Historias familiares

¿La madre del cura?

Llegará el día en que todos vamos a cuidar o ser cuidados. Si tenemos la suerte de envejecer

Los actores argentinos Norma Aleandro y Ricardo Darín, en un fotograma de la película 'El hijo de la novia' (Juan José Campanella, 2001).
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Los actores argentinos Norma Aleandro y Ricardo Darín, en un fotograma de la película 'El hijo de la novia' (Juan José Campanella, 2001)DN
Los actores argentinos Norma Aleandro y Ricardo Darín, en un fotograma de la película 'El hijo de la novia' (Juan José Campanella, 2001).

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Sonsoles Echavarren

Actualizado el 15/06/2026 a las 06:48

Cuando mi abuela ya no reconocía a nadie, mi padre iba todas las tarde a visitarla a la residencia en la que vivía. “¿Tú eres el cura? ¿Vienes a celebrar la Misa?”, le interrogaba sentada en su silla de ruedas, primero en la cafetería o la sala de estar y en los últimos tiempos, ya en su habitación. “Que no, mamá, que soy tu hijo”. “Ah... Como te veía tan elegante...” Y así, una y otra vez. Día tras día. Lo que visto desde la distancia puede parecer hasta divertido, no tiene ni pizca de gracia. Por el sufrimiento y deterioro que entraña ver así a tu madre.

Pero en el día a día, no te queda otra que sobrevivir. ¿Cómo? ¿Aclarándole la realidad? ¿O siguiéndole la corriente? Lo mismo ocurrió con mi otra abuela. El día que yo iba a dar a luz a mi tercer hijo, comiendo en casa de mis padres, me preguntó si estaba embarazada. “Estoy a punto de parir. De hecho, me han mandado a casa desde el hospital pero volveré después de comer”, espeté entre contracciones. “Ay que ver... ¿Por qué nadie me había dicho que estabas embarazada?” Algo que llevaba viendo nueve meses pero que olvidaba en un segundo. Ahora sí que sonrío al recordarlo pero, en aquel momento, casi la fulmino con la mirada. 

Traigo a colación estas anécdotas porque en las últimas semanas hemos abordado en el periódico el desafío del Envejecimiento y han sido muchas las informaciones, entrevistas y reportajes en los que expertos y protagonistas cuentan su realidad. La de cuidar o ser cuidado. Algo que a todos nos llegará. Si tenemos la suerte de envejecer.

Así lo hablaba el otro día con el gerontólogo Javier Yanguas, uno de los máximos referentes españoles en envejecimiento y director del Programa de Personas Mayores de Fundación la Caixa. Durante la presentación de su libro, ‘Cuando los volcanes envejecen’ (Plataforma Editorial) abordamos un tema del que nadie habla (o nadie quiere hablar), que no tiene “ni media épica”, pues no es la historia del Cid Campeador. Y que, por el contrario, supone un relato “callado y abnegado” protagonizado, en la mayoría de los casos, por mujeres. 

El libro de Yanguas cuenta la historia del cuidado de su madre, que sufrió una hemorragia cerebral y una demencia posterior, pero, insiste, es “la historia de todos”. Así debe ser vista.

Muchas fueron las ideas que rebotaban en las paredes de mi cabeza pero me quedo con una. Que quizá sirva de ayuda. “Nunca hablamos sobre cómo nos gustaría ser cuidados. Cuando pudimos no lo hicimos. Ahora que me gustaría, no podemos”, subraya la protagonista de esta ficción novelada. Muy cierto. Parece que la enfermedad, el deterioro, la demencia y, por supuesto, la muerte son realidades tabú que no queremos afrontar. Porque deseamos ser siempre jóvenes y mantenernos sanos y felices. 

Creo que es una conversación que debemos mantener en familia y no evitarla. Respetando las decisiones de las personas pero también las nuestras propias. Hay quien dice: ‘No quiero que mis hijos me cuiden’. Pero, ¿y si ellos desean hacerlo? ¿Qué debería primar? Aquí lo dejo. Un tema para reflexionar. Antes de que nos confundan o nos confundamos con la madre del cura.

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