Entrevista
Joseba Eceolaza: "La violencia embrutece a quien la ejerce, pero también a quien la defiende"
Ha logrado que la divulgación de los detalles de las víctimas sea una poderosa palanca para fomentar la empatía hacia ellas. Lo hizo con las de ETA y ahora es el turno de dar nombre a las del franquismo.


Actualizado el 09/03/2026 a las 23:36
Joseba Eceolaza Latorre (Pamplona, 1979) lleva mucho tiempo sumergiéndose en los detalles de vidas cotidianas que un día se vieron truncadas por el vil zarpazo de la violencia. Le ha conmovido el dolor sufrido en soledad por muchas viudas de guardias civiles asesinados por ETA y la crueldad del entorno de la banda con sus víctimas, como con la hija de Manuel Zamarreño, concejal del PP reventado por una bomba, y a la que colocaban pegatinas a favor de la banda en su taquilla del instituto. Eceolaza despuntó joven en la vida pública como concejal de Batzarre y parlamentario foral (2007-2011). Activista de la Memoria, es uno de los impulsores de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra (AFFNA36). En su último libro, ‘Las voces de la República’ da nombre a otras víctimas. Según, el Fondo Documental de la Memoria Histórica, en Navarra se registraron 3.507 víctimas mortales a causa de la represión franquista entre 1936 y 1948. Eceolaza presentará su libro este miércoles, a las 19.00 horas en el Nuevo Casino de Pamplona.
‘Las voces de la República’ es un libro que está lejos de ser agradable de leer, lo dice Paquita Sauquillo en el prólogo y no puede ser más acertado. ¿Lo acepta? Escribo libros que tienen que ver con la violencia, con las víctimas, con la memoria. La violencia genera trauma, víctimas y dolor: es devastadora a nivel humano y también a nivel moral. Por eso, hablar de la violencia requiere de cierta crudeza.
Estremece el relato de Honorio Arteta, único superviviente de los 52 presos republicanos a los que en agosto de 1936 se les anuncia que van a ser liberados, pero que en realidad son conducidos en dos autobuses de La Estellesa y La Tafallesa desde Pamplona a Caparroso para ser fusilados...
Estoy convencido de que la antesala de la empatía es el conocimiento de los detalles. Empatizamos más con una víctima cuando sabemos quién era, qué años tenía, a qué se dedicaba... La empatía no solo es ponerse en el lugar del otro, sino hacerle un lugar al otro. Las víctimas tienen que formar parte de nuestro mundo sentimental y por eso los viajes que hago hacia ellas describen toda la crudeza de lo que sufrieron. Corpus Dorronsoro era concejal de Pamplona; la mataron a ella, a su hermano y a su hijo. En San Adrián, mataron a Cándido y a su mujer, Pilar, pero también a sus dos hijas adolescentes. En Gaztelu, a Juana Josefa y a seis de sus siete hijos, arrojados después a una sima...
La memoria puede resultar incómoda, pero usted sostiene que apunta al futuro. ¿Por qué?
La memoria no solo es recordar, es un acto moral. Recordamos para prevenir y evitar que los valores y las ideas que hicieron posible la muerte vuelvan. Es una ingenuidad creer que la memoria por sí sola es un antídoto frente a la repetición o frente al fanatismo. Los serbios sabían perfectamente qué había hecho Hitler en Serbia y, sin embargo, ellos lo repitieron en Srebrenica. Israel, que se supone guardián de la memoria del holocausto, hemos visto lo qué ha hecho en Palestina.
Si la memoria no basta, ¿qué más hace falta?
Necesitamos una comunidad del recuerdo, un cuerpo ético que nos prevenga ante todo eso. Después de todos los conflictos violentos, o de todos los terrorismos, la gran preocupación siempre es la garantía de no repetición. En nuestro caso, es descartable que vuelva un golpe de estado franquista o que ETA vuelva a asesinar como tal. Pero tenemos que abordar no solo el hecho del fin de la violencia, sino qué es lo que queda tras ella, porque la violencia embrutece a quien la ejerce, pero también a quien la defiende. Hay que reflexionar sobre la subcultura del odio que permite que puedan aflorar nuevas violencias. Para la paz hacen falta mentalidades de paz. Y esta reflexión no se las podemos dejar exclusivamente a la política, que tiende al atajo. Frente a ella hay una sociedad civil, unos medios de comunicación y un mundo educativo, muy involucrados hoy con la memoria.
Y, sin embargo, tenemos reciente la imagen de cientos de encapuchados, casi adolescentes, movilizados por la Gazte Koordinadora Sozialista (GKS) quemando contenedores en Iturrama en nombre de un supuesto antifascismo...
Me preocupa que se esté produciendo una cierta idealización de la violencia. En una charla reciente con alumnos de Jesuitas hablamos del asunto de la visita de Vito Quiles y la foto de los 300 encapuchados. Por suerte, en nuestro entorno la violencia es hoy algo marginal, pero cuando aparece, lo contamina todo. Es verdad que esa foto de los 300 es muy potente, pero en ella, yo les decía a los estudiantes, no hay nada positivo.
¿Y cómo lo argumentaba?
Les planteaba que ni la mejor idea, ni la mejor bandera, ni la mejor causa, se pueden defender con violencia. A la gente joven le insisto en que la violencia tiene un impacto fortísimo en el futuro. Los testimonios de las víctimas son útiles incluso entre chavales que se encuentran en un estado primario de radicalización. Les afectan muchísimo. Como decía Covite, las víctimas son nuestras heridas luminosas.
El hablar de víctimas de ETA se asocia a las derechas y hacerlo de las víctimas del franquismo, a las izquierdas. ¿La ideología de una víctima nos condiciona más que la agresión sufrida por ella?
Tenemos que terminar con la polarización de los afectos, que es esto. Cuando nos solidarizamos con una víctima, merece la pena acercarnos a ella sin peros y sin matices. Uno de los grandes errores de nuestra época son las cegueras cruzadas. A mi juicio, para ser válida, la memoria tiene que ser universal. Hoy tenemos la enorme manía de poner en marcha un relato para neutralizar otro; de compensar unas víctimas con otras, por aquello de la tesis del empate... Eso es trabajar una memoria embrutecida, porque las víctimas no se compensan, las víctimas, en todo caso, se suman. Plantear que durante la guerra civil hubo dos bandos igualmente mortíferos, igualmente responsables, es también entrar en la desmemoria. En este caso son las víctimas republicanas las que necesitan un mayor reconocimiento, porque fueron ellas quienes sufrieron 40 años de dictadura y 40 años de olvido democrático. Y una guerra que no se aborda de forma conveniente se convierte en una guerra infinita.
En una sociedad tan polarizada, ¿ve posible un consenso sobre la deslegitimación de la violencia?
Ese es el gran reto: partir de ideologías y vivencias diferentes, pero llegar a la misma conclusión en torno a la violencia. Con la república, con el franquismo, con ETA..., va a haber siempre una pluralidad de relatos, diferentes interpretaciones académicas e históricas, pero hay un relato que no se puede discutir, que es el relato moral.
¿Qué hacer con los símbolos? ¿Derribar ‘Los Caídos’ de Pamplona o resignificar el edificio?
Tengo que confesar que no me siento muy cómodo con este debate en concreto. Pero, creo que, una vez que la demolición no tiene el consenso ni es una posición mayoritaria, lo que tenemos que hacer es intentar hacer el mejor proyecto posible a nivel urbanístico y a nivel memorialístico para que ese edificio sirva para deslegitimar definitivamente y para siempre el franquismo, la violencia y sus defensas.
El mundo sigue siendo hoy un lugar peligroso, muy peligroso...
Las guerras contra los tiranos no siempre construyen algo mejor. Hace 20 años que EE UU intervino en Afganistán contra los talibanes y hoy siguen gobernando ellos. No siempre la intervención a favor de la democracia o contra un tirano genera un país democrático... Y romper la unilateralidad, romper un mundo en el que esto se debatía en la ONU, en la OTAN, es plantear un orden mundial del más fuerte, pero no del más justo. Es un error hacer seguidismo de Trump. Y quienes desde España plantean hoy hacer seguidismo de Trump no se dan cuenta de que podemos ser no unos invitados de piedra, sino el menú de Trump.