Inmigración
Estudiantes extranjeros y de otras comunidades comparten reflexiones ante la inmigración: “Los discursos negativos sesgan la opinión"
Este periódico se adentra en aulas, pasillos y cafeterías para tomar el pulso a una generación de jóvenes que convive con esta realidad


Actualizado el 16/02/2026 a las 07:20
Año 1979. Una patrulla de la Guardia Civil descubre a un joven camerunés cruzando hacia España a través de Ceuta. Han asesinado a su padre por denunciar corrupción y ahora teme por su propia vida. La frontera, entonces, no está marcada. Un arroyo señala la divisoria en su punto más estrecho. A un lado patrullan los soldados marroquíes; al otro, los guardias civiles. Existe libertad total de movimientos. Los comerciantes salvan el cauce varias veces al día.
En una de esas patrullas se encuentra Juan Amado, un guardia civil de 20 años con tres de experiencia. Aquel momento se quedó grabado en su memoria, como recordaría años después en este periódico. “Me quedé atónito al descubrirlo. Estaba a treinta metros de nuestra posición. Era el primer hombre negro que veíamos en la frontera”, relataba. Los propios guardias le abastecían de comida y terminaron entablando una buena amistad. “Era un gran hombre. Vivía en una cabaña, con algún pastor. Conversábamos, jugábamos al ajedrez, nos enseñaba inglés”. Finalmente, le dejaron cruzar.
El joven se hacía llamar York, aunque acabaron apodándolo Pepe. Su intención era embarcar rumbo a la península y continuar el viaje hasta Inglaterra. Durante un tiempo, Amado y York mantuvieron contacto telefónico. Hasta que un día dejó de responder: había muerto de cáncer. Aquel guardia civil lo lamentó “profundamente”.
Aquella escena en la frontera sur refleja una España ajena a los grandes flujos migratorios que llegarían después. Mientras tanto, en el norte del país, en Navarra, acontecía otra historia de forma silenciosa.
En noviembre de 1974, un maliense de 36 años era enterrado en el cementerio de Burguete. Probablemente fue el primer inmigrante subsahariano que pisó la Comunidad Foral. Se llamaba Diarra Hacorou y su objetivo era trabajar en Francia. Diarra había subido en Pamplona a un autobús de La Montañesa, conducido por Pedro Arrosagaray, y se bajó en la aduana de Arnéguy. Al intentar cruzar la frontera, los gendarmes se lo impidieron y se vio obligado a regresar. Sin recursos ni refugio, pasó la noche a la intemperie, en pleno invierno, sentado en un banco.
A la mañana siguiente, el mismo conductor que lo había traído lo encontró muy debilitado. Con claros síntomas de hipotermia, volvió a subirlo al autobús, lo arropó con su propia chaqueta y puso rumbo de nuevo a Pamplona, con la esperanza de llegar a tiempo. Durante el trayecto, Diarra sufrió tiritonas, vómitos y convulsiones.
Al llegar a Burguete, el conductor detuvo el vehículo frente al hotel Loizu, donde residía el médico del pueblo, José María Ibáñez Sola. Diarra pudo bajar por su propio pie, entró en el hostal, pidió un vaso de agua y se desplomó. Falleció por “colapso cardiovascular”. Fue enterrado junto al muro de piedra del cementerio de la localidad, uno de los campos santos más bellos de España. El pueblo honró su memoria con una sencilla madera y un epitafio elocuente: “Estás con nosotros. RIP”.
Han pasado 51 años y tres meses desde la muerte de Diarra, pero las historias se repiten. Hoy se cuentan por miles. Donde un arroyo marcaba la divisoria entre Ceuta y Marruecos, se levanta ahora una triple valla de seis metros coronada por concertinas, con sangre y jirones de ropa atrapados en el alambre. El paisaje ha cambiado; la memoria de aquella incipiente inmigración en Navarra, sin embargo, permanece en la tabla de madera.
En pleno siglo XXI, la inmigración ocupa el centro del debate público. Crece en cifras, en presencia cotidiana y también en discursos extremistas y racistas. A su alrededor proliferan relatos simplificadores, titulares contundentes y politizados, conversaciones apresuradas que chocan con una realidad compleja, marcada en gran medida por la violencia en los países de origen y por un escenario internacional cada vez más inestable.
Las cifras ayudan a dimensionar el fenómeno. Nunca antes, en la historia reciente, el mundo había registrado un desplazamiento forzoso de tal magnitud. A mediados de 2025 se superaron los 122 millones de personas. El planeta no solo es hoy menos pacífico, sino también menos capaz de construir paz. Más de un centenar de países aumentaron su gasto militar en 2024. Hay 59 conflictos activos -la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial-; 673 millones de personas padecen hambre y 1.100 millones sobreviven en pobreza extrema.
En este escenario de entre guerras y cambio climático, Navarra no es una excepción, sino parte de una realidad global interconectada. En la Comunidad foral, unas 10.000 personas podrían acogerse a los procesos de regularización previstos. Un dato que explica por qué la inmigración ha dejado de ser una cuestión abstracta para convertirse en una experiencia cercana. Lo global se manifiesta en lo local.
Por ello, con el objetivo de abrir espacios de reflexión, Desafíos de Navarra dirige la mirada hacia las ágoras contemporáneas de la palabra y la escucha: las universidades.
Durante cuatro días, este periódico ha recorrido aulas, pasillos y cafeterías para tomar el pulso a una generación de jóvenes que convive con la diversidad como rutina. Cada curso, miles de estudiantes internacionales llegan a Navarra a través de distintos programas académicos. Son proyectos de vida cargados de sueños, pero también de dudas y miedos ante el futuro cuando concluya la etapa universitaria.
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Miércoles, 4 de febrero. En una mesa exterior de la UPNA, Valentino Valentinov y Rosario Blanco conversan frente a un termo de agua caliente y una guampa de mate. Él, navarro de 21 años, de origen búlgaro, estudia Psicología. Ella, argentina, de la misma edad, cursa Ingeniería Biomédica y acaba de llegar a Pamplona. Se conocieron el año anterior en Argentina, durante el Erasmus de Valentino, sin imaginar que sus trayectorias volverían a cruzarse en la UPNA.
Cuando Valentino y Rosario escuchan la propuesta, responder a diez preguntas sobre inmigración, aceptan sin dudar. Las cuestiones no buscan sentencias: si consideran que hay mucha, poca o una inmigración “normal” en Navarra; de dónde creen que procede la mayoría; por qué piensan que llega; si creen que las personas inmigrantes reciben más ayudas públicas o si existe el llamado “efecto llamada”. También se les pregunta por su experiencia personal: si han tratado con inmigrantes, si perciben la inmigración como un problema, una oportunidad o ambas cosas, y qué noticias recuerdan sobre este tema. El cuestionario se adentra, además, en el terreno de la conversación cotidiana y de las preocupaciones personales: si estos asuntos se hablan en casa, en el colegio o en la universidad; qué les inquieta en relación con la inmigración; y qué otros temas consideran hoy prioritarios.
Valentino y Rosario se toman su tiempo al responder. Al terminar, ponen palabras a una sensación compartida por la mayoría de los jóvenes consultados: “Los discursos negativos sesgan la opinión. Eclipsan al talento que llega de fuera y el trabajo honesto. No hablar del tema causa desinformación y falta de conciencia”.


En el espacio conocido como La Pecera, ubicado en la planta baja del aulario de la UPNA, el ambiente es diáfano. Seis salas de trabajo se distribuyen para uso del alumnado. La estancia resulta cálida y acogedora, con buena luz, y está enmarcada desde lo alto por carteles con palabras en castellano y euskera que recuerdan la importancia de la conciencia cotidiana: compartir, crear, reír, explicar.
En una de las mesas, con un fondo que indica su pertenencia al Consejo de Estudiantes, se reúnen Claudia Cruz, de 20 años, estudiante de tercero de Ciencia de Datos; Blanca Jurado, también de 20 años, estudiante de tercero de Psicología; María Molina Hernando, de 19 años, estudiante de segundo de un doble grado en Ingeniería Biomédica y Telecomunicaciones; y Julia Guinea Sodupe, de 19 años, estudiante de segundo de ADE Internacional. Las tres primeras son navarras; la cuarta, de La Rioja. Todas se muestran agradecidas porque el cuestionario se les plantea en primera persona, “cara a cara”, subrayan. “Es muy necesario que se pregunte a los jóvenes sobre estos temas”, puntualiza María, deteniéndose en las dos últimas preguntas del cuestionario, centradas en las preocupaciones personales. Le inquieta la “sobreexplotación” laboral de las personas inmigrantes, el “odio irracional” y el acceso a la vivienda. “Además, el precio del ECTS en Navarra es exageradamente alto, sobre todo en segundas y terceras matrículas”, añade. Pero su mayor preocupación está vinculada a la reciente agresión sexual ocurrida en la carpa universitaria en octubre. “Este acontecimiento ha hecho que muchas compañeras no se sientan seguras ni protegidas en esta fiesta, entre las cuales me incluyo”. Este caso fue archivado después de que cuatro jóvenes inmigrantes pasaran cincuenta días en prisión y quedaran en libertad.
A Claudia Cruz le preocupan la delincuencia y la pobreza. “Si no se les abren las puertas a aprender, la gente tiende a sobrevivir de otras maneras”, señala, y cita como ejemplo la trata de personas. También apunta a la falta de empatía social: “No nos sentimos como una patria y estamos muy polarizados”. Le inquieta “la mala repartición de los bienes, que existan billonarios y que todo esté en manos de una única empresa o entidad con muchísimo poder”. Enumera, además, otras preocupaciones globales: los desastres naturales, la guerra, el hambre y las injusticias sociales. Considera importante hablar de inmigración “no como un debate, sino desde el cómo”, y recalca que se trata de “algo natural” cuyo derecho debe ser respetado.
A Blanca Jurado le preocupa la “desinformación” y el problema de la vivienda. “Cuando empiece a trabajar me gustaría independizarme”, explica. “Además, con la situación política actual… creo que ningún partido mira por el interés de la población”. Frente a ella, la riojana Juana Guinea Sodupe asiente. “Me preocupa la violencia por odio. El odio hacia los inmigrantes”. Y, en general, añade, “me inquieta el auge de los extremismos, especialmente de la extrema derecha. Cualquier política extremista genera odio en la población. También la cantidad de jóvenes que promueven y siguen esta ideología. Siento que es un tema que debería abordarse más a nivel político, porque estos jóvenes definirán la política española”.


Jueves, 5 de febrero. El Museo de la Ciencia de la UPNA acoge estos días una muestra que recorre tres décadas de revolución en distintas ramas del conocimiento y de la actividad humana a través de objetos hoy en desuso. En el vestíbulo del edificio del Sario, por ejemplo, una de las colecciones -dedicada a los simuladores de cálculo- reúne ábacos tradicionales de distintas culturas, reglas de cálculo, calculadoras mecánicas antiguas, modelos didácticos y otros objetos históricos que ilustran la evolución de las herramientas para calcular.
Muy cerca de estas vitrinas, frente a unas máquinas expendedoras, un grupo de estudiantes de máster en ERP (gestión de procesos con sistemas integrados) aprovecha un descanso antes de retomar las clases. Sentados en un banco están Eliana Aníbal, colombiana de 37 años, y Michael Gálvez, colombiano de 22. De pie conversan Miguel Paredes, mexicano de 28 años; el boliviano Manuel Chávez, de 32; el peruano Kevin Díaz, de 29; y la ecuatoriana Solange Aspiazu, de 26.
Todos aceptan participar y ofrecer su punto de vista sobre cómo se ven a sí mismos como inmigrantes y actuales residentes en Navarra. Como el resto de participantes del reportaje, responden al mismo cuestionario. Lo hacen apoyados en un banco de madera junto a las máquinas, sentados en uno de los peldaños de la escalera que conduce a las aulas o recostados contra la pared. Escriben con atención, concentrados. Solange Aspiazu se disculpa y prefiere no opinar. “Por miedo escénico”, explica. A su derecha, Michael pregunta qué significa la expresión “efecto llamada”. Cuando la entiende, se queda pensativo y comienza a escribir.
En las dos últimas preguntas del cuestionario, centradas en aquello que más inquietud les genera, Kevin Díaz admite que le preocupa “el aumento de la inseguridad y la pérdida de la esencia de la cultura española”. Esta reflexión la comparte también el mexicano Miguel Paredes. “La cultura hay que preservarla y me inquieta que, por la pérdida de natalidad, se produzca un cambio de modelo aquí”, señala. Kevin añade, además, la incertidumbre sobre su futuro inmediato: “Trabajo, inserción laboral y oportunidades después del máster”, una ecuación que le acompaña a diario.
A la colombiana Eliana Aníbal le pesa especialmente que “nos etiqueten por casos aislados” y que la sociedad no perciba el esfuerzo que realizan los estudiantes extranjeros. Por su parte, el boliviano Manuel Chávez señala como una de sus principales inquietudes la posibilidad de tener que regresar a su país una vez finalice su visado. “La estancia y qué pasará cuando termine es algo que tengo muy presente”, resume.
A las 12.40 horas, el servicio de comidas del edificio del Sario comienza a servir los primeros platos. En una pizarra se anuncia que el menú -dos platos, pan y agua- cuesta ocho euros y medio. De las cerca de cuarenta mesas del comedor, solo seis están ocupadas. Minutos antes se ha producido una pequeña estampida, coincidiendo con el inicio del horario de comidas.
En una de esas mesas conversan tres estudiantes navarras de 20 años de tercero de Ingeniería Agroalimentaria y del Medio Rural. Blanca Fernández, Jimena Díaz y Soraya Garrido acceden amablemente a compartir su opinión sobre la inmigración. Reconocen que en casa no suelen abordar en profundidad esta cuestión, aunque sí hablan de la actualidad en general.
A Soraya le inquieta especialmente “la agresividad y el odio que nos divide” como sociedad. Blanca pone el acento en la imagen que se está construyendo sobre las personas inmigrantes, “porque a menudo se asocian los delitos a la inmigración”, señala. Pero lo que más le alarma es “la radicalización”, ya que, explica, puede derivar en “violencia” e “incomprensión” hacia los demás. “También me genera inquietud la desinformación de la gente joven sobre lo que ocurre en el país”, añade. Jimena, por su parte, menciona la “polarización política, la división, la corrupción y los bulos”, y lamenta que “los medios no informen de manera veraz”.
Las tres coinciden en que los jóvenes se informan principalmente a través de las redes sociales y admiten que no sería descabellado aprender en las aulas a hacerlo con mayor criterio.
En tiempos de polarización, informar bien y estar bien informado no es un detalle menor: es una condición imprescindible para que la sociedad pueda seguir mirándose a sí misma y sostener la convivencia democrática.


Viernes, 6 de febrero. Las borrascas se suceden durante esta primera semana de febrero en todo el país. Mientras tanto, Manos Unidas llama a la ciudadanía a movilizarse contra el hambre en el mundo. “El hambre es una forma de violencia que no hace ruido, no ocupa portadas, pero mata”, afirma su delegada, Mayte Fortún, al recordar que más de 700 millones de personas pasan hambre en el mundo, muchas de ellas en países en conflicto. Por ello, desde la organización apelan a los gobiernos “a parar las guerras” y a la ciudadanía a implicarse: “Tenemos que estar del lado de los más desfavorecidos”.
En la misma línea, la misionera seglar María Dolores Martínez, asentada en Mozambique desde hace 18 años, lanza un mensaje esperanzador: “Es posible el cambio. Con vuestro apoyo conseguimos reconstruir colegios y dar una oportunidad de futuro a niños y niñas. También ofrecemos un espacio seguro a quien ya no tiene dónde correr, para que pueda respirar y tomar fuerza para seguir luchando”. Respirar: precisamente eso es lo que buscan muchos de los inmigrantes que han llegado a Navarra.
Ese mismo viernes, tras dieciocho días seguidos de lluvia, una ventana de luz se abre en el cielo de Navarra. Por fin luce el sol. La explanada frente a la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra (FCOM) reluce como un mar de plata en calma. A las doce y media, un oleaje de jóvenes -hombres y mujeres con tarjetas colgadas del cuello- sale del Edificio Amigos y la quietud salta por los aires. Muchos hablan en inglés. Se disculpan y continúan su camino. Un grupo se detiene a hacerse un selfi. Tienen clase en unos minutos y no les da tiempo a responder al cuestionario sobre inmigración. También se disculpan. Una de ellas aclara, además, que no está preparada para que su nombre encabece una información sobre inmigración.
-¿Cuál es el enfoque?
¿El enfoque?
Dos alumnos de Audiovisual se sientan en una de las traviesas de madera convertidas en banco, junto al gran ventanal que amuralla y, a la vez, abre el interior del edificio al exterior. La luz juega con los reflejos y remite a la esencia misma del FCOM. Siluetas de dentro y de fuera confluyen en una misma escena.
La argentina Natalia Cortina y el navarro Jon Ander fuman y conversan. Atienden con cercanía y agradecimiento la posibilidad de hablar sobre un tema que, admiten, les preocupa. A Jon le revuelve especialmente lo que el ICE está llevando a cabo en Estados Unidos y que otros países se miren en ese mismo espejo de impunidad. “Me preocupa la vulneración de los derechos LGTBIQ+, el auge de la ultraderecha, la vivienda y la educación”, enumera. Valora, en positivo, el porcentaje de alumnado inmigrante en la facultad, aunque lamenta que la información que se traslada sobre la inmigración sea, en su mayoría, negativa.
Natalia escucha, asiente y confiesa su inquietud ante la rapidez con la que se etiqueta de forma negativa a las personas migrantes. “Me preocupa que me puedan echar del país, a pesar de vivir aquí legalmente, cuando finalice el visado. Y también que, si hay un cambio de gobierno, se formulen leyes antiinmigrantes”. La sombra del ICE de Trump es alargada y, en cierta manera, también alcanza a los estudiantes inmigrantes en Navarra. “Los derechos humanos se están politizando”, lamenta.
Muy cerca, en la parte trasera del edificio, envueltos en el silencio de un viernes por la tarde, dos estudiantes de Derecho apuran sus cigarrillos antes de entrar en el colegio mayor donde residen. Uno de ellos accede a responder al cuestionario. Se llama Luis Pavón, tiene 21 años y estudia cuarto de Derecho y Relaciones Internacionales. Agradecido, toma el papel, lo lee despacio y se toma su tiempo.
A la pregunta “¿qué te preocupa en relación con la inmigración?”, responde: “Me preocupa tratarlo como el único monotema por el cual, económica y políticamente, no estamos a la altura”. Y añade: “Que no se trate con rigor en prensa, demonizando posiciones contrarias según el color político correspondiente y polarizando una situación muy triste. Porque, por muy fácil que se vea la migración, hay familias que dejan atrás a sus amigos y su hogar”.
Luis apela también al realismo: “Tenemos que contemplar las capacidades del Estado para recibir e integrar a personas que, a priori, son ajenas a nuestro país”. Subraya, entre guiones, varias inquietudes: la polarización política, la velocidad con la que la agenda pública salta de un escándalo a otro, el desconocimiento sobre el sistema de pensiones, el funcionamiento de la Unión Europea, la vivienda y el “uso de medidas populistas” para aparentar soluciones en lugar de abordar los problemas de raíz. “Se normalizan los escándalos en España y ya no existe repudio social hacia los partidos políticos con indicios de corrupción -hablo de ambos lados-. Es lamentable el nivel de políticos que dejamos que nos representen”.
Cae la noche en el campus de la Universidad de Navarra. El silencio se impone. Se percibe, a lo lejos, el sonido figurado de las bisagras que mueven las calles de Pamplona hacia un fin de semana que se adelanta con la victoria de Osasuna frente al Celta de Vigo. La jornada se cierra, pero el debate permanece abierto. El lunes, la mirada se trasladará al edificio de Ciencias, donde la inmigración volverá a situarse en el centro del análisis a través de nuevas voces y realidades distintas.
Ese mismo viernes, cuatro entidades sociales denuncian en rueda de prensa que el Tribunal Administrativo de Navarra (TAN) ha tumbado el modus operandi del Ayuntamiento de Pamplona para dilatar y obstaculizar el empadronamiento de personas que llegan a la ciudad en situación de calle y vulnerabilidad. “Abandonados, viviendo en la calle en condiciones inhumanas, se les niega el empadronamiento, que es fundamental para acceder a la tarjeta sanitaria, a la escolarización, al sistema de protección social, a la inclusión social y a la regularización administrativa”, denuncian las entidades. “Los mismos partidos que aplauden la regularización extraordinaria están, al mismo tiempo, obstaculizando el empadronamiento”


Lunes, 9 de febrero. En la planta baja del Edificio de Ciencias de la Universidad de Navarra, dos estudiantes de segundo de Farmacia y Nutrición -una argentina y una nicaragüense, de 19 y 20 años- preparan en una mesa circular unas prácticas y un seminario. Guillermina Bernuzzi y María Gabriela Montes acceden a responder al cuestionario “con mucho gusto”.
Enmarcadas por una maqueta de tiburón azul, situada sobre la puerta del Departamento de Biología, y por unas vitrinas con peces expuestos frente a un panel de proyecciones de los cines Golem, ambas se toman su tiempo para contestar. Al terminar, el periodista comenta a María Gabriela, natural de Chinandega, que Diario de Navarra cubrió el huracán Mitch en octubre de 1998, que causó miles de muertos en Centroamérica.
-¡Lo ves, te dije que vivimos un huracán grande! -le dice a su compañera. Ambas ríen.
A Guillermina le preocupa la violencia que se está viviendo en Estados Unidos y la posibilidad de que algo similar pueda ocurrir en otros países.
A María Gabriela le preocupa que a muchas personas inmigrantes con asilo político, a quienes se les ha denegado recientemente y que ahora solicitan la regularización, no se les conceda y se vean obligadas a regresar a sus países. “Me preocupa mucho el incremento de la violencia doméstica, el maltrato a los niños, las deportaciones en Estados Unidos, la falta de recursos en Cuba…”.
En la tercera planta, sentada en otra de las mesas, Elisa García, de 23 años, estudiante de tercero de Enfermería, explica que hace poco trabajaron estos temas en su asignatura de atención a la infancia. “Me preocupa la gente que muere intentando alcanzar una vida mejor... y que muchas personas se aprovechan de las ayudas que ofrece el gobierno”. Y lamenta que algunos inmigrantes no respeten la cultura del país al que llegan. “Si fuéramos nosotros a los suyos, deberíamos respetarla”.
En la cuarta planta, el tinerfeño Armando Molina, estudiante de quinto de Medicina, repasa el examen de Estadística que tiene a la una de la tarde. Extiende sobre la mesa unos esquemas en inglés y abre su Chromebook. Entonces, cuenta que fue la curiosidad la que le empujó a estudiar Medicina. “Siento curiosidad por cómo funcionan las cosas. Quiero descubrir todo lo que pueda para ayudar también en todo lo que pueda”. Se queda pensativo al enfrentarse al cuestionario sobre inmigración. Sonríe. Le inquieta el uso que se pueda hacer de cada palabra. “No que se tergiverse, sino con qué fin”, se sincera. Acepta responder y se toma su tiempo, con calma, pese a que en poco más de una hora tiene un examen importante. La luz exterior ilumina con intensidad medio rostro y su camisa blanca impoluta. “Me preocupa que la inmigración se utilice para promover o justificar cosas inadmisibles o contraproducentes para la mayoría a corto, medio o largo plazo”, escribe. Y amplía el foco: “También me preocupa la proyección futura del mercado laboral, qué le espera al trabajador; la sociedad polarizada y extremista; a qué mundo voy a traer a mis hijos; la rigidez laboral; mantenerme en un puesto no porque me conviene, sino por no ser nadie sin él. Me preocupa acabar en un mundo donde la alternativa a vivir para trabajar sea la muerte”.
Este reportaje ha recorrido espacios de universidades para escuchar a quienes conviven con la inmigración desde la normalidad. Jóvenes de orígenes distintos, trayectorias diversas y miradas a veces coincidentes, a veces contradictorias. Sus respuestas dibujan un mapa complejo de preocupación por la desinformación, la polarización y el auge de los extremismos; inquietud por la vivienda, el empleo y la seguridad; temor a la pérdida de derechos y a la utilización política de la inmigración; y, al mismo tiempo, conciencia de que se trata de un fenómeno estructural.
“Las venas abiertas de América Latina siguen sangrando, pero también laten, sueñan y resisten”, escribió Eduardo Galeano.