En primera persona
Uharte Arakil y Adamuz, dos tragedias ferroviarias unidas por la solidaridad de sus vecinos: "Hemos visto las mismas imágenes. Sabemos por lo que están pasando"
El 31 de marzo de 1997, el convoy Miguel de Unamuno, que conectaba Barcelona con Hendaya y circulaba con 248 personas descarriló en la localidad navarra dejando 18 muertos. Diario de Navarra ha vuelto al lugar para hablar con algunos de sus protagonistas, entre ellos dos que entonces tenían 3 y 5 años y se salvaron por minutos


Actualizado el 25/01/2026 a las 11:17
“Creo que lo que vivimos de niños en Uharte Arakil influyó en mi decisión de dedicarme profesionalmente al mundo de las emergencias”. Gabriela y Javier tenían 3 y 5 años cuando, el 31 de marzo de 1997, el Intercity Miguel de Unamuno descarriló al entrar en su pueblo a las 19.45 horas. Murieron 18 personas y cerca de un centenar resultaron heridas. Los dos hermanos se salvaron por apenas unos minutos. Los vagones se salieron de la vía y se precipitaron muy cerca del lugar donde acababan de jugar con su abuelo. Alguien los había llamado a cenar.
Hoy Javier y Gabriela tienen 34 y 32 años. Él trabaja como técnico de emergencias sanitarias, desplazándose a epicentros de ayuda humanitaria y zonas de catástrofe. Su hermana, que reside en Málaga, se dedica al mundo del cine. El tren sigue formando parte de sus vidas cotidianas: sus padres, Antonio Zubieta, de 61 años, y Pili Sesma, de 60, continúan viviendo en la misma casa, junto a la vía. Además, Gabriela es usuaria habitual de la línea ferroviaria que descarriló recientemente en Adamuz (Córdoba), y que utiliza para desplazarse a Madrid. La última vez fue el 6 de enero. De la tragedia que vivió con apenas tres años conserva solo imágenes sueltas, recuerdos fragmentados de los que no sabe si son propios o construidos a partir de lo que le han contado con el paso del tiempo. Sus padres, que guardan los recortes de prensa sobre lo sucedido en una carpeta, han sido quienes han sostenido esa memoria: unos legajos de papel que se resisten a amarillear.


UNA MEMORIA COMPARTIDA
En Uharte Arakil, la tragedia se ha convertido en memoria compartida, en un recuerdo que sigue latiendo y que se reactiva cada vez que se produce un accidente ferroviario en cualquier parte de este país e incluso del mundo. Por eso, cuando el domingo por la noche dos trenes de alta velocidad descarrilaron en Adamuz, dejando 45 personas fallecidas y más de un centenar de heridas, la conmoción no se quedó en los 779 kilómetros que separan ambos municipios.
En este municipio de cerca de 800 habitantes, situado en la comarca de La Barranca, a los pies de San Miguel de Aralar y a 32 kilómetros de Pamplona, la herida ha vuelto a abrirse. Muchos de sus vecinos lo sienten con una intensidad casi física, como si lo estuvieran viviendo otra vez. Una memoria reactivada que ha vuelto a colocar a Uharte Arakil en el centro del relato.
Martes, 20 de enero. Diez de la mañana. Los medios de comunicación regresan a la localidad horas después de que la noche se rompiera de nuevo a ambos lados del mapa. Dos tragedias separadas por casi tres décadas y unidas por un mismo gesto: la respuesta inmediata de sus vecinos, que alumbraron la noche más oscura cuando aún no habían llegado las sirenas.
En Uharte, este martes, las cámaras de televisión buscan otra vez a los testigos de la catástrofe de 1997, en una localidad que entonces se volcó con todo lo que pudo.
Mientras en Uharte la memoria vuelve a ocupar las calles y los focos regresan a las casas de quienes vivieron la tragedia de 1997, en Adamuz viajaban cerca de 500 personas en los dos convoyes siniestrados: 294 en el Iryo Málaga–Madrid y 184 en el Alvia Madrid–Huelva. El descarrilamiento del Iryo 6189, ocurrido a las 19.45 horas, provocó —por causas que se investigan— la invasión de la vía contigua y desencadenó el choque.
A las puertas del centro cívico Poniente Sur de Córdoba, desde el mediodía del lunes, se concentran familias rotas, peregrinando entre hospitales, comandancias y morgues, mostrando fotografías y repitiendo una frase que se volvió universal: “No sabemos nada”.


UNA HISTORIA QUE SE REPITE
En Uharte Arakil, una de las personas que reaccionaron al descarrilamiento en Adamuz fue Manolo Gorriti Vicondo, de 89 años. Al conocer la noticia se subió a su coche y recorrió la carretera que discurre paralela a la vía a su paso por el pueblo. A su derecha quedó el monolito de piedra en el que una placa recoge los 18 nombres de quienes fallecieron en el Miguel de Unamuno. A la izquierda, la nave abandonada de la fundición en la que trabajaba y cuya puerta abrió él mismo para que los servicios de emergencias pudieran realizar las primeras atenciones.
Vicondo explica que reaccionó del mismo modo que el 31 de marzo de 1997: buscó el bar de José Antonio Zubieta con el objetivo de informar a los vecinos del descarrilamiento. “Como había sucedido aquí”. Así lo relata, con vehemencia, apoyado en la barra del bar, la espalda contra la pared, junto a Miguel José Huarte, de 62 años, hijo de Lucio, otro vecino al que uno de los parachoques frontales del Miguel de Unamuno y una lluvia de piedras sorprendieron tras el descarrilamiento, cuando paseaba por el arcén.
Su voz es firme, pero se quiebra, y el gesto se le encoge. “Escuchar las noticias del accidente de tren en Córdoba me ha impactado igual, igual que lo vivimos aquí”. Con una mano aferrada a un refresco, empieza a desgranar su historia, que es también la de un pueblo entero. Uharte Arakil aprendió entonces que el tiempo no borra ni el sonido del metal retorciéndose ni la imagen del polvo suspendido en el aire. Tampoco consigue hacer desaparecer el estruendo del silencio.


El pueblo reaccionó antes de que llegaran los servicios de emergencia. “Se volcó totalmente”, continúa recordando. Frente a él, el propietario del bar, José Antonio Zubieta, escucha. Entonces tenía 29 años. “Aquel día estaba cerrado, al ser domingo y Semana Santa. Lo abrí. Preparé infusiones, muchas tilas, para llevar al frontón y al polideportivo, que se habilitaron —igual que la fundición y la fábrica de tornillería— para atender a los heridos y a los viajeros”, rememora el hostelero. Al fondo del bar, una televisión proyecta imágenes en directo de la zona cero de la tragedia de Adamuz. Las miradas quedan suspendidas. Silencio. Ese silencio que sacude el ambiente.
Miguel José Huarte retoma el hilo de la conversación. “Lo que más nos pedían era poder llamar por teléfono. Entonces no había móviles y les dejábamos entrar en las casas para telefonear”. Zubieta asiente y añade: “Las imágenes de Adamuz son las mismas que vimos aquí”.


Dentro del bar se cruzan conversaciones en torno al accidente, se compara una y otra vez con lo ocurrido en el pueblo. Este martes se habla ya de 41 fallecidos, aunque el viernes se confirmará que la cifra asciende a 45. En los días siguientes se producirán otros descarrilamientos: uno en Cataluña, con un fallecido tras chocar contra un muro, y otro en Cartagena, con heridos al impactar un tren contra una grúa.
En Uharte Arakil, aquel atardecer de lunes de Pascua, la respuesta fue inmediata. Camioneros, vecinos, jóvenes formando cadenas humanas para rescatar enseres; particulares trasladando a heridos leves en sus propios coches. El párroco, Pello Obregozo, rezaba y bendecía junto a otro sacerdote de Etxarri Aranatz. El helicóptero del Gobierno de Navarra, pilotado por Javier Arilla, aterrizó en la autopista. La coordinación fue espontánea y eficaz. La noche se iluminó y abrigó con mantas, termos y manos que solo sabían ayudar. Personas escuchando gritos de dolor. Todos a una.


Ese mismo pulso solidario se repitió el domingo en Adamuz. Vecinos que acudieron con linternas y mantas, que ofrecieron agua y consuelo, que señalaron caminos a los equipos de rescate. Dos pueblos separados por cientos de kilómetros, unidos por la misma reacción instintiva. Humana.
Esa reacción inmediata, compartida por vecinos anónimos en momentos de emergencia, no es un hecho aislado. Forma parte de una historia marcada por accidentes y de respuesta ciudadana. El descarrilamiento de Adamuz se sitúa entre los siniestros ferroviarios más graves de la historia reciente del país, una lista que arranca en Torre del Bierzo (1944) y atraviesa décadas de tragedias: Barcelona (1961), Zaragoza y Salamanca (1965), Teruel (1966), Urduliz (1970), Cádiz–Sevilla (1972), Corbera de Llobregat (1977), Chirivella (1980), Uharte Arakil (1997), Chinchilla (2003) y Angrois (2013).
LOS PRIMEROS EN AUXILIAR
Antonio Zubieta y Pili Sesma reciben a los medios de información. El matrimonio fue el primero en auxiliar a los heridos y en avisar al 112. Esta mañana de martes, su hija Gabriela ha salido de casa hace una hora. Se encuentra trabajando en Tafalla, donde participa en el rodaje de una película para la productora en la que trabaja.
Antonio y Pili se sientan en el salón de espaldas al muro que separa su parcela de las vías, a escasos metros. Las lágrimas afloran en la mirada de él. Ella se encoge, mirándolo, como si regresaran a las vías y se introdujeran de nuevo en los hierros retorcidos. Antonio tenía 33 años.
La conversación arranca hablando de los hijos. “Javier se dedica a ayudar en las emergencias. No sé cómo no le han llamado para ir a Córdoba, porque ha estado en los incendios y en la Dana”, dice con orgullo. Antonio se enteró del descarrilamiento el domingo por la noche y se acostó. Fue a la mañana siguiente, al comprobar la magnitud de lo ocurrido, cuando “me vino lo que vivimos en Uharte”. “Mira, allí también les ha tocado”, pensó. “Aquello fue peor, con más muertos y más lejos del pueblo”.


Al hablar lo vivido en 1997, Antonio recibe un aluvión de imágenes. “La imagen de un hombre al que atendí dentro del vagón y se me estaba muriendo”. Se emociona de nuevo. Pili se suma a la conversación: “Nos han venido todos los recuerdos. No quiero ni ver las noticias. Fuimos los primeros en llamar al 112 y él el primero en llegar”, apunta, señalándolo. “Recuerdos… todos. No sé si ha cicatrizado, pero no se olvida. Te dices: ahora les está pasando esto y ahora pasarán por esta fase”. La mirada de Pili, los ojos bien abiertos, los pensamientos circulan a toda velocidad. “El domingo no pensábamos que había sido tan grave y, por cierto, ese tren unos días antes lo había cogido nuestra hija Gabriela. Nosotros también viajamos en ese tren para ir a verla a Málaga. Se te viene todo lo que pasó aquí y sabes que van a vivir lo mismo”.
Pili y Antonio hablan de fases. La primera, “la entrega total” de Uharte Arakil. “Como lo hemos sufrido, sabemos lo que están viviendo. Sabemos por lo que están pasando los que entraron en los trenes descarrilados, los que llamaron, los que llevaron mantas, como aquí, los que transportaron heridos… Luego vendrá lo peor”. Pili reconoce que, durante meses después del accidente, cada vez que oía el tren se metía en casa. “Al final sigues viviendo con ello. Nuestros hijos y mi suegro están vivos por minutos”.


Y avisan: cuando la actualidad informativa se diluya y todo vuelva a la normalidad, quedará recordar siempre. “A los que se te han muerto en los brazos, a las personas que te dejan a tus pies, la ayuda, todo un pueblo volcado”. Pili trasladó a tres personas heridas en coches particulares. “Lo tenemos todo guardado en una carpeta para que nuestros nietos algún día puedan ver lo que sucedió. Nunca pensé que en pleno siglo XXI íbamos a volver a vivir algo igual”.
UNA CARPETA CON RECORTES
En esa carpeta que guardan Pili Sesma y Antonio Zubieta se conserva algo más que una crónica. Un relato de lo ocurrido en plena operación retorno de Semana Santa, cuando faltaban minutos para las ocho de la tarde...
Concha Zarranz y su marido, Juan Zubieta, padres de Antonio, habían regresado en coche a su casa de Uharte Arakil tras disfrutar de unas vacaciones en Salou. Aparecieron cargados de regalos para sus dos nietos, Javier y Gabriela, de 5 y 3 años. Apenas faltaban unos minutos para que el Intercity procedente de Barcelona, el Miguel de Unamuno, hiciera su aparición. El sol comenzaba a declinar sobre la sierra de Urbasa y los pequeños aprovecharon para jugar muy cerca de la vía con el abuelo.
Concha los llamó a cenar desde la ventana. Javier y Gabriela corrieron al interior de la casona. Sabían que después podrían abrir los regalos. El mayor de los hermanos subió las escaleras y se quedó en la ventana. Quería ver pasar el tren. Lo esperó apoyado en el marco, a unos cinco metros.


El convoy, con el número 11.533, que conectaba diariamente Barcelona con Hendaya y circulaba a una velocidad de 137 km/h —en su interior viajaban 248 personas (243 pasajeros y cinco trabajadores)— se cruzaba a diario con el tren regional Vitoria–Pamplona–Castejón a la altura de Etxarri Aranatz. Por este motivo, para evitar la colisión —solo existía una vía en ese punto— se obligaba a uno de los dos trenes a detenerse en un raíl secundario y dejar libre la principal. El retraso de doce minutos acumulado por el Barcelona–Hendaya obligó al control de Renfe, situado en Miranda de Ebro, a decidir que el cruce se ejecutaría en Uharte Arakil, una estación donde el Miguel de Unamuno no solía parar.
Muchos de los pasajeros se habían apeado ya en Tudela, Castejón, Tafalla y Pamplona. En esta última parada compraron billete doce personas. Una de las últimas pasajeras en subir era Eultza, de 19 años, que había disfrutado del fin de semana en Castejón con seis amigos. Los siete viajaban en el segundo vagón y, en lugar de quedarse en sus asientos, se sentaron en el suelo.
Mientras tanto, la tarde fluía con normalidad en Uharte Arakil. Consuelo Uharte, una vecina que residía justo delante del puente de entrada al pueblo, acudía, como todos los días, a la misa de ocho —ese día se había adelantado por el cambio horario—. Al salir de casa, el traqueteo del Miguel de Unamuno sobre el puente le llamó la atención. Se giró. Le sorprendió el exceso de velocidad. “Va como una bala”, soltó.
El maquinista, de 49 años, y su ayudante, de 32, no se habían percatado de las señales que les obligaban a reducir la velocidad a 30 km/h ante un inminente cambio de agujas y desvío de vía. Mantuvieron los 137 km/h. La unidad, con cuatro vagones y una locomotora Siemens 252 de tracción eléctrica, una de las más modernas, se encontraba a escasos metros de la ventana de Javier, a la altura de un bar de carretera donde varios camioneros jugaban al mus.


Dentro del establecimiento, Rafa García daba por concluida la partida y se levantó de la mesa. Debía partir de inmediato hacia Francia para descargar una mercancía de frigoríficos. El tráiler lo había dejado aparcado en la explanada próxima a las vías. García se dispuso a salir del bar, pero alguien le interrumpió el paso y le invitó a un café. Era Ignacio Razquin, otro camionero. Sin saberlo, acababa de salvarle la vida. En el piso superior de la ferretería Beriain, en el tabique contiguo al bar, Ana María Echarri descansaba tumbada en el sofá de su casa con la televisión encendida. Era su día festivo.
Javier sonrió al descubrir la locomotora enfilando a toda velocidad hacia su particular atalaya. Le encantaba esa sensación. Acto seguido, cambió de ventana. Abrió la del comedor e intentó verlo perderse en el horizonte.
En el segundo vagón, el grupo de amigos que viajaba sentado en el suelo regresó instintivamente a sus asientos. Un gesto premonitorio. De repente, notaron una fuerte vibración.
Desde la ventana del comedor, la mirada del pequeño se sumergió en un contraluz confuso. No distinguía nada. El tren había desaparecido. Una nube de polvo y silencio lo envolvió todo. “¿Dónde está el tren?”, se preguntó Javier. El silencio dio paso a una cortina de gritos y gemidos. Eran las 19:43 horas.
Tres de los vagones del Miguel de Unamuno habían descarrilado sobre el mismo muro donde jugaban Javier y su hermana unos minutos antes. Dos de los coches, el segundo y el tercero, habían volcado. El cuarto se cruzó transversalmente y se desplomó por un terraplén, aplastando la cabina del camión de Rafa García, muy cerca de donde habían jugado los pequeños.
Pili Sesma se asomó a la ventana y telefoneó a SOS Navarra. “¡Ha descarrilado un tren en Uharte Arakil!”, informó, poniendo especial énfasis en el nombre: “¡Uharte Arakil, no Huarte de Pamplona!”. Antonio Zubieta, su marido, se encontraba ya en las vías socorriendo a los pasajeros. A partir de ese instante, los acontecimientos se precipitaron como un tsunami. Aunque el estruendo no se escuchó en el centro del pueblo, sí llegó hasta lo alto de Aralar. En el santuario, Modesto Romero, voluntario de mantenimiento, lo relacionó con una colisión entre camiones en la autovía.
En la iglesia, Pello Obregozo, párroco del pueblo, se disponía a preparar la misa de las ocho sin conocer aún lo ocurrido. Un trasiego inusual de gente durante la eucaristía le alertó de que algo sucedía fuera. Al terminar la misa, a las ocho y media, recibió la noticia y acudió de inmediato al lugar. La noticia cruzó la carretera y entró en el bar de José Antonio Zubieta Betelu de la mano de Manolo Gorriti Vicondo. Asimismo, Mariano Andueza, secretario del Ayuntamiento, acababa de regresar de vacaciones y había pasado por delante con su coche minutos antes. No habían llegado los servicios de emergencia.


Lucio Huarte Irañeta, padre de Miguel José, había terminado su jornada laboral en la fundición situada frente a la estación cuando una lluvia de piedras, tuercas y muelles le cayó encima. Corrió a casa y no dudó en regresar a las vías para ayudar.
Las historias se amontonan en la carpeta de Antonio y Pili. Dentro se habla también de Ramón Carbajo, antiguo jefe de estación, jubilado apenas un mes antes. Se presentó inmediatamente en el apeadero. Lo primero que hizo fue comprobar el cambio de agujas. No lo comprendía: había sido activado a tiempo y correctamente.
Aunque en 1997 no había móviles, el descarrilamiento no tardó en entrar en la redacción de Diario de Navarra. Una reportera de la sección de Sucesos realizó una llamada rutinaria a la Guardia Civil para preguntar por el tráfico en plena operación retorno. Al otro lado del teléfono, un agente le informó de la tragedia: “¿Operación regreso? Acaban de ir a Uharte Arakil seis ambulancias y no sabemos cuántas más tendrán que ir. Ha descarrilado un tren”.


El director general de Interior, Alfredo González, telefoneó al delegado del Gobierno, Francisco Javier Ansuátegui, y coordinaron los protocolos de emergencia. Movilizaron a todos los agentes disponibles, junto a los servicios médicos de la Barranca, bomberos, Cruz Roja, DYA y el helicóptero del Gobierno de Navarra. Los hospitales se prepararon para recibir heridos.
Dos redactores y un fotógrafo se desplazaron de inmediato al lugar. El vehículo de los reporteros adelantó a los primeros vehículos de bomberos y a las ambulancias. El helicóptero volaba bajo. Conductores que circulaban por la autopista detenían sus vehículos y no dudaron en meterse bajo los vagones volcados. En uno de los carriles de la autopista aterrizó el helicóptero. Javier Arilla había sobrevolado la zona minutos antes en un vuelo rutinario y fue el primero en confirmar oficialmente la dimensión de la tragedia. Realizó dos vuelos y evacuó a los primeros heridos graves.


La carretera se transformó en un ir y venir de ambulancias y vecinos con mantas. El taller de tornillería y la nave de fundición abrieron sus puertas para atender a los heridos. Entre el llanto y el desconcierto, una mujer paseaba con un termo de tila: era Pili Sesma. Una treintena de jóvenes del pueblo formó una cadena humana para trasladar enseres hasta el taller. Dentro, Obregozo, además de sacerdote, médico oftalmólogo, estableció prioridades entre los heridos hasta la llegada de los servicios sanitarios.
La coordinación fue perfecta. Algunos heridos no sabían qué había ocurrido: pensaban que un camión se había cruzado o que el tren iba demasiado rápido. Ignacio Razquin, el “ángel de la guarda” de Rafa García, condujo un camión en busca de ataúdes. En la cabina viajaban dos guardias civiles. Eran las diez de la noche.
Los relatos que guarda la carpeta de la memoria colectiva de este pueblo generoso dan para muchas páginas...
ENERO DE 2026
Este martes 20 de enero, Miguel José Huarte regresa a casa después de tomar un vino en el bar. “Entonces todos querían hacer lo mejor. Mi padre también...”, susurra, dedicándole un simbólico homenaje a Lucio, fallecido hace nueve años.
En el andén, en la antigua casa donde vivía el guardagujas, vive desde hace ocho años Raúl. Tiende la ropa al sol. No siente miedo. “Aquí se oye más a los camiones en la autopista que a los trenes. Subieron el andén después del accidente y eso protege”. Mientras expresa su tranquilidad se escucha por el megáfono la entrada a la estación de un tren regional con destino a Pamplona. José Mari Olasagarre, de 72 años, lo espera con su bicicleta. “Aquí vivimos la misma solidaridad que en Adamuz”, dice, antes de despedirse.


Aquel niño de cinco años, Javier, hijo de Pili y Antonio, ha hablado por teléfono con este periódico. Admite que lo vivido en Uharte pudo marcar su vocación, aunque hubo otro episodio decisivo: un accidente de tráfico a los 18 años en la A-15. Despertó en una ambulancia de la DYA. “Al ver cómo cuatro personas atendían a un desconocido, algo cambió”. A sus dos hijos, Rodrigo, de 6 años, y Cayetana, de 5, aún no les ha contado lo que le ocurrió cuando tenía su misma edad. Lo hará en su momento. Entonces abrirá la carpeta que guardan sus padres y les enseñará los recortes. Les dirá que, aunque las tragedias parezcan lejanas, en realidad laten cerca.


CONDENADOS E INDULTADOS
El maquinista y su auxiliar fueron los únicos enjuiciados en el año 2000. Ambos fueron condenados a dos años y medio de cárcel y se les inhabilitó temporalmente para el servicio. El Juzgado de lo Penal 1 de Pamplona determinó que hubo una conducta imprudente delictiva en el uso del freno directo de la locomotora en vez del freno de emergencia, lo que provocó el descarrilamiento. Sin embargo, solicitó el indulto y suspendió el cumplimiento de la pena hasta que se resolvió. Las indemnizaciones, según las aseguradoras, se elevaron a unos mil millones de pesetas.
La Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios ha señalado este viernes que el carril sobre el que circuló el Iryo en Adamuz ya estaba fracturado antes del paso del tren. En cualquier caso, remarcan que las hipótesis planteadas “deben ser consideradas provisionales y pendientes de verificación, a través de pruebas adicionales que se prevé realizar en las próximas fases”.
Las carpetas llena de recortes que atesoran cada uno de los habitantes de estos dos pueblos simbolizan el mejor legado de humanidad.





