Desafíos de Navarra
A la búsqueda de la nacionalidad deseada
Conseguir la nacionalidad no es lo mismo que el permiso de residencia. Para lo primero hacen falta 10 años de residencia y pasar unos complicados exámenes de Derecho, cultura, castellano... La Fundación Itaka-Escolapios ayuda a preparar los exámenes


Actualizado el 23/02/2026 a las 12:16
¿Cómo explicar qué es el ballet a alguien que nunca lo ha visto ni oído hablar de él? ¿Y la arquitectura? ¿Y la poesía a alguien que nunca la ha leído? ¿Cómo hacer entender que el compositor es el que escribe la música? Este es el reto al que se enfrentan las voluntarias de Itaka en las clases que imparten a personas extranjeras que se afanan en estudiar para aprobar unos complejos exámenes que les permitan acceder a la ansiada nacionalidad. Una nacionalidad que es diferente del permiso de residencia y trabajo, que es el que ahora quiere concederse con la regularización extraordinaria. Estos permisos no son definitivos y, cuando expiren, quienes se benefician de ellos deberán acogerse a las figuras recogidas en la Ley de Extranjería (como los arraigos) para permanecer en el país en situación legal. Es decir, el permiso de residencia que se va a conceder no supone obtener la nacionalidad, que es la situación que equipara en derechos a las personas nacidas en España. Por ejemplo, a la hora de votar.
Pero pasar los exámenes no es el único requisito para conseguir la nacionalidad. Para obtenerla en términos generales es necesario contar con 10 años de residencia, es decir, 10 años de permanencia legal. Este criterio rige en general para personas extranjeras, aunque para, por ejemplo, los latinoamericanos el requisito se reduce a dos años, como para quienes contraen matrimonio con una pareja española.
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Una vez cumplido esta exigencia de permanencia, quienes opten a la nacionalidad deben pasar dos exámenes. Uno de ellos es de temas de constitucionalidad, de derecho, cultura, geografía e historia, y sobre la vida práctica.
Son temas que, como explica la voluntaria Inés San Martín Echeverría (Enériz, 1949), quien cambió sus clases de geografía e historia en la UPNA por las que imparte en Itaka cuando se jubiló, no tienen nada que ver con su cultura, por lo que la dificultad se amplía. “Hay preguntas de las que no entienden las palabras. La mayor parte de quienes vienen de Sudamérica o de África utilizan un dialecto minoritario y la lengua oficial de su país, más una tercera. Pueden venir con tres lenguas previas y sin haber sido escolarizadas”. Así explica la dificultad con la que se enfrentan los alumnos para acceder a estos exámenes.
El material para el estudio es preparado por el Instituto Cervantes y junto con el temario incluyen un listado de 300 preguntas, con sus respuestas, que cambian cada año y de las que 25 aparecerán en el examen. Son preguntas que requieren una respuesta entre verdadero o falso o bien se exige elegir entre varias opciones. De las 25, 15 respuestas correctas permitirán el aprobado. Cada mes hay una convocatoria de examen para la que hay que pagar 85 euros, tasa que da derecho a examinarse dos veces en caso de suspender la primera.
Pero aquí no acaba todo. En caso de aprobar este examen, los aspirantes tendrán que demostrar el conocimiento del idioma castellano en otra prueba posterior, que tiene un coste de 138 euros. Aprobar estos dos exámenes es lo que les da el pasaporte para la nacionalidad.
Para conseguirlo, la Fundación Itaka-Escolapios ofrece a través del proyecto socio educativo Ikaskide la formación requerida para pasar estos exámenes desde hace 10 años. A las instalaciones de esta fundación en la calle Mayor de Pamplona, acuden unas 15 personas extranjeras por tanda y se organizan tres tandas al año. Dos días a la semana, durante hora y media, los alumnos se afanan en empaparse de todos los conocimientos que serán su pasaporte a la nacionalidad.
Explican las voluntarias y trabajadores que no siempre acuden todos los alumnos. La mayoría son mujeres y si los niños no tienen cole o están enfermos deben quedarse sin clase. “Estos estudios les exige mucho esfuerzo. Si trabajan en casas internas, vienen en su tiempo libre. La nacionalidad no se regala, se consigue. Y con un esfuerzo personal importante”, sentencian las voluntarias que, a pesar del tiempo, siguen asombrándose del interés en aprender de sus alumnas. A pesar de todo.
“Ha tocado la pregunta de El infinito en un junco”
Son normalmente cuatro meses los que se necesitan de preparación para el primer examen que integra cultura general, derecho, temas constitucionales, geografía e historia... La fundación Itaka, a través de Ikaskide y de las voluntarias profesoras presentan a sus alumnos al examen cuando les ven preparados. Porque la matrícula, que da derecho a examinarse dos veces, que hay que pagar es de 85 y 138 euros para las pruebas de conocimiento y de idioma, respectivamente. Djalila Bouheniche (Argelia, 47 años ) se presentó al examen el día anterior a esta entrevista y todavía se le escapaban muestras de los nervios que le produjo un examen que llevaba preparando desde el pasado octubre.
Las profesoras voluntarias, con no menos nervios que la alumna, le esperaban ansiosas en las instalaciones de Itaka, donde durante cuatro meses habían estado preparándola. Querían saber qué le habían preguntado y, sobre todo, necesitaban asegurarse de si las respuestas habían sido las correctas.
-La del junco. Sí, la del infinito en un junco. Esa ha tocado.
Djalila Bouheniche se refería a una de las preguntas nuevas que han incorporado este año en el temario: ¿Quién es la autora de ‘El infinito en un junco’?
A lo que apostillaba una de sus profesoras:
-Es que Irene Vallejo es una escritora nueva, no es fácil, no es un Cervantes, que es mucho más conocido... Hay que empezar por explicar qué es un junco...
Pero la alumna ha contestado bien. Como otra pregunta que tenía que ver con la meseta porque se acordó de cuando la profesora/voluntaria, para que recordara la palabra’, cogió uno de los pupitres del aula y lo puso en alto: “Como esta mesita, pero con la e en lugar de i se forma la meseta”. Así, con trucos, con imágenes, con historias inventadas y juegos... los alumnos van adquiriendo los conocimientos en otro idioma.
HACE 18 AÑOS
Djalila Bouheniche llegó a Pamplona hace 18 años. Explica en un castellano casi, casi perfecto, que su marido ya llevaba un año y que ella llegó con su bebé, que hoy ya tiene los 18. Ya en Pamplona llegaron dos hijos más que hoy cuentan con 14 y con 5 años.
Dice que ha hecho 24 preguntas bien de 25. Y como se necesitan 15 para aprobar, está feliz y lo demuestra. El examen de castellano, ya verá si lo hace. Le exige más preparación. Su marido, que es fontanero, también aprobó el primer examen, pero no el segundo. Y si quisiera ahora sacarse la nacionalidad tendría que empezar ahora otra vez con el primero.
-¿Que para qué quiero la nacionalidad? Para no sentirme extranjera en el país en que vivo. A veces eso, sentirme así, me influye negativamente. Es una forma de integrarme en la comunidad donde vivo-, responde.
Cuando es preguntada si votará cuando consiga la nacionalidad, duda e incluso parecería que nunca se lo ha planteado. “No sé, no es mi prioridad. Nunca he votado”, apunta. De lo que sí está segura es de que no se moverán de Pamplona. “Sería muy complicado para mis hijos. Han crecido con el idioma de aquí, están bien en los colegios... Llevarles a Argelia les supondría lo mismo que me produjo a mí venirme. Ellos están muy bien aquí”, explica. Y añade, con intención de que quede claro, que el motivo de marcharse de su país no era que malvivieran o pasaran hambre. La razón es que pensaban que podrían tener una vida mejor. Pero volver, sí vuelven, lo hacen cada verano o cada dos para ver a su familia.
Explica que los hijos entre ellos hablan en castellano pero que leen árabe y con los padres se comunican en el dialecto local. “Muchas veces mezclamos idiomas casi sin darnos cuenta”, detalla. Además, ella también habla francés.
Cuenta Djalila Bouheniche que estudió Sociología de Educación en la Universidad de su ciudad y que después se sacó un título superior en Recursos Humanos. Antes de llegar a aquí, trabajó como sustituta de profesora. En Pamplona imparte clases extraescolares de árabe en un colegio público, dirigidas a alumnos del centro pero también a adultos.
Al preguntarle por las dificultades que ha encontrado al venir aquí, se lo piensa y tarda en contestar, como si no existieran tales dificultades o se le hubieran olvidado. Pero sí, al cabo de unos minutos, lo dice: “Lo más difícil es convivir. A veces”.
Algo que enlaza con las reflexiones de las profesoras de la voluntarias, para quienes la formación es siempre el paso imprescindible para la integración. “Por muchos años que lleves viviendo aquí y trabajando solo te integras con la formación. Porque el trabajo por sí mismo no sirve para integrarse. Los que vienen viven en sus grupos como han hecho los navarros cuando se han ido fuera. No ven medios de comunicación españoles. No hay más que ver cómo llegan muchas mujeres, con sus mochilas llenas de dolor, soledad e inseguridades, y cómo evolucionan cuando encuentran un grupo con el que hablar, comunicarse y conocerse”, resumen las voluntarias.
Inés San Martín, profesora voluntaria de Geografía e Historia, cuenta con emoción las salidas con los alumnos por Pamplona y, en especial, las entradas a los centros públicos. “Ellos por sí mismos no entran a los edificios públicos. Y disfrutan al ir a la Cámara de Comptos o al Parlamento”, recuerda. Precisamente al Parlamento acudió en diciembre Djalila Bouheniche para intervenir en el Día de los Derechos Humanos y reivindicar el derecho a la educación. “Porque se asume el derecho a la educación de los niños, pero, ¿y el de las mujeres migrantes?” Djalila dejó la pregunta flotando en el aire en el Parlamento.