Salud

Jesús María Lizarraga Nobel, diagnosticado con TDAH: "La cabeza me estalló y tuve que dejar de estudiar"

El pamplonés Jesús María Lizarraga Nobel tiene 31 años y una niña de 4 meses. Hace dos semanas acudió a la asociación ADHI por primera vez en busca de ayuda: su TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) no le permite dejar de pensar y pide terapia

El pamplonés Jesús María Lizarraga Nobel, de 31 años, fue diagnosticado con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) hace un año.
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El pamplonés Jesús María Lizarraga Nobel, de 31 años, fue diagnosticado con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) hace un año.SERGIO MARTÍN
El pamplonés Jesús María Lizarraga Nobel, de 31 años, fue diagnosticado con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) hace un año.

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Sonsoles Echavarren

Actualizado el 27/10/2025 a las 08:31

Jesús María Lizarraga Nobel siempre ha sido “el raro de la cuadrilla”. En el colegio, “un caos y un vago”. Y en la familia, una persona “muy impulsiva” con muchos problemas de relación. Por el camino, ha bebido alcohol, fumado porros y se ha metido en peleas. Pero, al margen del sufrimiento, agradece lo que le ha ocurrido porque le ha permitido “conocerse y analizarse mejor”. ¿Cuál es su problema? “Siempre he sido el típico niño movido y con ideas de bombero pero no le dieron mayor importancia. Finalmente, el año pasado me diagnosticaron Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Por fin entendí lo que me pasaba”. Jesús María Lizarraga (Pamplona, 1994) vive con su pareja y se estrenó como padre hace cuatro meses. Pero, más allá de la alegría del nacimiento, la llegada de la pequeña Alaia le está afectando. “Tenía mis rutinas y a mi cabeza le ha costado un tiempo comprender que ahora son otras”. Hace dos semanas acudió por primera vez a la asociación ADHI (de apoyo a personas con TDAH y familiares) en busca de ayuda porque sentía que la cabeza le iba “a estallar”. Lizarraga, que ha trabajado muchos años en el sector del transporte por carretera, está ahora en el paro.

Su historia es similar a la de muchos varones que son considerados “los movidos y graciosillos” de la clase. “Fui a la orientadora escolar pero nunca llegó a profundizar demasiado en mi situación. Toda mi vida en el colegio la he pasado castigado”, explica este vecino de Orvina (Txantrea) que cursó Primaria y ESO en el colegio Santo Tomás (Dominicas) de Pamplona. Repitió dos cursos (6º de Primaria y 4º de ESO), estudió una FP de Grado Medio de Marketing y Publicidad en el centro Carlos III y después intentó seguir un curso puente para pasar al grado superior. “Pero la cabeza me estalló y tuve que dejar de estudiar. El desgaste psicológico era enorme y no podía controlarlo”. 

PELEAS Y ALCOHOL

Lizarraga se puso entonces a trabajar en la empresa Berlys (haciendo masas de pan en horario de noche) e intentó volver a estudiar Fontanería en el CIP Virgen del Camino. “Pero de nuevo me quedé a medias y ya me puse solo a trabajar”. En aquellos años de juventud, recuerda haber tenido muchos problemas con la familia y sus relaciones personales por la impulsividad. “Si estaba de fiesta y bebía, perdía la noción, no conseguía canalizarme porque no tenía un ancla y me metía en peleas”, lamenta. En aquellos años, añade, también fumaba algunos porros. “Era un consumo autodestructivo solo para callar la cabeza. Sentía como si tuviera una pelota saltarina dentro, todo el tiempo rebotando, sin permitirme ‘apagar’ nunca la cabeza”.

 Desde que llegó el diagnóstico hace un año, comenzó a tomar medicación (metilfenidato) para el TDAH. “Ha sido un alivio. La pastilla te da ese ‘segundo extra’ para ver la situación desde fuera y pensar las cosas sin tanta impulsividad”. Pero hasta ese momento, el camino resultó duro. “He ido a psicólogos mucho tiempo pero solo me decía era muy nervioso y debía aprender a tranquilizarme y hacer respiraciones”.

Con el diagnóstico en la mano, subraya, sintió “miedo, ansiedad y frustración”. “Además de las pastillas que me recetó el psiquiatra, quería que algún psicólogo me diera algunas pautas. Pero nada”. Por eso, añade, acudió a ADHI y ahora va a empezar a asistir a un grupo de apoyo. “Quiero estar con otras personas en mi situación y compartir experiencias. Según en qué momento vital estés, te sientes muy solo. Necesito una terapia porque mi cabeza funciona como una olla a presión”. 

TRABAJO Y PAREJA

Lizarraga insiste en que, al margen de los problemas de los menores con TDAH en los centros escolares, “se debería hablar más” de qué ocurre en la edad adulta. “Los problemas en el trabajo por la impulsividad. Las relaciones de pareja... Nuestras reacciones son difíciles de comprender. A veces, nos comportamos como niños pequeños y tenemos rabietas pero es porque nos estalla la cabeza”. La llegada de su hija, insiste, le está resultando difícil. “Nos cuestan mucho los cambios en la vida”.

 Este hombre recuerda que es la única persona de su familia con este trastorno. Y recalca que el TDAH no es la única dificultad que afronta a diario. Diabético desde los 5 años, ahora sospecha que puede tener altas capacidades y se está haciendo las pruebas. “A nivel emocional, ser diabético y TDAH es complicado. Cuando mis niveles de azúcar son altos, genero mucha dopamina y estoy más acelerado. La pelota todavía bota más alto”, bromea. Sus estados anímicos, insiste, cambian a lo largo del día. 

AÑOS PELIGROSOS

Lizarraga lamenta haber sido siempre “el raro de la cuadrilla”. “Nunca me ha gustado ser un borrego más y siempre he querido innovar más de la cuenta. Pero ahora, con el diagnóstico, me doy cuenta de que no era tan raro. Solo que, debido a la impulsividad, me atrevía a hacer algunas cosas que otros no se atreven”. Echando la vista atrás desde la perspectiva de la edad adulta y con el diagnóstico y la medicación en la mano, reconoce que la adolescencia y la juventud son periodos “muy peligrosos”. 

“Gracias a que yo he sido una persona madura y eso me ha salvado. Si no, las malas influencias me podrían haber perjudicado”. Y Jesús María concluye con un deseo: empezar pronto la terapia. “Tengo ganas y creo que me va a ayudar. Porque ya son muchos años de sufrimiento en los que solo te entiendes tú y siempre eres un bicho raro”.

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