Alfonso Bañón Seijas: historias, una ciudad y una radio
"Nos contaba todo lo que tenía a la espalda. Sin darse importancia a sí mismo, pero dando importancia a la obra colectiva de su generación", recuerda el periodista y escritor Daniel Ramírez sobre el exdiputado, exparlamentario y exconcejal


Publicado el 20/03/2026 a las 20:40
Solía pasear al perro por el Paseo Sarasate. Lo escoltaban las estatuas de los reyes, el quiosco de la música, el bronce de San Francisco y todos esos amigos que se iba encontrando. “¡Adiós, Alfonso! ¡Gracias!”.
Para muchos de nosotros, eso era Alfonso Bañón. Algo que siempre estuvo ahí, como las estatua, como el quiosco. Como los adoquines que alfombran la ciudad. “¡Gracias, Alfonso!”. Eso se lo decíamos muchos. Gracias.
Porque lo que hacía con sus hijos y sus nietos lo hacía en realidad con cualquiera que se le acercara. Y contaba. Nos contaba todo lo que tenía a la espalda. Sin darse importancia a sí mismo, pero dando importancia a la obra colectiva de su generación. La que todavía hoy nos hace libres.
Lo recuerdo sentado en su casa, junto a un ventanal. Con un trozo del rostro en sol y otro en sombra. Con un pensamiento en el pasado y otro en el presente. Con una sonrisa puesta en Pilarcho, otra en sus hijos y otra en sus nietos.
Como el mago que, cogiendo de uno y otro lado, iba poniendo palabras a esa revolución épica y pacífica que fue la Transición.
Aquella noche, dentro del Congreso, cuando parecía que la Democracia se desmoronaba, Alfonso encendió la radio. Pese a la ráfaga de tiros y las amenazas de los guardias civiles. Susurraban los diputados de la UCD: “La radio de Bañón, la radio de Bañón. ¡Qué dice la radio de Bañón!”.
Y la radio de Bañón, que fue pasando de mano en mano, dijo que el golpe se desmoronaba ahí fuera. Muchos tuvieron miedo. Él también. Pero en Alfonso Bañón había algo que se imponía incluso al miedo: el sentido del humor.
Por eso, en el baño, cuando se cruzó con Jesús Aizpún y escuchó “oye, Alfonso, ojalá hubiésemos perdido el avión esta mañana”, él respondió: “¡Pero si estamos haciendo Historia!”.
Lo que no le dejaron hacer los guardias, y eso decía con carcajadas que le fastidió un buen rato, fue “el damero maldito”. El crucigrama de El País.
Cuando nos cruzábamos, medio en serio medio en broma, solía pedirle a Alfonso que volviera a la política. Y él se reía. Ahora se ha ido para siempre. Para siempre volver.
Porque no escribió sus memorias, pero a muchos nos contó. Y hoy, ¡menudo alcalde nos perdimos!, su manera de entender la política, ¡la vida!, entraña la respuesta a cualquier encrucijada.
El vitalismo, los principios insobornables, la capacidad de desempatar sin enemistad, el sentido del humor.
Este viernes 20 de marzo de 2026, cuando escuchamos eso de “Alfonso ha muerto”, muchos encendimos en nuestro corazón el transistor. La radio de Bañón.
Y eso es lo bueno de la radio, que es en el fondo una estrella polar, la mejor compañía. Y ahí están las historias de Alfonso, sonando todo el tiempo en algún lugar de la ciudad.
Las estatuas de los reyes, el quiosco, el bronce de San Francisco, los adoquines grises, los paraguas, la lluvia, las murallas, los pintxos, las torres de las iglesias… La radio de Bañón.
