Obituario

Valentín Eguílaz Ortigosa, sacerdote y amigo

Valentín Eguílaz Ortigosa
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Valentín Eguílaz Ortigosa
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Mª Pilar Ripa San Miguel

Publicado el 09/07/2025 a las 05:00

¡Qué difícil escribir sobre un grande! Si tuviera que resumirlo en dos palabras serían: humildad y bondad. Pero, además, Valentín fue sacerdote, misionero, compañero, hermano y, por encima de todo, amigo. Fue un buen sacerdote y un sacerdote bueno. Un misionero entregado: primero durante 15 años en Ruanda y después al frente de Misión Diocesana. Un buen compañero, siempre atento a las necesidades del otro. Un buen hermano: tanto para su familia de sangre como para sus hermanos sacerdotes. Y, sobre todo, un excelente amigo.

Los últimos diez años estuvo sirviendo en los pueblos alrededor de Roncesvalles, pero antes lo hizo durante casi treinta años en la parroquia de Santa Vicenta, y aún antes estuvo quince años de misionero en Memba (Ruanda), y al principio de su ordenación su servicio lo llevó a varios pueblos de Navarra. Y digo servir porque el servicio ha sido siempre el motor de su ministerio, allí donde fuese enviado por su obispo.

Cuando hace unos años Francisco lo envió a Roncesvalles, me llamó por teléfono y me pidió si le podía conseguir una gramática de inglés, ya que por allí pasaban muchos peregrinos que hablaban en esa lengua y quería servirles lo mejor posible.

Después de tantos años en Santa Vicenta María, casi treinta, seguramente le costó despedirse de su parroquia y marchar a Roncesvalles, pero nunca se quejó. No era de quejarse. Lo suyo era una obediencia discreta.

En el tiempo que colaboré con él, cerca de 10 años, no recuerdo que nunca hablara mal de nadie, ni lo recuerdo enfadado, ni siquiera pegando un grito. Lo que sí recuerdo es que era un trabajador infatigable. Después de estar en el arzobispado por la mañana y en la parroquia por la tarde, volvía al despacho ya casi de noche para llamar a Perú o Guatemala y poder resolver problemas de algún proyecto de desarrollo que teníamos entre manos y no molestar a los de allí a una hora intempestiva. Se desvivía por ayudar a los misioneros navarros que nos pedían ayuda para construir un colegio, poner en marcha una radio diocesana o llevar a cabo un proyecto de derechos humanos.

Creo que nunca se fue de vacaciones. La relación de Valentín con su parroquia era como la de un padre con sus hijos. Solamente se tomaba una semana al año para acudir a la Semana Misional de Burgos, y algún día suelto se acercaba al pueblo si tenía alguna reunión familiar.

Valentín era de esas personas que si tienes mucha suerte conoces una vez en la vida. Era cien por cien buena persona y alérgico a los halagos. Ya me perdonarás, Valentín.

¡Hasta el cielo, amigo! Espero que nos volvamos a ver y nos echemos unas risas juntos.

La autora es amiga del fallecido.

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