Familia
Una vecina de Zizur, pedagoga por amor de madre
La dominicana Massiel Felix, de 36 años y vecina de Zizur, ha impulsado un centro educativo y familiar para apoyar a niños con necesidades, como su hijo Ismael, de 9 años y con autismo


Publicado el 26/10/2025 a las 05:00
La historia de Massiel Felix Virto es uno de esos relatos bonitos que te reconcilian con la vida. Y te hacen pensar que, a veces, el destino premia a quienes más han sufrido. O al menos, un poco. Es lo que le ha sucedido a esta dominicana de 36 años, que llegó a Pamplona en 2010, con su hija de uno y la ilusión de labrarse un porvenir mejor. Pero en estos tres lustros ha acumulado todo tipo de vivencias: desde vivir en la calle, a ser madre de otros dos niños (uno de ellos con autismo y TDAH), a volver a estudiar, estar a punto de graduarse en Pedagogía y abrir un centro educativo para apoyar a familias con hijos con necesidades especiales. Nacida en Santiago de los Caballeros en 1989, reside en Zizur con su marido, técnico informático, y los tres hijos de ambos: Ismarly (16 años), Ismael (9) y Keyla (7). El pasado agosto inauguró en la localidad de la Comarca de Pamplona ‘La casa de la niñera’, un centro que ya acoge a once menores. “Con el diagnóstico de mi hijo, empecé a conocerme mejor y a cuidarme más. Busqué pistas y descubrí que tenía que estudiar Pedagogía. Con este conocimiento, sí que puedo cambiar, al menos, algunas cosas”.
Massiel decidió cruzar el océano con su hija Ismarly, casi un bebé, porque la niña tenía asma y le recomendaron un clima como el de España. “Nada más aterrizar en Madrid me robaron, perdí la dirección de la persona que me iba a acoger y me vine a Pamplona por casualidad”. Sus inicios, recuerda, fueron “muy duros”. Trabajó limpiando casas pero un compañero de piso la amenazó y le quitó el pasaporte. “Durante tres meses viví en la calle con mi hija. La gente me decía que los Servicios Sociales me la iban a quitar y tuve mucho miedo”. En aquel tiempo, subraya, se aseaban en las duchas municipales, comían en el comedor París 365 y pasaban el resto del día leyendo en la biblioteca de la Plaza de San Francisco. “Ahí fue donde cultivamos la pasión por la lectura”. Finalmente, encontró trabajo cuidando a personas mayores y como cocinera en la residencia de ancianos Ama Argaray. “Hasta que en 2015, mi esposo pudo reunirse con nosotras y enseguida encontró trabajo”.
EL APAGÓN DEL AUTISMO
Cuando parecía que la historia había alcanzado su final feliz, la trama dio un requiebro y otra vez el mundo se puso del revés. En 2016 había nacido el segundo hijo de la pareja, Ismael, y durante tres años la felicidad parecía completa. Hasta que el pequeño “se apagó”. “De repente, sufrió una regresión. Dejó de hablar, de comunicarse... Parecía que el diagnóstico era claro: Trastorno del Espectro Autista (TEA)”. Pero cuando iban a comenzar a hacerle una batería de pruebas, llegó el confinamiento por la covid y vivieron un infierno a domicilio. “Se me pegaba golpes contra las paredes. Tú vete y llévalo a urgencias diciéndoles que se ha pegado solo contra la pared... Solo se asustaba con la sangre”. Fue entonces cuando Massiel se puso en contacto con la Asociación Navarra de Autismo (ANA) y descubrió que “las madres tenían mucha experiencia pero poco conocimiento”. “Así que lo tuve claro: iba a estudiar en la universidad”.
Entonces, con tres hijos pequeños, retomó sus estudios dónde los había dejado: 2º de la ESO en el instituto de educación de adultos Félix Urabayen, de Ermitagaña. Tras terminar el Bachiller y el curso de acceso para mayores de 25 años, se matriculó en Pedagogía en la UNED en el curso 2021-2022 y el próximo junio se graduará. “Todo lo he hecho por mis hijos. Desde lo emocional”.
CASI UN ICTUS Y EL AUTOCUIDADO
Al mismo tiempo, se dio cuenta de que para que sus hijos estuvieran bien debía empezar a cuidarse ella misma. “Decimos que somos capaces de morir por nuestros hijos. Pero, ¿somos capaces de vivir por ellos? ¿De dormir, de hacer ejercicio, comer sano?” En su caso fue un susto el que la puso alerta. A Ismael, además del TEA le habían diagnosticado TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) y apenas dormía. “Estuve cuatro días sin dormir y, de repente, noté una sensación muy extraña en la cara. Me estaba dando un preictus. Desde entonces me tomé en serio el autocuidado”, cuenta, al tiempo que se escudaba en su fe (evangélica) y en sus estudios de Pedagogía.
El siguiente peldaño lo subió el pasado agosto y cumplió su sueño: abrir un centro de respiro familiar para reforzar las habilidades sociales, sensoriales, de psicomotricidad y de educación emocional de menores con o sin necesidades especiales. Los niños pueden acudir horas sueltas o días completos en horario de mañana y tarde. “Nos amoldamos a las necesidades de las familias. ¿Que por qué 'La casa de la niñera’? Porque quiero que se sientan a gusto. Se pongan sus zapatillas, su pijama... Es mágico verlos tan felices”.