Iglesia Católica
Sujétame el cubata que me voy a rezar
El último sábado de abril, la iglesia de San Cernin abrió por la noche. En la calle varios jóvenes invitaban a otros jóvenes a pasar dentro y “encontrarse con Jesús”. El 13 de junio repetirán la misión


Publicado el 16/05/2026 a las 05:00
La calle San Saturnino es lugar de paso de entre las distintas zonas de ocio nocturno del Casco Antiguo de Pamplona. Es frecuente ver a cuadrillas que se dirigen a los bares de Jarauta, Estafeta o San Nicolás. Para ello pasan por delante de la iglesia de San Cernin o San Saturnino, joya del gótico del siglo XIII dedicada al patrón de la ciudad. El último sábado de abril, entre las diez y media y la una de la madrugada, el templo tenía las puertas abiertas de par en par, con dos faroles a cada lado. El interior estaba a oscuras, pero a la luz de las velas se intuía actividad. Algunos se acercaban a curiosear y entonces recibían el saludo de dos jóvenes. “Hola, Jesús te está esperando”. Se iniciaba así un pequeño diálogo que en algunos casos cambiaba el rumbo de la noche e incluso la vida de algunas personas.
Un grupo de jóvenes católicos de Pamplona ha puesto en marcha este curso la iniciativa 'Una luz en la noche', organizada por la Delegación Diocesana de Juventud. Durante unas horas se convierten en misioneros como San Francisco Javier. Pero en lugar de viajar a lugares exóticos acuden a las zonas de ocio donde se mueven las personas de su edad. La de abril era la tercera ocasión en que salían a evangelizar desde San Cernin y el balance que hacen es “muy positivo y enriquecedor”, explican. El sábado 13 de junio tendrá lugar la última misión del curso, también en la iglesia de San Cernin.
“Una luz en la noche es un proyecto que se inició en Italia y llegó a España hace unos cuantos años, con la idea de evangelizar en la calle. Es una propuesta de jóvenes para jóvenes”, explica Mirian, estudiante de 21 años. El sábado se juntaron unos veinte jóvenes misioneros. Primero prepararon la iglesia, decorando el altar de la capilla barroca de la Virgen del Camino para exponer la hostia consagrada en la custodia. Después salieron a la calle en parejas de un chico y una chica. “Hola, te vamos a proponer un plan. Jesús te está esperando en la iglesia. Está abierta hasta la una de la madrugada por si quieres pasarte”, les dicen a los jóvenes que se encuentran. Unos declinan la invitación y otros aceptan. Se les acompaña al interior de la iglesia, que está a oscuras, iluminada sólo por unas velas en el pasillo central.
“Les explicas que en el altar en la custodia está Jesús. Le ofrece un papel y un boli para escribir una oración y les acompañas con una vela hasta el altar. Allí dejan su oración; ellos pueden pedir y tú también pides por ellos. En el pasillo hablas, les preguntas por su vida, por sus preocupaciones, por su familia. También les cuentas cosas de ti, interactúas un poco y en el altar rezas por ellos, por su familia. Es un primer encuentro muy bonito. Luego le dices que se puede quedar un rato rezando y que hay sacerdotes por si quiere hablar con alguno. Es una dinámica totalmente libre”, relata Mirian.
Estos misioneros albergan confidencias y experiencias que les han impactado. Mirian recuerda a dos amigos de 18 años que venían de fiesta, con el cubata en la mano. “Lo dejaron fuera y entraron. Yo acompañé a uno de ellos, que no hablaba mucho. Me dijo que no estaba bautizado, que tenía exámenes así que rezamos para que le fueran bien. Aceptó hablar con un cura y estuvo un buen rato. Lo que más me llamó la atención es que a los 20 minutos le vi otra vez en la iglesia. Había traído a dos amigos a los que les había contado la experiencia. Y al rato volvieron con más amigos. ‘Dejad de salir de fiesta y venid aquí, que es una experiencia muy guay’, les decían”, relata esta joven.
Estos misioneros coinciden en que en general la gente es respetuosa y receptiva. “Descubres que tienen inquietudes religiosas y que están abiertos a plantearse el sentido de la vida, sin prejuicios”, destacan.