Día de la Mujer

Ojos que hablan de igualdad: "Este 8-M es más necesario que nunca"

 Vanessa, Conchi, María, Paquita, Mayi, Catalina y Diana hablan de mujeres que han dejado huella en sus vidas

AUTOR: IVAN BENITEZ FECHA: 04/03/26 LUGAR: PAMPLONA PERSONA: TEMA: 8M
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Vanessa Arre, 36 años, cantante de modern metal del grupo HenkoreIván Benítez
AUTOR: IVAN BENITEZ FECHA: 04/03/26 LUGAR: PAMPLONA PERSONA: TEMA: 8M

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Iván Benítez

Actualizado el 08/03/2026 a las 16:53

Detrás de una mirada y un silencio puede latir una historia de coraje. Desde la sencillez de un gesto cotidiano, Vanessa Arre, de 36 años, atiende a un grupo de escolares y recoge paquetes, sobres y postales para los empleados, tras la cristalera de la recepción de una empresa en Cordovilla. Entre idas y venidas, y llamadas telefónicas, sus ojos se abren de par en par al escuchar la pregunta. “¿Qué significa el 8M en el contexto actual?”, repite en voz alta. “Este 8M es más necesario que nunca”, comenta con una sonrisa que disuelve cualquier duda. “Es un día de reivindicación, de lucha, de mostrar y de intentar cambiar las cosas. Cada vez es más urgente que se visibilice y que la gente sea consciente de lo que está ocurriendo. Mientras las cosas no cambien y no haya equidad, la lucha debe continuar”. 

Vanessa subraya un retroceso social que ella atribuye a la educación, o mejor dicho, a la falta de ella, y al desinterés de las nuevas generaciones por un progreso por el que nuestras abuelas y madres lucharon. Al profundizar en los ámbitos donde percibe más desigualdad, destaca principalmente la distribución de tareas del hogar, las cargas mentales y el entorno laboral. “Se nota muchísimo”, afirma. Ser mujer hoy, a sus 36 años, le parece “complicado”, pero aclara que se siente “afortunada” por estar en el “punto medio, donde puedo cambiar las cosas, enseñar a nuevas generaciones, a mis sobrinos, amigos…”. Y añade: “A veces, ver con perspectiva el esfuerzo de familiares y amigos por entender y cambiar es reconfortante, pero es complicado”.

Con respecto a los mensajes que transmitiría a sus sobrinos, tiene claro lo que diría: “Que respeten y valoren a sus madres y a sus mayores, que luchan a diario para que puedan tener la calidad de vida que disfrutan. Que no se dejen llevar por noticias falsas ni por todo lo que ven en las redes sociales. Que sean críticos, se hagan preguntas y busquen respuestas”.

Una de sus principales preocupaciones es el resurgimiento de un discurso de sumisión que parece arrastrarnos de vuelta a valores tradicionales impuestos para el beneficio de unos pocos. “Creo que estamos siendo víctimas de un lavado de cerebro, utilizando la conectividad de las redes sociales para manipular mentes jóvenes”, reflexiona. “Es increíble que estemos hablando de esto en 2026”, comenta, sorprendida por cómo algunos jóvenes ejercen control sobre sus parejas, geolocalizándolas, presionándolas y haciéndolas sentir mal si no cumplen con los estándares impuestos. “Es una vuelta atrás en lo que debería ser una evolución”.

Cuando se le pregunta por las mujeres que han marcado su vida, Vanessa menciona a su madre, María Ángeles, su abuela Piedad, su suegra Natalia y la madre de ésta, Polina, entre otras. Todas son figuras de fortaleza. “Mi suegra vino de Rusia con 32 años y un hijo pequeño, buscando un futuro mejor, y a raíz de la pandemia y otros problemas, regresó sola a Rusia con su segundo hijo, dejando al resto de la familia aquí”. También destaca a sus amigas, luchadoras incansables, muchas de ellas madres solteras, trabajadoras y artistas, que han tenido una profunda influencia en ella.

En el ámbito de la música, donde es cantante de modern metal en el grupo Henkore, no se muestra indiferente ante la desigualdad que sigue presente, especialmente en los festivales, donde las mujeres siguen siendo relegadas a un segundo plano. “Lo noto mucho. En los conciertos, apenas hay presencia femenina. Incluso cuando hay bandas femeninas, se les coloca en un segundo plano”, comenta. “Aunque se nos reconozca, me gustaría que fuera más equitativo”. Sus letras abordan temas como la salud mental, el dolor crónico, la resiliencia y las batallas personales, cuestiones que reflejan profundamente su propia vida. “Todo lo que canto está basado en mi experiencia personal, aunque los otros miembros del grupo también aportan lo suyo”.

Vanessa también transmite un mensaje de unidad y apoyo entre mujeres: “Es importante que nos valoremos, nos acompañemos, nos cuidemos y nos prioricemos. No estamos solas, nos sostenemos entre todas y somos más fuertes de lo que parece. Siempre hay pequeñas luces en la oscuridad que pueden iluminar el camino. Hay muchas manos dispuestas a levantarnos cuando nos caemos”. Y sobre el 8M, insiste con firmeza: “Es más necesario que nunca. Hasta que las cosas no cambien, la lucha debe continuar”.

Finalmente, no quiere dejar de mencionar a otra mujer de “gran valor”: su hermana mayor Virginia, quien la introdujo en el mundo de la música y se convirtió en un “gran referente” para ella. “Una mujer inteligente, trabajadora y luchadora que me enseñó el mundo de la música y la importancia de leer y del arte para enfrentarse a este mundo”.

VIOLENCIA

La violencia de género sigue dejando una huella profunda en la vida de mujeres de todo el mundo. Actualmente, millones de ellas, junto con niñas que huyen mientras se lee este reportaje, se enfrentan a una violencia tan devastadora que incluso organizaciones como ACNUR han expresado su creciente preocupación por el impacto que está teniendo. Entre las manifestaciones más extremas de violencia que impulsan esta huida se encuentran prácticas tan crueles como la mutilación genital, que afecta a más de 230 millones de personas, siendo una de cada cuatro originarias de África subsahariana. A estas atrocidades se suman la violencia sexual, que incluye violaciones y explotación, el matrimonio forzado, la trata de personas y una creciente violencia digital. Todos estos actos tienen un denominador común: la falta de una protección efectiva desde su origen, algo que ACNUR ha denunciado en reiteradas ocasiones.

En este contexto global, Navarra no está exenta de los ecos de esta grave realidad. El asesinato en Sarriguren, que también dejó gravemente herida a la madre del agresor, y la liberación de 18 mujeres víctimas de prostitución forzada en los barrios de Rochapea y San Jorge, pone de manifiesto la situación actual.

Por otro lado, la desigualdad sigue marcando de forma indeleble el rostro de las mujeres en el ámbito laboral. Según los datos proporcionados por UGT Navarra, siguen siendo las más afectadas por el desempleo, representando el 61,4 % de las personas en paro. Los últimos informes del Ministerio de Trabajo y Economía Social indican que existen 18.364 mujeres desempleadas frente a 11.523 hombres, una cifra que ha aumentado en 219 mujeres en solo el último mes. Este desajuste se ve además reflejado en las brechas salariales y en la falta de estabilidad y oportunidades laborales que aún persisten para ellas.

Recientemente, la ministra de Igualdad, Ana Redondo, y la secretaria de Estado de Igualdad y para la Erradicación de la Violencia contra las Mujeres, María Guijarro, presentaron el lema de la campaña del 8M: “Mujeres de alto valor. No dejaremos que el pasado avance”. Esta campaña, protagonizada por la actriz Ángela Molina, denuncia fenómenos amplificados por las redes sociales, como el movimiento de las “tradwives” o las mujeres de “alto valor”, un concepto que promueve una visión regresiva de la feminidad, vinculada a la sumisión, los roles domésticos tradicionales y la dependencia económica del hombre. Redondo advirtió que, más allá de ser una moda pasajera, este discurso ideológico, originado en la ultraderecha, idealiza la figura de la mujer sumisa y ensalza la autoridad masculina. Además, destacó el peligro creciente de la violencia digital, utilizada como una herramienta de control y agresión contra las mujeres y niñas.

Por ello, siguiendo el espíritu de esta campaña, estas líneas se adentran en un recorrido a pie de calle, en busca de mujeres que representan gran valor. A través de sus historias, se rinde homenaje a todas aquellas que, en su entorno, encarnan una resistencia silenciosa pero firme.

¿Cuál es la mujer de gran valor que ha marcado sus vidas? Esta es la pregunta que se plantea, y, al igual que Vanessa Arre, otras seis mujeres ofrecen su respuesta. Miradas que cuentan historias.

Conchi Moriones, de 75 años, con un ramo de flores que dejará en la tumba de Dolores Villabona, su madre.
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Conchi Moriones, 75 años, con un ramo que dejará en la tumba de Dolores Villabona, su madre.Iván Benítez
Conchi Moriones, de 75 años, con un ramo de flores que dejará en la tumba de Dolores Villabona, su madre.

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CONCHI MORIONES (75 AÑOS)

En una calle tranquila de Olite, Conchi Moriones, de 75 años, espera a su hermana en la acera, sosteniendo un ramo de flores que llevará al cementerio, a la tumba de su madre, Dolores Villabona, quien falleció a los 94 años en agosto de 2021. Mientras aguarda, alza la mirada al cielo y recuerda: “Era el orgullo de la familia, la mujer de más valor que he conocido en mi vida”. Dolores vivió una vida llena de sacrificios. A los 38 años quedó viuda y tuvo que sacar adelante a sus cuatro hijas trabajando en lo que podía, incluso en un vivero en Tafalla. Más tarde, comenzó a trabajar en la prisión de Pamplona, desde los 44 años, en 1971, hasta que se jubiló. “Allí fue muy valorada”, cuenta su hija. “A pesar de haber tenido una vida dura, siempre sonreía y era generosa. Vivió para su familia”, recuerda con cariño. A pesar de las tragedias que sufrió, incluida la pérdida de su marido y dos hijas, Dolores nunca dejó de luchar. Al hablar de los valores que representaba su madre, Conchi explica: “Era alegre, trabajadora, luchadora, educada; lo tenía todo. Aunque hoy algunos valores se han perdido, mi madre siempre vivió según esos principios”. En cuanto a la situación actual de las mujeres, opina que aún persisten grandes desigualdades. “El derecho de las mujeres está muy por debajo de lo que debería, pero, en términos generales, al menos a nivel laboral hemos mejorado un poco. No entiendo cómo, en pleno siglo XXI, seguimos tan poco valoradas. Aún hay mucho machismo”.

María Unzúe (86 años) y Paquita Vegas (81), en Olite.
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María Unzúe (86 años) y Paquita Vegas (81), en Olite.Iván Benítez
María Unzúe (86 años) y Paquita Vegas (81), en Olite.

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MARÍA UNZÚE (86 AÑOS) Y PAQUITA VEGAS (81)

María Unzúe, 86 años, y Paquita Vegas, de 81, se encuentran conversando en una calle paralela de Olite. Cuando se les pregunta sobre el 8M, ambas coinciden en el retroceso que perciben en relación con la seguridad de las mujeres. Paquita comenzó a trabajar en su pueblo natal en Cáceres a los 14 años, cultivando algodón y tabaco por cinco pesetas, y reflexiona: “Las mujeres trabajamos mucho más porque, además de lo que hacemos fuera de casa, debemos encargarnos de todo lo que pasa dentro”. Asegura que todavía ve un retroceso en el respeto. “Nos tratan como débiles, pero somos iguales que los hombres”, subraya con firmeza.

María, que también empezó a trabajar desde joven, recuerda las dificultades de su época, cuando no tenían acceso a la educación ni a muchas oportunidades. “Las mujeres inteligentes no eran bien vistas”, comenta, mencionando a su madre, Felipa Otazu. “Ella era mondonguera, trabajaba con los cutos”. Una mujer que, sin formación, tiró de su familia.

Paquita también evoca a su madre, Esperanza Esteban, quien, sin ser enfermera, se convirtió en un referente para todas las mujeres del pueblo en Cáceres. “Ayudaba a parir mientras se desplazaba el médico. Aprendió el oficio observando. Si hubiera tenido la posibilidad de estudiar, hubiera llegado muy lejos”.

Las dos vecinas comparten la preocupación por la “sumisión” que observan en la juventud actual. Paquita lamenta cómo muchas chicas siguen dependiendo de los chicos, una situación que considera un retroceso respecto a los logros obtenidos. “Nosotras luchamos para conseguir cosas, y ahora parece que todo lo que hemos ganado se está perdiendo”, lamenta. María, por su parte, expresa su desconcierto al ver cómo las nuevas generaciones parecen retroceder en términos de independencia. “Era una vida dura, sin televisión ni radio, pero nos esforzábamos. Íbamos en bicicleta, sin lujos. Hoy veo que muchas chicas dependen demasiado de los chicos, y no me gusta nada”.

Diana Patricia, de 52 años, cuidadora de personas mayores,
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Diana Patricia, de 52 años, cuidadora de personas mayores,Iván Benítez
Diana Patricia, de 52 años, cuidadora de personas mayores,

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DIANA PATRICIA (52 AÑOS) 

El recorrido por Olite termina en la puerta de la casa de una mujer mayor a la que cuida Diana Patricia Arteaga, de 52 años, colombiana, quien comparte su experiencia como madre y trabajadora. Tras la pérdida de su hijo mayor, que falleció a los 20 años, Diana ha tenido que luchar para mantener a su familia y salir adelante. “En Colombia, la vida de las mujeres es difícil. Nos toca ser madre y padre al mismo tiempo, luchando por todo”. Ahora, en España, donde lleva tres años, trabaja como cuidadora. “Las mujeres que he cuidado han sido mujeres con mucho valor y respeto”. Al igual que otras de su generación, Diana destaca la importancia de la independencia económica. “Me educaron muy bien mi abuela, quien me crió. Y trato de inculcar esos valores a mis hijas”, explica.

La violencia machista en América Latina y el Caribe se mantiene en niveles alarmantes. Los datos de organismos internacionales revelan que se han registrado más de 19.000 feminicidios en los últimos seis años. En promedio, 12 mujeres son asesinadas cada día por razones de género en la región.

Mayi Ribera, de 28 años, propietaria de un centro de manicura en el barrio pamplonés de Iturrama.
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Mayi Ribera, de 28 años, propietaria de un centro de manicura en el barrio pamplonés de IturramaIván Benítez
Mayi Ribera, de 28 años, propietaria de un centro de manicura en el barrio pamplonés de Iturrama.

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MAYI RIBERA (28 AÑOS)

En el centro de Pamplona, en Iturrama, Mayi Ribera, propietaria del negocio de uñas Edum Studio, atiende a una joven clienta mientras le muestra un abanico de esmaltes de colores. No necesita pensar mucho para recordar a una mujer con gran valor que ha marcado su vida. “Se llama Ema, tiene 30 años”, cuenta con una sonrisa. “Ema tuvo una infancia muy dura, ha sido madre por partida doble y se ha quedado sola. No ha parado de luchar y de trabajar, siempre con una sonrisa”. Mayi, natural de Bolivia, emigró hace nueve años y hoy regenta este estudio. Con la proximidad del 8M, no espera que lleguen muchas clientas en busca de esmaltes morados, pero reconoce que en su centro de manicura, los esmaltes granates y los tonos tierra son los más solicitados. “El lenguaje de las uñas comunica el estado de salud, nutrición y emociones a través de cambios en forma, color y textura. Además de sentirse bonitas y arregladas, las clientas se sienten bien consigo mismas”.

Madre de una niña de dos años, Mayi comparte responsabilidades con su pareja, “equilibrando trabajo y crianza”, deja claro. “El 8M para mí significa luchar por una igualdad real: en casa, en el trabajo. Pero una igualdad creíble”. Cuando llegó a España, pensó que los derechos de igualdad estaban más avanzados, pero con el tiempo se ha dado cuenta de que aquí también existe una desigualdad invisible, tanto en los trabajos como en los hogares. También ha notado “sumisión” en las redes sociales, donde los hombres, según ella, se sienten protegidos por la tecnología. “Creo que muchos hombres siguen pensando que las mujeres somos un lastre”. No obstante, aunque la desigualdad persista, Mayi no considera que haya un retroceso. ¿Qué significa ser mujer hoy? “Significa cumplir con muchos estándares y exigencias. Hay que criar y trabajar a la vez, porque si te estancas es muy duro socialmente. Se te juzga”.

Catalina Janus, de 49 años, en la Tahona que regenta en Berriozar.
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Catalina Janus, de 49 años, en la Tahona que regenta en BerriozarIván Benítez
Catalina Janus, de 49 años, en la Tahona que regenta en Berriozar.

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CATALINA JANUS (49 AÑOS)

En la Tahona de Berriozar, Catalina Janus, de 49 años, pone cafés y vende barras de pan a diestro y siniestro, ella sola, con agilidad. Regenta este local desde hace 14 años. De origen polaco, divorciada y con una hija de 25, cuenta que, desde que era muy pequeña, su hija le tocó trabajar y criar sola, en una profesión que exige muchas horas y pocas vacaciones. Catalina no duda en mostrar su desacuerdo con los “tintes politizados” de un feminismo obsesionado por atacar al hombre. “Creo que se ha mejorado la situación y que el hombre no es tan malo como lo pinta el feminismo extremo. Vivimos en un país donde tenemos los mismos derechos”. Y se explica: “La desigualdad entre hombres y mujeres nace en casa. Si a una persona se le permite todo desde la niñez, al final va a exigir lo mismo a su pareja. Las pantallas y las redes sociales están acentuando este problema”. Al recordar a una mujer con mucho valor que ha pasado por su vida, menciona a Argi. “Argi siempre ha estado a mi lado, ayudándome. Me escucha, me apoya, me entiende. En cada etapa vital hay alguien que valoras. Tengo pocas amigas, pero muy buenas”.

Las vidas de Vanessa, Conchi, María, Paquita, Mayi, Catalina y Diana recuerdan que la verdadera lucha por la igualdad no siempre se mide en grandes gestas. Sus relatos, sencillos, corresponden a luchas diarias que normalmente pasan desapercibidas y que muestran su capacidad para seguir y transformar los entornos.

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