Francisco Javier Mendioroz Olleta, una vida dedicada al bien común

Francisco Javier Mendioroz
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Miriam y Maite Mendioroz Iriarte

Publicado el 20/09/2025 a las 08:25

Francisco Javier Mendioroz Olleta nació el 8 de octubre de 1936 en Alzórriz, Navarra, en el seno de una familia humilde, cuando España se adentraba en los oscuros días de la Guerra Civil. Hijo de Cándido y María, fue el mayor de cinco hermanos, acogido con amor en un hogar lleno de calor y valores. Casi 89 años después, el 9 de septiembre de 2025, Javier nos dejaba en calma y acompañado de su familia tras una vida plena y bien vivida.

Javier tuvo, como él solía decir, un segundo nacimiento. El 10 de julio de 1961, durante los Sanfermines, un toro le empitonó en el callejón de la Plaza de Toros de Pamplona, levantándole en el aire y dejando en su antebrazo derecho una cicatriz que, junto a la mítica foto a contraluz expuesta durante años en el escaparate de Zubieta y Retegui, le valió el apodo de ‘El Torero’. Aquella experiencia, lejos de amedrentarlo, se convirtió en parte de su leyenda personal. Pocos meses después, aún con el brazo enyesado, conoció a Feli, quien sería su novia durante una década, su esposa durante 54 años y su inseparable compañera de vida.

Ese mismo año, Javier había comenzado a trabajar en el Ayuntamiento de Pamplona, lugar al que dedicaría 43 años de servicios con un compromiso inquebrantable. Asumió el puesto de jefe de Ordenanzas Municipales con tesón y profesionalidad, un rol que le convirtió en una figura indispensable. Nadie conocía mejor los entresijos de la Casa Consistorial: desde los preparativos del chupinazo y otros actos de los Sanfermines hasta las complejidades de los plenos municipales o los eventos de hermandad con ciudades como Bayona y Yamaguchi. Durante las fiestas, pasaba más tiempo en el Ayuntamiento que en su propia casa, siempre asegurándose de que todo funcionara a la perfección.

Vivió momentos de gran crispación, como los años de lucha de banderas o la suspensión de los Sanfermines en 1997, momentos que le marcaron profundamente. Sin embargo, más allá de idearios políticos, Javier tejió lazos profundos con alcaldes, concejales y compañeros de todo signo, y siempre se mostró dispuesto a compartir su experiencia con quienes iniciaban su andadura en el Ayuntamiento de Pamplona. Su carácter afable y su disposición a ayudar dejaron una huella imborrable, como lo atestiguaron las innumerables muestras de cariño recibidas tras su fallecimiento.

En un segundo plano, donde se movía con maestría, Javier fue clave para facilitar eventos cruciales y dar fluidez a la vida municipal. Su labor, tan valorada, tuvo su recompensa cuando en el año 2003, justo antes de jubilarse, Javier tuvo el honor de lanzar el segundo cohete de los Sanfermines, un momento de orgullo que guardó en su corazón.

Hombre de extraordinaria sensibilidad emocional y lágrima fácil, Javier encontraba alegría en las cosas simples: un buen calderete con la familia, una partida de cartas en la sobremesa, la caza en los montes de Navarra y, tras su jubilación, el cuidado de su huerta, que mantenía con un mimo casi artístico. Su carácter cercano y su franqueza lo convirtieron en un pilar para su comunidad, siempre dispuesto a tender una mano.

Este obituario resume todo aquello que la enfermedad de Alzheimer borró de su memoria, sobre todo tras los difíciles años de la pandemia. Sin embargo, su esencia permaneció hasta el final, gracias al excelente trato médico y a la entrega de sus cuidadoras, personas que dejan en sus tierras de origen a sus familiares para cuidar de los nuestros. Así, Javier mantuvo su calidez: una palabra amable, una canción compartida con su familia, una mirada pícara a sus hijas, una sonrisa dulce para su nieta y sus nietos que fueron su mayor tesoro.

Como diría el poeta, Javier era “en el buen sentido de la palabra, bueno”. La familia agradece cada abrazo, cada muestra de cariño, cada flor y cada momento compartido en su memoria. Descanse en paz ‘El Torero’

Las autoras son hijas del fallecido.

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