Viaje solidario al Sáhara (I)
Una enfermera y una niña navarras viajan a los campamentos de refugiados saharauis para visibilizar la diabetes
Laura Francisco Merino, enfermera de 33 años de la Unidad de Diabetes del Hospital de Navarra, y Helena Benítez de la Torre, de 11 años y diagnosticada de diabetes hace un año, viajaron en abril desde Noáin a la hamada argelina, un desierto pedregoso donde esta enfermedad avanza como una amenaza silenciosa entre el pueblo saharaui


Publicado el 02/05/2026 a las 17:16
Cuando sopla el siroco en los campamentos de refugiados saharauis, el viento arrastra un sonido inquietante, parecido al aullido de un lobo que acecha las casas. El 3 de abril, apenas 24 horas después de que un vuelo chárter de Air Algérie, procedente de Noáin, aterrizara en Tinduf con 147 pasajeros, en su mayoría de Navarra, ese aullido sorprende a Helena, una niña de la comarca de Pamplona, mientras acompaña a Mohamed a la escuela.
Mohamed tiene 10 años y solo usa zapatillas para ir a clase; el resto del tiempo camina descalzo o en chancletas, como muchos niños saharauis. Vive con cuatro tías y 17 primos. La casa, propiedad de su tía Lala (36), es una construcción de bloques de hormigón en forma de C, con un patio de arena donde el calor brota del suelo como lava según la hora del día.
Desde la madrugada de ese 3 de abril, esta familia acoge a Helena (11 años), a su hermana Vera (6), a su madre, Marta de la Torre, a la enfermera navarra Laura Francisco Merino y a este periodista de Diario de Navarra.




Los 147 pasajeros del vuelo de Noáin han desembarcado en un entorno extremo donde sobreviven desde hace cincuenta años más de 170.000 personas, dependientes de una ayuda humanitaria cada vez menor y eclipsada por otras crisis mundiales. Faltan medicamentos; el suministro de agua falla por averías en una flota de 16 camiones cisterna, una sexta parte de los recursos que había hace dos o tres años en los cinco campamentos (wilayas). La dieta básica, rica en azúcares e hidratos, agrava enfermedades silenciosas como la diabetes y la celiaquía. Además, desde el 1 de julio, alimentos esenciales como lentejas, arroz o aceite desaparecerán de la ayuda básica, según ha confirmado a este periódico el presidente de la Media Luna Roja. En paralelo, en España, los apátridas han quedado excluidos del proceso de regularización de inmigrantes.
En este contexto, Helena, diagnosticada de diabetes tipo 1 el 23 de abril de 2025, ha viajado acompañada de su familia y de una enfermera de la Unidad de Diabetes del Hospital Universitario de Navarra —también voluntaria en la Asociación Navarra de Diabetes (ANADI)—, junto a representantes de ANAS y de la Delegación Saharaui en Navarra. El viaje responde a un doble objetivo: conocer de primera mano la realidad de otros niños y niñas en los campamentos y contribuir a la sensibilización sobre una patología compleja de controlar en un entorno marcado por la escasez.


Helena acompaña a Mohamed a la escuela después de haber recogido agua de un pozo casi seco y de haber ayudado a alimentar a las cabras. El supuesto gemido que escucha no es más que el viento filtrándose en depósitos de goma casi vacíos, generando un lamento que atraviesa barrios donde el adobe ha ido dejando paso al ladrillo y al hormigón, en una transformación de lo provisional a lo permanente.
Así es el diario de un viaje que despega el 2 de abril a las 20.30 horas.


NOÁIN-TINDUF (2 DE ABRIL)
Helena se levanta nerviosa este primer día de vacaciones de Semana Santa, pendiente de cada detalle en su mochila: lector de glucosa, plumas de insulina rápida, la lenta para la noche, agujas, caramelos para evitar hipoglucemias y aerosoles para el asma. Sus padres lo han preparado todo durante semanas, con revisiones previas en las unidades de diabetes y neumología. Cualquier informe médico en contra habría sido decisivo para abortar el viaje. Pero esta vez el viento sopla a favor. El mensaje es claro: los niños y niñas con diabetes pueden viajar a cualquier parte del mundo.
En una mochila que no se factura llevan el material necesario para afrontar ocho días y ocho noches con una familia saharaui, en uno de los entornos más extremos del planeta, sin garantías de alimentación adecuada ni de agua potable. Helena, su hermana y sus padres vuelan con cuatro bolsones de 23 kilos de ayuda humanitaria que incluyen cazuelas, sartenes y platos. Es lo único que ha pedido Lala.
Laura Francisco, la enfermera, por su parte, carga material sanitario donado, principalmente plumas de insulina. Su vínculo con el pueblo saharaui comenzó en la unidad en la que trabaja, cuando conoció a un niño de Vacaciones en Paz acompañado por Carol García Pellejeros, entonces coordinadora de este programa. Esta es su primera incursión en los campamentos y su mayor deseo es encontrar a Ualy, aquel niño con diabetes que conoció en 2019 en Pamplona, hoy probablemente de unos 20 años.
La facturación en la terminal de Noáin la encabezan Carol, su marido, Mulay, y el subdelegado del Frente Polisario en Navarra, Mohamed Gailani. A Carol, que está a punto de emprender su vuelo 150 desde que pisó la hamada argelina en 1998, le acompañan Mulay y sus hijos, Omar y Aisha, de 16 y 13 años.


A las 20.44 horas, con diez minutos de retraso, despega el vuelo AH 2611 de Air Algérie. En el mismo avión vuelan Juanjo Aragón Urtasun y su amigo Luis, profesor y médico jubilados; Itsaso Álvarez de Francisco y Mikel Mugueta Paternain, profesores de las ikastolas Hegoalde y Amaiur; Nerea Sáez Baztán, hostelera y madre de acogida de Leftam desde hace cuatro veranos, que se dirige a Dajla, wilaya afectada recientemente por lluvias torrenciales, junto a Rikar Azpillaga Alsasua; también viajan los jóvenes pamploneses Estíbaliz Asensio Roldán y Mikel Elizari Goikoetxea, de la comunidad Itaka Escolapios; y un castellonense de 76 años acompañado de sus hijos, que viaja “por sorpresa” para reencontrarse con la niña que acogió hace muchos años y que hoy es madre de tres hijos.
En la aeronave también hay tres jóvenes de Lejona (Vizcaya) que acompañan a su hermana de acogida saharaui, una joven con discapacidad intelectual en silla de ruedas que vive con ellos desde hace siete años y recibe atención en Aspace. En cada gesto, en cada mirada, en la forma en que la cuidan, late una historia. Un asiento, un relato. Nerea Sáez, que siente verdadero pánico a volar, lo hace “por la causa saharaui”.
Los azafatos sirven un tentempié: zumo, un bocadillo de pechuga de pavo con queso y una chocolatina. Helena se mide la glucosa con su lector y se pincha. Todo el material, incluidas las plumas de insulina, ha pasado el control gracias a los informes médicos. Marta pesa el pan para calcular la ración, pero un táper de quinoa y tortilla de calabacín resuelve el primer obstáculo. En la pantalla del interior aparece la ruta: el trayecto no es directo. Se desvía hacia Orán y bordea Marruecos antes de poner rumbo a Tinduf.


ATERRIZAJE (3 DE ABRIL)
El avión aterriza puntual en Argelia a las 22.30 horas, pero la espera en el control de pasaportes y la recogida de equipajes, en solo dos cintas, se prolongan durante dos horas, entre cientos de personas y una densa nube de humo de cigarrillos procedente tanto de pasajeros de otros vuelos como de empleados del aeropuerto. Pasada la una de la madrugada, los 147 pasajeros salen al exterior y son distribuidos en autobuses hacia sus respectivas wilayas. Uno de los vehículos destinados a El Aaiún no arranca por un problema en la batería y todos los pasajeros deben apretarse en el otro. Son autobuses cubiertos de arena, por dentro y por fuera, que en otro tiempo circularon por el País Vasco. Helena y Laura se cubren el rostro para evitar un ataque de asma; los más pequeños, como Vera, ya duermen en brazos de sus padres.
Los autobuses abandonan el aeropuerto, primero escoltados por militares argelinos y después por miembros del Frente Polisario, adentrándose en la hamada argelina. El trayecto vuelve a retrasarse en un control policial que se prolonga durante hora y media. No llegan hasta las cuatro y media de la mañana. Las hermanas de Lala y varios niños llevan horas esperando a la intemperie, sin noticias, temiendo un accidente. Helena se mide la glucosa, se pincha insulina y come un poco de tortilla. Al llegar al Protocolo, un aplauso colectivo rompe el final de la madrugada.
Apenas cuatro horas después, uno de los niños de la familia abre con cuidado la puerta para dejar pasar la luz a la estancia donde duermen los cinco invitados, alineados sobre colchones en el suelo. Con una sonrisa tímida, invita a levantarse y acercarse a una mesa rebosante de pan, quesos, galletas, leche, café y zumos. Entonces resuenan las palabras de Carol García Pellejeros, escuchadas días antes en una reunión en Orkoien: muchas familias saharauis se endeudan para poder agasajar a sus huéspedes. Conviene adelantar algo de dinero.
Lala debe marcharse hasta el día siguiente. Le espera una jornada de trabajo como intérprete para una comisión italiana. Tiene 36 años y es la mediana de seis hermanos (cuatro de ellos, mujeres). Sueña con convertirse en enfermera para cuidar mejor de su madre, que padece asma. Habla castellano e italiano con soltura. No está casada ni tiene hijos, y su vida transcurre entre el cuidado de los suyos y empleos puntuales como este.
Sin embargo, cuando se le pregunta por las dificultades más urgentes, no duda: el agua. Los camiones cisterna fallan y los depósitos de goma azul (capaces de almacenar hasta 10.000 litros) se vacían antes de lo previsto, dejando a las familias en una situación crítica.


El calor aprieta a mediodía. Marta reparte cuadernos enviados desde Berriozar por José Melero y Carmen Páez. Niñas navarras y niños saharauis comparten dibujos y juegos. Galia, hermana de Lala, pregunta si Helena puede comer pan y patatas. “Puede comer de todo, pero pesado”, explica Marta. Tras la comida (pollo, patatas y ensalada) llega el ritual del té: tres rondas, amarga como la vida, dulce como el amor, suave como la muerte.
Al caer la tarde, los niños salen a jugar. Comparten frutos secos y yogur. Helena propone repartir la merienda con los más pequeños, que comen con avidez mientras acarician el pelo rubio de Vera. Gali, de 20 años, que aprendió castellano en Galicia, los acompaña en un paseo. “Si pudiéramos, subiríamos esta noche a una patera hacia España”, dice. Sueña con ser mecánico y formar una familia.
El paseo con Gali llega hasta el cementerio. Desde allí se ve Dchera. Al atardecer, el polvo se levanta tras el paso de viejos Mercedes. Un hombre vende agua para el consumo de té. La pregunta queda en el aire: ¿cómo se vende agua en un campamento donde no hay ingresos y la vida depende de la ayuda humanitaria?




La cena es sencilla: puré y fruta. Marta pregunta por los ingredientes. Necesita calcular el peso. Cada decisión cuenta.
4 DE ABRIL
El día comienza con un desayuno junto a Lala y la pequeña Melika, de 7 años, ya inseparable de Vera. Comparten magdalenas, risas y juegos en un idioma común que no necesita traducción.
La jornada continúa con la visita al dispensario del barrio, donde Marta aprovecha para dejar medicamentos básicos donados por la farmacéutica Montserrat Valle Luna. En este consultorio, en mitad de la nada, la jefa de farmacia, Nattu Zueida, y la enfermera Babab Brahim dibujan un panorama sanitario preocupante: anemia, asma, fiebres, diarreas, celiaquía y diabetes.


—Faltan insulinas y sensores. Hay mucha anemia, sobre todo en embarazadas. Aumenta la malnutrición y también las enfermedades crónicas —revelan.
Les inquieta especialmente la salud mental de las mujeres embarazadas.
Sin productos frescos, salvo los que se compran a precios inasumibles, la dieta depende de una canasta básica mensual del Programa Mundial de Alimentos, con verdura apenas para una semana.
—Al mundo ya no le interesa la causa saharaui. Hay demasiadas guerras. Y solo benefician a los poderosos —resume Lala.
A la puerta de un contenedor del World Food Program, donde se reparte la canasta básica en este barrio, varios ancianos juegan al dominó. Sopla un siroco suave.
—Construir en hormigón no significa que hayamos renunciado a volver —prosigue Lala.


El paisaje no cambia: arena, chatarra de vehículos en cada rincón, plásticos, pequeños negocios, una tienda con precios desorbitados, corrales de cabras y placas solares bajo un calor, en abril, cercano a los 30 grados. Sorprende el respeto de los niños hacia los adultos: uno es reprendido por cruzar mal la carretera y escucha en silencio antes de disculparse.




En la comida, sentados sobre la alfombra, Lala insiste en el deterioro de la salud femenina: más problemas menstruales y dificultades para quedarse embarazadas.
Por la tarde, el periodista de Diario de Navarra, Laura, Marta y las dos niñas visitan el hospital de la wilaya, el más antiguo de los campamentos, construido con financiación del Gobierno de Navarra.
—Qué sensación de abandono —susurra Laura al pisar Urgencias.
Un médico resume la situación:
—Falta de todo.
Después, escribe tres páginas de necesidades en el cuaderno del periodista. Los cajones están vacíos: no hay ni paracetamol. La enfermera navarra lo comprueba. Una mujer con asma usa un nebulizador sin recambios. Apenas queda oxígeno. A un niño con fiebre lo derivan a una farmacia. Una madre sale con su bebé recién nacido cuatro horas después de dar a luz. Los pacientes llevan sus propias mantas y comida.






A pocos metros del hospital, en la carretera principal, en la parte trasera, cuatro farmacias venden todo tipo de medicamentos. Laura entra, observa...
—Algo no encaja. ¿Hospitales vacíos y farmacias llenas? Alguien hace negocio.
La pregunta queda en el aire: ¿qué ocurre en un lugar donde incluso la sanidad parece privatizarse?


Esa noche, Carol y Mulay cenan en casa de Lala. Han sacrificado una cabra para recibirlos. La conversación gira en torno a los jóvenes, la droga —que atribuyen a Marruecos—, la salud mental tras casi 50 años de exilio, la malnutrición y la falta de agua y medicamentos en los dispensarios. También sobre el negocio de las farmacias, el hospital privado en Smara, el sueldo de los trabajadores (conductores, sanitarios...), la falta de maestros en las escuelas y la necesidad de sacar a los niños y niñas en verano a través de Vacaciones en Paz.
Vera se queda dormida. Fuera, el viento sigue soplando.


5 DE ABRIL
Hoy toca excursión. Desde Dchera, el todoterreno de Mulay avanza entre calles de arena, pasando junto al colegio 8 de Marzo, cuyo perímetro será reforzado con fondos del Cross de Reyes de Puente la Reina.
El paisaje repite su patrón: adobe, hormigón, puestos de gasolina, plásticos arrastrados por el siroco. Cruza la carretera la vía de tren que construye China en Argelia. En un control militar, Mulay bromea:
—El permiso soy yo.
Risas. Les dejan pasar.
En Auserd se preparan actos por el 50 aniversario de la RASD. Por el camino, Laura plantea a Carol una idea: que algún niño del programa Vacaciones en Paz se integre en el campamento de la Asociación Navarra de Diabetes (ANADI).
—El problema aquí es la dieta —subraya Mulay—. Por eso hay tanta diabetes.


El centro de integración que dirige Castro, antiguo pastor de cabras, surge de la nada, junto a la carretera asfaltada que vertebra los campamentos, como “un oasis en el desierto”.
—Aquí no crecen plantas, sino personas —da la bienvenida Castro al grupo.
Atienden a 42 personas, con y sin patologías, cada vez con menos ayuda humanitaria. Entre ellas está Dagna, una niña de ocho años con vitíligo, apartada en el colegio.
Helena ayuda a servir el desayuno. Los niños observan su sensor de glucosa en el brazo. A la salida, Aisha y Duba, dos trabajadoras, piden pañales, ropa y comida.


En el hospital de Smara, Carol busca a Umla, matrona de 48 años formada en Cuba. Atiende unos 15 partos diarios, de nueve a nueve, por unos 50 euros cada tres meses. Y solo hay dos.
La visita continúa en el Museo de la Resistencia. Un militar retirado, Ahmed Salen, “Paco”, relata la historia saharaui... y la suya.
—Sigo siendo ese Paquito que ha perdido todo por lograrlo todo. Solo sueño con volver a Villa Cisneros.
Tras la comida, Mohamed Gailani, subdelegado saharaui en Navarra, advierte:
—Estamos en una crisis de salud, alimentos y agua. A partir del 30 de abril no tendremos agua en las casas. Es un momento crítico y sin plan de emergencia.
Por la noche, Lala prepara albóndigas de pollo. Melika y Vera siguen inseparables. Antes de dormir, Galia saca un juego tradicional: Al- sig. Marta y Laura se enfrentan a las hermanas saharauis, que no perdonan.
Antes de acostarse, Laura y Lala organizan el día siguiente: visitarán familias con diabetes.




FAMILIAS CON DIABETES (6 DE ABRIL)
Amanece con ambiente de calima. Fresco. La luz del amanecer entra de lleno en la sala, donde Lala ya ha preparado el desayuno. Cada jornada en este infierno parece empeorar la anterior.
Mohamed, de 10 años, se sienta a desayunar junto a Marta. Se deja abrazar. Es prudente, tímido. Helena lo acompaña a clase. Después comenzarán las visitas a dos casas en las que viven adolescentes de 15 y 16 años con diabetes tipo 1 que no reciben el tratamiento apropiado.
La primera visita se adentra en la casa de Hadala, de adobe y hormigón. Madre e hijo padecen diabetes. Laura y Helena se sientan en un espacio que hace las veces de salón: alfombrado, sin ventanas, iluminado por la luz tenue de una bombilla. La familia explica que recibe una cantidad de insulina del hospital cada dos meses que apenas alcanza para cubrir uno. Y ni siquiera la cantidad completa.


La enfermera del Hospital de Navarra les entrega plumas con las que pincharse por la noche y antes de las comidas. Helena les enseña dónde y cómo lo hace ella en su cuerpo. Hadala, alto y fuerte, asiente. Cuenta que su dieta no es variada, que a veces se le nubla la vista y que siente debilidad. Laura le recomienda también hacer ejercicio y le promete que tratará de enviar toda la insulina que pueda a partir de ahora, consciente de que al hospital no llega la necesaria. Sorprende la falta de información en torno a esta enfermedad.


Salen de la casa y se dirigen al extremo opuesto del barrio. Antes, Helena acompaña al colegio a Mohamed, aunque finalmente no entra. Por el siroco, se ha recomendado a los alumnos regresar a casa.


La siguiente visita es a la casa de Mahyuba, de 16 años, diagnosticada hace un año. Adelgazó mucho. Iba al baño constantemente. Así comenzó todo. Su madre explica que compran en Tinduf dos cajas de una vez —diez plumas de insulina— y que les duran aproximadamente mes y medio. Pero ella también es diabética, así que para las dos no alcanza.
Laura les recomienda inmediatamente salir a caminar. Hablan también de las charlas sobre diabetes en los dispensarios, que apenas llegan a la población. En El Aaiún, la última se celebró en 2024.
Sirven té. La madre cuenta que se pincha tres veces al día y que compra la insulina en Tinduf. Laura le entrega una caja de plumas y agujas suficientes para aguantar semanas. Le explica cómo utilizarlas, cuáles son para la noche y cuáles las rápidas para las comidas.
—¿Cuándo tiene una bajada de glucosa y se siente mareada, qué hace?
—Nada —responde la madre.
—¿Qué bebe?
—Solo agua.
Mahyuba no ha ingerido nada desde la noche anterior. No desayuna. No hay suficiente. Y lo poco que hay —bollería y pan— sabe que no le conviene. El día anterior comió pan con camello y cenó arroz.
También explica que, como tratamiento, ante la falta de insulina, les recomiendan ingerir la menor cantidad posible de hidratos, o directamente no tomarlos.
Laura suspira.
—Bueno, con lo que te dejo tendrás para seis o siete meses.
Mahyuba nunca ha estado en España. No estudia. No tiene estímulos. Siempre está en casa. Es adolescente y refugiada, mujer y enferma crónica: una ecuación explosiva. Nutrición basada en azúcar, pan y patatas. Falta de información. Falta de medios.


El director regional del Hospital de El Aaiún, Jalil Aba, sorprendido en el sofá de su despacho, expone la situación en esta wilaya.
—No tenemos material de higiene ni para reparar las ambulancias. En los hospitales falta de todo. Lo más urgente son los medicamentos básicos. Desde hace cuatro meses faltan medicamentos, sobre todo los de especialidad. Lo que obliga a los enfermos a comprarlos en las farmacias.
Habla también de 133 personas con diabetes en la wilaya de El Aaiún y de 650 hipertensos. Y aclara:
—Lo que hay en la farmacia y está recetado por el médico se distribuye gratuitamente. (Una afirmación que las familias saharauis niegan). Llevo cuarenta años como director y no soy muy optimista. Últimamente se trae poca cosa de Navarra.


7 DE ABRIL
La víspera de los días planificados para conmemorar los 50 años de la proclamación de la RASD ha viajado hasta aquí una visita de parlamentarios de Navarra. El plan de la jornada pasa por entrevistar al presidente de la Media Luna Roja Saharaui.
Antes de partir hacia la sede de esta organización, Lala comenta que la mayor preocupación en los campamentos sigue siendo la distribución del agua. La mayoría de las familias lleva días sin recibir la cantidad asignada y se ve obligada a comprarla. Pero, incluso teniendo dinero, señala, no resulta fácil encontrarla. Unos días antes de la llegada de la familia navarra a su casa, compró 18.000 litros, de los que en apenas diez días solo le quedan 14.000. Gastaron alrededor de 26,12 euros por esa cantidad.
Sentado ya ante el grupo, Yahya Buhobeini, presidente de la Media Luna Roja Saharaui, dibuja un escenario de agravamiento humanitario en los campamentos, marcado por el encarecimiento de los alimentos, el recorte de fondos internacionales y el deterioro de la nutrición. Asegura que la situación empeoró a partir de la COVID y que la subida de precios, unida a la reducción de las aportaciones de donantes y agencias, ha dejado la ayuda humanitaria por debajo del mínimo necesario.
El punto más crítico se vivirá a partir de mayo y, sobre todo, en verano. Buhobeini advierte de que en junio y julio pueden agotarse las existencias de productos básicos, con recortes severos en lentejas, aceite, azúcar, harina o arroz, que literalmente desaparecerán. Según explica, la encuesta nutricional impulsada en 2025 por la Universidad de Londres constató un fuerte aumento de la anemia y la desnutrición —el peor dato desde 2010—, especialmente entre niños y mujeres.
Las necesidades humanitarias para 2025 se cifran en 104 millones de dólares, pero solo se han recibido 58 millones, es decir, poco más de la mitad. La dependencia de la población respecto a la ayuda exterior es casi total: más del 91% vive de la ayuda humanitaria y solo el 1,6% tiene seguridad alimentaria, frente al 11% de 2018. También existen déficits en agua y medicamentos. Confirma que faltan cisternas para repartir agua, muchas familias tienen que comprarla y el déficit de medicamentos ronda el 30%. Buhobeini insiste en que no es un problema de gestión local, sino de insuficiencia de financiación internacional.


En ese marco, las personas celiacas y con diabetes aparecen como los colectivos más vulnerables. El presidente reconoce abiertamente que no existe un programa específico para ellas en los campamentos. La ayuda se limita, sobre todo, a intentar garantizar medicamentos e insulina, pero admite que no cubre todas las necesidades y que tampoco hay un plan nutricional adaptado. Recalca que la dieta disponible, basada en arroz, pasta, harina y otros carbohidratos, empeora el control de la enfermedad. Él mismo afirma que es diabético, diagnosticado desde 2014, y que intenta cuidarse caminando, bebiendo mucha agua, comiendo poco por la noche y evitando el pan, aunque reconoce que resulta muy difícil seguir una dieta adecuada.


Además, relaciona la diabetes con un cambio profundo en los hábitos de vida de la población refugiada: menos actividad física, más sedentarismo y mayor consumo de azúcar. Advierte de que la encuesta nutricional ya detecta un fenómeno creciente de obesidad, especialmente entre mujeres mayores de 40 años, y recuerda que la obesidad es un factor especialmente grave para quienes padecen diabetes. Su conclusión es clara: falta financiación para poner en marcha una respuesta sanitaria y alimentaria específica.


8 Y 9 DE ABRIL
Helena enferma durante 24 horas. Algún golpe de calor o un virus. Solo pide una cosa: que no se gaste agua para bajarle la fiebre. Teme que, por culpa de su temperatura —38,7 y subiendo—, la familia vaya a perder parte de su reserva.


En primera línea de los desfiles militares se distingue a un grupo de navarros que reconoce cierta amargura porque se está “eclipsando” la situación real de las familias saharauis. También admiten sentirse impactados por el uso del móvil, tanto entre los pequeños como entre los adultos.
En una de esas noches de la recta final del viaje, Lala revela además que la falta de ayudas también está afectando de forma directa a la higiene femenina. Desde abril de 2025 no han recibido compresas, por ejemplo, así que o bien recurren a telas o bien tienen que comprar paquetes.
En primera fila de los desfiles se encuentra Eduardo Irigoyen, director de la ONG navarra ATTSF, fotografiando los camiones cisterna de su organización. Se gira y entabla conversación con el periodista.
—Toda la red de distribución de agua corre peligro —deja caer, como una losa fría—. Sin financiación no se puede reparar.
El periodista le explica que ha comprobado que los cinco camiones asignados a la wilaya no funcionan por averías mecánicas. Irigoyen asiente.
—Tenemos la esperanza de conseguir una aportación económica de Europa para poner en marcha 16 camiones cisterna. Sería suficiente para todas las wilayas y para el mantenimiento de la red de tuberías. Si no lo conseguimos, no habrá financiación ni siquiera para la producción de agua.
Es decir, ni para extraer el agua.
La Asociación de Trabajadores y Técnicos sin Fronteras ha asumido responsabilidades en materia de logística para garantizar el acceso a alimentación, agua y saneamiento. En 2023, ACNUR le encomendó el mantenimiento y la reparación de la red de tuberías de Auserd: 38 kilómetros de cañerías en más de 600 puntos comunitarios de distribución. El agua llega a unas fuentes y cada vivienda conecta por turnos sus mangueras para llenar los depósitos.


ÚLTIMO ATARDECER (10 DE ABRIL)
Lala y sus tres hermanas llevan a Helena, Laura, Marta y Vera a merendar a lo alto de una colina a la que llaman Cuscús. Hay paz. Y también orgullo al ver a las pequeñas tan bien integradas. Nada va a ser igual.
—Aita, queremos volver aquí —deja claro Helena, sentada en la cima.
Vera añade algo más:
—¿Puede venir Melika y Mohamed con nosotros a Pamplona?


A las 23.45 llega el reencuentro con el resto del pasaje para regresar a Noáin. Toca despedirse. Lala, sus tres hermanas y Melika acompañan a la familia hasta el edificio del Protocolo. Uno de los dos autobuses enciende las luces y, de pronto, se distinguen las lágrimas.
Lala abraza a Helena durante la espera en aquel andén de oscuridad, tristeza y felicidad mezcladas. Abrazo largo. Llanto compungido.
Vera, con solo seis años, experimenta algo nuevo. También llora.
—Se me salen las lágrimas, papá.
Ahora es Melika quien pide acompañarla a Navarra.
Al llegar a la terminal de Tinduf, alguien pronuncia unas palabras que resumen bien lo vivido en los campamentos:
—No es lo mismo que te lo cuenten que vivirlo y sentirlo.
En la facturación, Nerea Sáez cuenta que Dajla, la wilaya más alejada, está despoblada, que no hay medicamentos en el dispensario, pero que está más verde que nunca gracias a las últimas lluvias.
En medio de este escenario, a Laura le dicen que parece que Ualy se encuentra en España. Sonríe, aliviada, porque pensaba que estaba en el frente.
El 26 de abril a las cuatro y media de la tarde, Lala escribe: “Acabamos de recibir agua”. La ultima vez que llegó el camión cisterna a su barrio fue el 1 de diciembre. “A partir de entonces hemos tenido que comprarla: 5.000 litros en enero y 18.000 en marzo”.

