Campaña contra el Hambre de Manos Unidas
La vida de una misionera seglar, casada y con tres hijos, en Mozambique
Periodista de formación, la gallega María Dolores Martínez de la Ballina ha visitado Navarra para apoyar la Campaña contra el Hambre de Manos Unidas, que este fin de semana recauda fondos en todas las parroquias


Publicado el 07/02/2026 a las 05:00
Nacida en el año 81 en Santiago de Compostela, vive junto a su familia en Nacala, en la provincia de Nampula. Allí llegó como laica misionera vicenciana y trabajó primero en la coordinación de escuelas primarias comunitarias y en la radio diocesana. Después puso en marcha un programa de fortalecimiento de medios de comunicación en la región norte del país. “Allí los medios, sobre todo la radio, juegan un papel súper relevante. Siempre tuve ganas de convertir a los medios en fuentes de transformación, no de conformismo”. Desde hace cuatro años es la directora de Cáritas de su diócesis.
Lleva 18 años en Mozambique. ¿Fue su primera misión?
Sí, estuve los cinco primeros años en una comunidad de laicos vicencianos, de las Hijas de la Caridad. En ese tiempo conocí a mi marido. Él es profesor de instituto. Nos conocimos y ya nos planteamos quedarnos. Siempre he trabajado con la diócesis y conectada con la Iglesia.
Tienen tres hijos. ¿Qué edades tienen?
Una de 11, otro de 7 y otra de 2.
La figura de los misioneros seglares es bastante desconocida...
Sí, es cierto, pero creo que es el testimonio de la Iglesia viva. Además, es a lo que siempre han llamado los Papas, a pesar de que son mensajes un poco apagados. Como cristiano, dentro de tu sociedad y desde los problemas que vive todo el mundo, tienes que dar testimonio de Cristo. Ese es el mensaje del amor para todos. Como laicos, es ahí donde debemos estar, en el mundo, y llevando un mensaje diferente.
¿Dónde viven?
Vivimos en un barrio. No en una de las zonas más pobres, pero sí en una zona media de expansión, porque la ciudad ha ido creciendo poco a poco. De mi zona, mi casa es una de las mejores, porque es de ladrillo. Para el agua, tenemos un tanque que se llena con agua de la lluvia y a veces mandan agua. En esa zona sí hay electricidad, con un abastecimiento un poco inconstante, con cortes diarios tres o cuatro veces, pero eso es lo normal en la ciudad.
¿Cuál es su papel al frente de Cáritas?
La iglesia mozambiqueña no es la iglesia española, los recursos son pocos y mi diócesis es pobre. A partir de ahí, ser Cáritas en una realidad como esa significa estar un poco para todo. A través de Cáritas, que es el lado de la pastoral que tiene entidad legal, es donde caen todos los pedidos. Nuestro trabajo es estar siempre atentos a las necesidades de la gente, de las parroquias y de todo el mundo. Para mí es muy normal recibir gente en nuestra oficina o en mi propia casa, que viene a contarme algún problema y que busca respuesta. La pregunta es siempre: ¿y qué vamos a hacer?
¿Y tiene usted respuestas para todo?
La cabeza siempre está en movimiento, por esa ansiedad del y qué vamos a hacer. Pero eso nos toca en todos los ámbitos de la vida.
Una parte de su trabajo es atender a las familias desplazadas. ¿Son desplazados internos?
Sí. En Mozambique hay un conflicto desde 2017, y ya vamos por más de un millón de desplazados internos. No se mueven muy lejos, se trasladan en la zona norte del país por diferentes puntos. Es un desplazamiento constante, nunca hay un lugar totalmente seguro. La gente que lo sufre directamente ya sabe que su vida va a ser siempre así, en movimiento.
¿Cuál es el origen del conflicto?
El conflicto comenzó bajo la bandera del Estado Islámico, pero entran en juego otros factores. En esa zona existe una explotación de gas natural, hay una mina de rubíes, hay oro... Son factores que no sólo le dan sentido al conflicto, sino que lo soportan.
Antes, ¿la situación del país era estable?
El país, desde la guerra civil que acabó en 1992, no tenía un conflicto abierto, pero sí vivía en una situación de depresión, de falta de recursos y de una privación de derechos fundamentales muy grandes. Esto ha hecho que prendiera el combate de la guerrilla. Se produjo un reclutamiento de base a través de las mezquitas y, no todos, pero muchos acaban cayendo ante la promesa de ganar más dinero que el que su padre ha visto en toda su vida. Esos jóvenes no tienen futuro. El hambre y la falta de futuro crean situaciones de violencia. Son causa y consecuencia.
A eso se le une que es un país muy azotado por catástrofes naturales. Acaba de haber unas inundaciones muy importantes...
Sí, ahora están afectando a todo el centro sur. Pero el año pasado sufrimos tres ciclones en la zona norte. Es un país que está quedando muy mermado, muy sin fuerzas.
¿No le surgen dudas a la hora de apostar por criar a tres hijos en un contexto así?
Sí y no. A veces una se lo plantea, aunque sobre todo los interrogantes vienen de fuera: ¿Qué haces ahí? Mira que los niños aquí tendrían más oportunidades... Yo soy una persona que he sido privilegiada por mis orígenes. Y mi marido, a pesar de venir de orígenes muy pobres, ha conseguido invertir en su educación. Por eso me gusta pensar que mis hijos son o deberían ser la élite concienciada del país. Ese es nuestro sueño, que ellos hagan de su país un lugar mejor, cambiarlo desde dentro.
¿Siente que está donde debe estar?
Sí. Pienso que me quedé donde sentía que podía ser yo y dar mi mejor versión.