Obituario
María Oscoz Hernández, ‘para servir a dios y a usted’


Publicado el 07/06/2025 a las 11:42
Nuestra madre falleció el pasado 12 de mayo, víspera de la Virgen de Fátima. Después de dos años largos de enfermedad, las puertas del cielo se han abierto de par en par para ella. Nació en Cárcar en 1936 y, a los pocos meses, fusilaron a su padre Julián Oscoz. Su madre, Margarita, sacó adelante a cinco hijos y supo transmitirle el valor de la fe y la familia. La frase “para servir a Dios y a usted” nos parece de otra época pero, para nuestra madre, fue su máxima de vida.
De los 15 a los 18 años trabajó en una panadería de Cárcar y ayudaba a su madre a limpiar las escuelas. Era despierta, inteligente y decidida pero, como muchos de sus coetáneos, no pudo estudiar. Fue a servir a Estella y allí, subiendo la cuesta a la basílica de la Virgen del Puy, conoció al que sería su marido, José Mari (apodado Lucas). Tuvieron seis hijos (Alfredo, Margari, María José, Diego, Sara y Juan Andrés), cinco nietos (Tamara, Mario, Darío, Lucas y Nora) y dos bisnietos (Laia e Iñaki).
Nuestra madre colaboraba con alegría en la parroquia, asistía a misa porque le daba paz y fuerza en su día a día. Llevaba flores, cantaba y daba gracias a Dios por todo, dentro y fuera de la iglesia.
Disfrutaba de la vida y de la gente, se dejaba sorprender por la naturaleza y, cada primavera, se maravillaba del prodigio del renacer. Solía decir “esto es el paraíso anticipado” cuando veía un paisaje precioso y le encantaba que todo el mundo pudiera disfrutar con ella. Nunca perdió de vista a primos, sobrinos, vecinos, amigos y personas cercanas. Se interesaba por ellos y sabía hacerse presente de muchas maneras: flores, rosquillas, puntillas, fotos, textos, gestos y llamadas. Solía decir: en vida, hay que darse en vida, lo importante son las personas, no las cosas.
Su vida ha sido un don para todos los que la han conocido y tratado. Dejaba huella porque sabía ver y escuchar al “otro” y, a pesar de las dificultades, nunca se quejó y trató de seguir adelante. No juzgaba a nadie, siempre trataba de ver el lado bueno, perdonaba y acogía con su gran corazón y con su buena mano para cocinar. Era una mujer de una pieza, sin doblez, entusiasta y creativa en todo lo que emprendía. Sencilla y, a la vez, orgullosa de lo que había conseguido. Le debía de parecer un sueño que, habiendo nacido en Cárcar, llegara a conocer Tierra Santa, Roma, París y hasta las Torres gemelas.
Nos ha dejado un gran legado y ejemplo de vida. Descanse en paz.
La autora es hija de la fallecida.