Salud mental
Un hogar cuando la mente falla
Casi 200 personas con enfermedades mentales o deterioro cognitivo conviven en el centro de la Fundación Hospitalarias en la Rochapea, que acaba de inaugurar un nuevo edificio


Publicado el 25/08/2026 a las 05:00
Pilar tiene esquizofrenia. Es una de las casi 200 personas que actualmente viven en el edificio que la Fundación Hospitalaria tiene en la avenida Marcelo Celayeta número 10, en el barrio de la Rochapea, justo en frente del colegio Patxi Larrainzar. “Aquí me siento más autónoma. He conseguido muchas cosas y no he dicho nunca que no a nada. Intento estar con buen ánimo y siempre mirar adelante”, asegura. Es una mujer activa, amante de las sopas de letras y que disfruta de su ocupación en un taller prelaboral: encargarse de la ropa sucia para hacerla llegar a la lavandería. La manda en sacas a través de un conducto que han habilitado, de planta a planta, para ahorrarse viajes. “Las levanto para lanzarlas y noto que ahora tengo más fuerza. Los sábados y domingos, que no tendría que trabajar, también participo porque hay pocas auxiliares y me gusta ayudar”.
Pilar vivía con su madre hasta que la pandemia marcó un punto de inflexión en la vida familiar. La anciana enfermó, ya no podía acompañar a su hija y, después de un periodo de transición de casa en casa de otros familiares, Pilar llegó al centro. El suyo, el de una persona con una enfermedad mental grave que ha sido cuidada por sus padres hasta que éstos ya no pueden hacerlo, es un perfil habitual aunque no único en este centro, formado por tres edificios que desde el cielo dibujan un aspa. Se llaman Dinan, Milán y Granada, tres ciudades claves en la biografía de Benito Menni, fundador de las Hermanas Hospitalarias que pusieron en marcha el proyecto en el año 1950.


La Fundación está de celebración. Cuando ha cumplido ya tres cuartos de siglo de “compromiso con la salud mental en Pamplona” (aunque su presencia en Navarra es anterior), acaba de inaugurar nueva infraestructura. La integración de distintos bloques en uno sólo les ha permitido ampliar su capacidad y ofrecer una atención más especializada, con unidades más reducidas y mejor distribuidas según perfiles asistenciales.
EL ORIGEN: UN CHALET EN 1950
El centro que Fundación Hospitalarias (hasta el año pasado, Hermanas Hospitalarias) tiene en la Rochapea se puso en marcha en 1950. Era un chalet del barrio habilitado para mujeres con neurastenia, un término en desuso que se utilizaba para hacer referencia a estados de estrés, agotamiento, depresión o irritabilidad. Desde entonces, ha ido creciendo y evolucionando para adaptarse a las necesidades sociales. En realidad, la presencia de las Hermanas Hospitalarias, fundadas por Benito Menni en 1881, se remonta a 1904, cuando se hicieron cargo de la asistencia a mujeres en el Hospital Psiquiátrico San Francisco Javier de Pamplona.
“El edificio Granada consta de cuatro unidades de convivencia. En la planta baja tenemos a las personas con daño cerebral adquirido y que tienen alteraciones de conducta o necesitan alta intervención de apoyo de profesionales. La primera y la segunda planta son para personas con enfermedad mental grave . Y la tercera es una unidad de agudos o personas con mayor necesidad de apoyos”, detalla la directora gerente del centro, Myriam Zabalza. “El otro módulo acoge una unidad de diez plazas para personas con enfermedad mental grave, consumo de tóxicos y graves alteraciones de conducta, mientras que la planta primera es para personas con discapacidad intelectual y graves alteraciones conductuales. Por último, la segunda y la tercera son de psicogeriatría, para personas con un gran deterioro cognitivo”. Entre esta población mayor de 65 años, conviven dos colectivos. El primero, personas que toda la vida han tenido una enfermedad mental grave y han envejecido. El segundo, personas que debutan con Alzheimer o con otro tipo de demencias.
Con la ampliación la capacidad del centro ha crecido hasta las 221 plazas, de las cuales están ocupadas 190. Aproximadamente la mitad son concertadas con el Gobierno de Navarra. “No tengo ninguna duda de que de aquí a final de año se llenará. Las necesidades son cada vez mayores porque el grado de envejecimiento de la población también lo es”, recuerda la directora. “En ese contexto, nosotros estamos para dar respuesta a los casos de mayor complejidad. Esos son los que nos llegan derivados cuando así lo dictamina la Comisión del Trastorno Mental Grave del Gobierno de Navarra. Junto con Mentalia, somos los centros monográficos de enfermedad mental grave”.
Son todo plazas residenciales, pensadas para aquellas personas que no pueden manejarse en un entorno comunitario. Para personas con más autonomía la fundación cuenta con una red de 25 pisos, con una residencia hogar y con un centro de día que es un CRPS (centro de rehabilitación psicosocial). Para atender todos estos recursos hacen falta más de 250 profesionales, desde psiquiatras, psicólogos, terapeutas, trabajadores sociales, auxiliares de clínica, limpieza, cocina, sistemas, personal de administración, etc. “No sale a un profesional por persona pero casi, tres cuartos”, detalla Zabalza.


ESTIGMA Y PREJUICIOS
La vida en el centro está marcada por la cotidianidad, por las pequeñas rutinas del día a día. Son distintas para cada persona aunque compartan diagnóstico, porque todos cuentan con un plan de atención individualizado y se intenta siempre potenciar al máximo la autonomía del usuario, así como respetar sus gustos y preferencias. Incluso a la hora de establecer un profesional de referencia. “Es una cuestión de química, de feeling, y no todos encajamos con las mismas personas”, razona la directora.
La normalidad y el trato cercano que marca el día a día contrasta con los prejuicios que el visitante suele traer de fuera, muchas veces alimentados por el imaginario cinematográfico. “Es puro desconocimiento”, cree Ana Malato Pinto, auxiliar de enfermería de 59 años, trabajadora del centro desde hace 4. “Al hablar de personas con enfermedad mental habrá quien piense que están todo el día dormidos, que no se enteran de nada, pero eso no tiene nada que ver con la realidad. Aquí hay muchas personas, no todas, que pueden salir a la calle respetando unos horarios y también hacen muchísimas actividades”. Reconoce que a ella el contacto con el usuario le gusta, “es vocacional”, y que no siente miedo en su puesto, aunque es algo que le preguntan mucho desde que trabaja en Fundación Hospitalarias. “Miedo tengo más en la calle. Aquí sé que todas las personas están tratadas. Hay algunos perfiles con los que en ciertos momentos hay que tener un poco más de precaución, pero para esto estamos todo el equipo, para coordinarnos”.
“La gente se sorprende al entrar porque no es lo que imagina”, apunta la directora, que recuerda que son un centro 100% libre de sujeciones. La reforma ha contribuido todavía más a crear espacios diáfanos, luminosos y de una temperatura agradable cuando afuera el termómetro sobrepasa los 35 grados. “Se trata de que todo el mundo esté lo mejor posible y de acompañar a cada persona en su proyecto de vida”.
El VOLUNTARIADO


A Puri le gusta jugar al bingo, andar en bicicleta estática y pasear. Esta mujer de 74 años, tudelana, está “contenta” en el centro. En su semana el sábado tiene un color especial, porque es el día en que recibe a Esther, una voluntaria andaluza aunque afincada en Pamplona que le hace “mucha compañía” ante la falta de red familiar. “Salimos juntas a caminar fuera del centro”.
No es un caso único. La soledad es una epidemia social, dentro y fuera del centro. Por eso, entre Pamplona y Elizondo, donde la fundación gestiona otra residencia que se puso en marcha en 1938, cuentan con medio centenar de personas voluntarias. La directora explica que se les pide un “compromiso estable” para no desestabilizar a las personas a las que acompañan.
También hay familias que optan por pagar a una persona para que acompañe a la persona residente. Porque no tienen tiempo, porque viven lejos. Las circunstancias son miles.
VIVIR PARA CUIDAR
No es el caso de Carmen Ibarrola. Ella acude a diario a Fundación Hospitalarias. Su marido, Diodoro Villava, lleva siete años ingresado en la residencia. “Primero fue a un centro de día, pero después cogió una neumonía y a partir de ahí la cosa fue a peor”. Recuerda el momento de tener que tomar la decisión de sacar a su marido de casa como “el más duro de todos”. “Después de toda una vida... es durísimo”.
Poco a poco se fue haciendo a la nueva situación. “Ves que está bien cuidado y te vas acostumbrando”. Al principio comenzó viniendo dos veces al día, mañana y tarde, y le daba de comer y de cenar. Después dejó de venir por las tardes. “Tuve que cuidar también a una hija, pero ya murió hace ocho meses”.


Antes el matrimonio salía todos los días a pasear por las calles de la Rochapea, ya hiciera frío o lloviera. “Últimamente, un poco menos”. Ibarrola se queja de lo poco adaptada que está la calle a las sillas de ruedas. “Sobre todo a estas tan grandes, que no es tan fácil levantarlas. Los rebajes son un horror”.
Voluntarios, aunque más puntuales, son también el grupo de Fundación Itaka Escolapios que está sentado con un grupo de usuarios con unos juegos de mesa. “Todos los veranos organizamos un campo de voluntariado para poner en contacto a chavales de colegios de distintas ciudades y venimos todos los años al centro. Estaremos aquí toda la semana. Creemos que poner en contacto a los estudiantes con realidades sociales como esta les sensibiliza, les ayuda a aprender a escuchar y a tener paciencia”, explica Pedro Díaz, escolapio cubano del colegio Calasanz.
Fundación Hospitalarias mira al futuro con la sensación de tener trabajo por delante. “Nuestros retos son las nuevas necesidades. Y en Navarra hay mucha necesidad en el ámbito de menores”, desliza Zabalza.