarnición de Pamplona, abadonada a su suerte, estaba sellado. No obstante, Cassan y sus hombres aguantaron obstinadamente, llegando a alimentarse de ratas y perros. Incluso el comandante pensó en volar la Ciudadela antes de rendirse, pero Wellington amenazó con ejecutarle a él, a sus oficiales y a una décima parte de los soldados si lo hacía. Cassan desistió de su idea y, finalmente, capituló el 31 de octubre, poniendo fin al protagonismo de Navarra en la Guerra de Independencia.


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