Javier Moscoso del Prado, jurista y ministro con Felipe González


Publicado el 19/07/2025 a las 08:24
El pasado miércoles 16 de julio falleció Javier Moscoso del Prado Muñoz (Logroño 1934, Jávea 2025). A su esposa Juana María Hernández Oscoz e hijos Juan, Adriana e Íñigo, la condolencia de su exalumno, compañero y amigo, que tanto aprendió de una gran persona, eminente jurista y servidor público.
En las noticias de su muerte se han expuesto los aspectos más relevantes de su vida pública en la Fiscalía, la Política y el Gobierno del Estado. Por mi parte destacaré aquellos que pusieron de manifiesto su carácter, inteligencia, bonhomía y, sobre todo, su vocación de jurista entregado a la Justicia, la mejora de la convivencia y a crear una sociedad más libre, justa y democrática. Todo ello con la simpatía, buen humor y agudeza de ingenio que hacían del ‘Mosqui’ una persona generosa, próxima, amable, con ‘saber estar’ en cualquier tiempo y lugar. Su prodigiosa memoria le permitía recordar anécdotas personales y comportamientos de la vida universitaria y forense.
La vinculación de Javier con Navarra fue familiar, tanto por la oriundez de Viana de su madre como por la profesional de su padre riojano durante su carrera militar con residencia en Pamplona. Sus primeros estudios los realizó en la capital navarra. Superados sus estudios de Derecho en Zaragoza y Estrasburgo, ingresó en la carrera fiscal en 1958 desempeñada en la Audiencia Territorial de Navarra, concluida como Fiscal general del Estado (1986-1990) y miembro del Consejo General del Poder Judicial (1996-2001). Su matrimonio consolidó la residencia pamplonesa de toda la familia. Su osasunismo le llevó a presidir la Federación Navarra de Fútbol.
El arraigo y compromiso con Navarra se concretó, además, en muchas facetas. En su condición de profesor de Derecho Penal en la Universidad de Navarra sus explicaciones eran doctas, amenas y prácticas, reflejo de su formación, experiencia profesional en la fiscalía, negociación de convenios colectivos, estudio y publicación de sentencias en Aranzadi. Siempre estaba dispuesto a atender y orientar a los alumnos, muchos convertidos en amigos y compañeros. Continuó la vocación docente con la labor editorial en Thomson-Aranzadi.
Se inicio en la vida política en la UCD de Navarra perteneciendo al grupo socialdemócrata de la Acción Democrática de Fernández Ordóñez con el que pasó al PSOE en 1983. Fue diputado en las Cortes en las elecciones generales de 1979. La Diputación le nombró miembro de la comisión negociadora del Amejoramiento, a la que aportó conocimiento y capacidad de interlocución con los representantes del Gobierno con los que tenía una buena relación personal, profesional y política, reconociéndole autoridad. A lo largo de su vida pública apoyó a las autoridades navarras en sus relaciones con las instituciones del Estado: Javier ‘abría puertas’ en Madrid.
En su trayectoria le movieron su moral personal y código de honor: el Derecho y el servicio público unidos en la labor de fiscal defensor de la Justicia y la legalidad imprescindibles para la sociedad y el Estado. Los imbuyó en la formación de sus alumnos, mostrándoles las conductas negativas contrarias tipificadas en el Código penal de las que era preciso proteger a la colectividad sancionando a los culpables. Desde su concepción socialdemócrata contribuyó a configurar un Estado social y democrático de Derecho y alcanzar una sociedad democrática avanzada y justa, tanto en las disposiciones a cuya redacción y aprobación contribuyó como diputado, como desde su presencia en el Gobierno de González como ministro de la Presidencia. De esta etapa era conocido por la creación de los ‘moscosos’, días de libre disposición para compensar la pérdida de poder adquisitivo de los funcionaros.
Congruente con su pensamiento, tenía fe en las personas, en la posibilidad de la reinserción de los marginales y del diálogo para conseguir el acuerdo y la paz. Su condición de fiscal sujeto activo de la aplicación de la Ley no fue incompatible con intentar superar las situaciones de violencia que atentasen a la convivencia general y pusiesen en riesgo los valores superiores. Esta actitud explica su colaboración para buscar soluciones a la violencia, incluso a la terrorista de ETA, y su participación en una comisión que creó el Gobierno. Todo ello sin merma del cumplimiento de la ley y la actividad represiva del Estado. Solía recordar el Convenio de Vergara que puso fin a la primera guerra carlista. Todo lo hizo por su sentido del deber, la justicia, el Derecho y el servicio público, sin otra recompensa que su propia satisfacción y sin esperar reconocimientos. Recibió la Gran Cruz de la Orden de Carlos III, la Gran Cruz de la Orden de San Raimundo de Peñafort y la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo.
Con su muerte su familia, amigos y compañeros de toda ideología y condición sufrimos la tristeza de la “fuente muda, / y está marchito el huerto. / Hoy sólo quedan lágrimas / para llorar. No hay que llorar, ¡silencio!” (A. Machado). Le recordamos y nos unimos a Juana Mari, Juan, Adriana e Íñigo. Descanse en paz.
El autor es amigo del fallecido y expresidente del Gobierno de Navarra