Fundación Diario de Navarra
Docentes en la era digital: educar entre la pantalla y el pensamiento crítico
En el marco del estudio sociológico que se está haciendo, el profesorado toma protagonismo y reafirma la necesidad de priorizar el acompañamiento activo y la formación en las aulas frente a la prohibición sistemática


Publicado el 14/06/2026 a las 05:00
La digitalización está transformando profundamente las formas de socialización y los hábitos de los adolescentes. Así lo constata el profesorado a través del estudio sociológico, aún en desarrollo, impulsado por E-tic junto a Acción Social de Caja Rural de Navarra.
Este trabajo busca escuchar también a profesionales de la educación que tratan a diario con los menores. Con su percepción sobre las dificultades y soluciones nos confirman una paradoja: los jóvenes se desenvuelven con soltura en las plataformas, pero muestran carencias en competencias aplicadas al aprendizaje, la búsqueda de información fiable y la protección ante riesgos de la red.
En esta línea, los profesores identifican que la hiperconectividad y el consumo continuo de estímulos digitales repercuten en la capacidad de atención y la gestión del esfuerzo del alumnado. La irrupción de la inteligencia artificial emerge como un reto educativo prioritario, pues los docentes observan con inquietud cómo se utiliza a veces para sustituir los procesos de reflexión, argumentación o creatividad.
Ante este escenario, las escuelas asumen a menudo responsabilidades vinculadas a la convivencia digital debido a una supervisión desigual en los hogares. Por ello, el profesorado concluye con una demanda unánime de corresponsabilidad entre escuela, familias y sociedad para construir límites coherentes.
La realidad vista desde los colegios y las aulas
Esta radiografía cobra vida diaria en centros como el colegio Santísimo Sacramento de Pamplona, cuyo director general, Iñaki Goldaraz, afronta estos desafíos desde la práctica. El docente corrobora que la era digital corre más rápido que la capacidad de adaptación de los profesionales y que la velocidad de los estímulos actuales ha transformado la dinámica escolar.
Según explica Goldaraz, las clases magistrales tradicionales ya no funcionan igual porque los menores pierden la atención en unos pocos minutos, acostumbrados a formatos de consumo inmediato como los vídeos cortos de las redes sociales, una dispersión que diversos estudios vinculan ya con un incremento de los trastornos de atención.
El problema se agrava al analizar la convivencia, un terreno donde el acoso se ha vuelto invisible a los ojos de los educadores al trasladarse a grupos cerrados de mensajería y plataformas online. El director estima que casi el noventa por ciento de los casos actuales de alteración de la convivencia se producen a través del ciberacoso.
Detrás de la pantalla, los jóvenes pierden la empatía que otorga el cara a cara y se exponen a riesgos tempranos como la desinformación o la pérdida absoluta de la privacidad, difundiendo contenidos íntimos sin calibrar el impacto emocional que esto causa en ellos mismos y en los demás.
Frente al miedo, ejemplo y acompañamiento
A pesar de la complejidad del panorama, Goldaraz rechaza la cultura de la prohibición sistemática y el miedo, tildando de absurdo el intentar poner puertas al campo en el ámbito educativo. El director recurre a una analogía automovilística para ilustrar su postura, recordando que un coche es excelente para viajar, pero se convierte en un peligro si se conduce de forma temeraria y en sentido contrario.
Con las tecnologías ocurre lo mismo, por lo que el camino idóneo no es el veto, sino la formación intensiva de docentes, la desconexión programada y el establecimiento de zonas libres de pantallas para recuperar el juego en la calle y el aprendizaje cooperativo.
Para el director del centro pamplonés, una de las claves principales radica en desmontar el mito de los nativos digitales, una etiqueta que considera dañina porque presupone que los niños nacen sabiéndolo todo sobre la red, cuando en realidad necesitan ser pautados y supervisados como en cualquier otro aprendizaje de la vida. El papel de las familias es crucial, aunque Goldaraz lamenta que los padres participen cada vez menos en las convocatorias formativas.
Es ahí donde destaca el valor de iniciativas como el programa E-tic, del que su colegio es pionero, gracias a una metodología que trasciende las paredes del aula y obliga a los alumnos a llevar las actividades a casa, comprometiendo y educando a los propios progenitores. El reto final de los adultos pasa por ejercer un verdadero ejemplo digital, ya que un menor nunca aprenderá a moderar el uso del teléfono si observa que sus referentes viven pegados a una pantalla.
¿Tienes adolescentes en casa? Claves para ayudarte a organizar estas vacaciones sin abuso de pantallas
El comienzo de las vacaciones de verano abre un largo periodo de ocio para los menores que, a menudo, las familias no saben cómo gestionar para evitar que se convierta en un maratón de pantallas.
El reto para los padres y madres no consiste en aplicar una prohibición absoluta que genere conflictos diarios, sino en fomentar el diálogo y buscar alternativas que compitan con el atractivo del teléfono móvil. Durante el periodo estival, la falta de rutinas provoca que los adolescentes recurran al dispositivo por puro aburrimiento, por lo que la clave del éxito familiar radica en anticiparse y ofrecer opciones que llenen ese vacío de forma saludable.
Una excelente manera de empezar es planificar actividades que sustituyan de forma natural ese tiempo libre. El verano es el momento ideal para apuntarles a campamentos de deportes, talleres de artes plásticas o potenciar esos hobbies que no pueden disfrutar durante el curso por falta de tiempo o por la carga de los exámenes.
Cuando los jóvenes tienen la mente ocupada, aprenden habilidades nuevas y se lo pasan bien interactuando con otros chicos de su edad en el mundo real, la necesidad de buscar entretenimiento digital disminuye. También es el escenario perfecto para buscar ratos y realizar planes conjuntos en familia que no tengan nada que ver con la tecnología.
Se pueden aprovechar los días más largos para practicar algún deporte al aire libre, recuperar los juegos de mesa en las tardes de calor, probar recetas de cocina nuevas o hacer excursiones los fines de semana. Si se comparten momentos divertidos, se consigue reforzar los lazos afectivos y romper ese aislamiento individualista que a veces crean los teléfonos móviles.
Por otro lado, el mundo digital no tiene que ser visto como un enemigo y también se puede compartir con ellos de forma responsable. Por ejemplo pasar tiempo juntos jugando a videojuegos cooperativos o viendo vídeos y series que os gusten a ambas partes.
Muchas veces el entorno online sirve de inspiración para la vida analógica, como ocurre cuando ven tutoriales o ideas de manualidades que luego se animan a realizar en casa lejos de los monitores. Además, jugar con ellos un tiempo razonable permite detectar y explicar ciertos riesgos ocultos, como los sistemas de recompensas que buscan que gasten dinero real y que ellos no perciben como un peligro.
A la hora de establecer límites horarios, lo más eficaz es hacerlo a través de una parentalidad positiva y pactada con ellos. Aunque pueda sorprender, los propios adolescentes suelen ver con buenos ojos que exista un control del tiempo porque les da miedo caer en un uso abusivo, pero al mismo tiempo demandan que se deposite confianza en su autonomía.
Por eso, lo recomendable es sentarse a hablar con tranquilidad, preguntar qué uso ven coherente durante las vacaciones y fijar las normas de mutuo acuerdo. Si se sienten escuchados y respetados dentro de unos límites firmes, serán mucho más responsables, admitiendo además que podéis ser flexibles y dejar la puerta abierta a extensiones esporádicas en días especiales.
Para evitar que se pierda la comunicación a medida que crecen, conviene interesarse por su ecosistema digital sin juzgarlos. Una buena forma de conocer su opinión es conversar a raíz de noticias de actualidad sobre redes sociales. También ayuda investigar por vuestra cuenta qué contenidos ven los jóvenes para poder aconsejarles mejor sobre los peligros reales.
Esto debe acompañarse de cierta autocrítica familiar, ya que los padres a veces descuidan el tiempo que pasan ante la televisión o las consolas. Dar un buen ejemplo en el hogar con todos los dispositivos es el paso definitivo para que ellos adopten estos mismos hábitos saludables.