Obituario

Fernando González Ollé, catedrático universitario

Fernando González Ollé, en 1999
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Fernando González Ollé, en 1999
Fernando González Ollé, en 1999

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Carmen Saralegui

Publicado el 26/05/2025 a las 07:37

Fernando González Ollé nació en Madrid en 1929. Se licenció en Filosofía y Letras en la Complutense, con premio extraordinario de licenciatura, y después premio nacional fin de carrera, y se doctoró en Filología Románica, asimismo con premio extraordinario de doctorado. En 1955 se incorporó a la naciente Universidad de Navarra como profesor de Lengua española. En 1966 obtuvo por oposición la cátedra de Lingüística general y Crítica literaria de la Universidad de Murcia. Tras un breve paso por ésta y por la Universidad de Granada, fue catedrático de Historia de la lengua española en la Universidad de Navarra hasta su jubilación en 2000, y después catedrático emérito. En Pamplona pasó, por tanto, la mayor parte de sus 96 años.

Su producción científica mereció el premio de investigación Menéndez Pelayo (del CSIC); y, en dos ocasiones (1960 y 1963), el premio Rivadeneyra de la Real Academia Española. También fue, desde 1985, académico correspondiente de la Real Academia Española y, desde 1990, de la de Bellas Artes y Ciencias históricas de Toledo. En 1999 recibió la Gran Cruz de la Orden civil de Alfonso X el Sabio.

Su obra investigadora ha sido reconocida internacionalmente en el ámbito de la filología española, y algunos de sus resultados científicos se mantienen como definitivos desde que él los formuló. Otros, él mismo los ha revisado y completado en estudios posteriores, capaz como era de estar siempre al día de la bibliografía pertinente, de conocer y aplicar metodologías nuevas y de superar visiones disgregadoras como la separación entre historia externa e historia interna, o entre sincronía y diacronía, al tratar hechos de historia lingüística. Siendo muy amplio el objeto de su afán investigador y numerosísimo el total de los trabajos publicados, sus intereses predominantes fueron la lengua española en sus variedades geográficas, sociales, estilísticas y diacrónicas; y la literatura escrita en español.

Estando donde estamos, considero de justicia que se conozca algún hito (inicial y final) de su contribución al conocimiento de la literatura y de la historia lingüística de Navarra. Para lo literario: en 1967 publicó 'Lengua y estilo en Las Abidas de Jerónimo Arbolanche', y en 1969-1972 los dos volúmenes de Jerónimo Arbolanche, 'Las Abidas. Edición, estudio, vocabulario y notas'; en 1988 'Literatura (navarra)' y en 1989 'Introducción a la historia literaria de Navarr'a. Para lo lingüístico: en 1970 publicó 'El romance navarro' (aquí me atreveré a confesar que, al ocuparme de un proyecto dentro de este ámbito, tuve la suerte de reunir para mi tesis doctoral un director excepcional y un tema estimulante para mí), y 'Vascuence y romance en la historia lingüística de Navarra'; en 2016, 'Vascones y vascuence. Historia (para romanistas) de una relació'; y en 2019 'Del latín al vascuence pasando por el navarro: sobre los topónimos navarros terminados en -áin'. Pocos sabrán que hasta los últimos meses de su vida trabajó para quitar lo excluyente (“para romanistas”) a su artículo de 2016: pretendía refundir en un libro sus trabajos anteriores, enjuiciando a la par toda la bibliografía relacionada con el tema.

Ese maestro excelente fue también un excelente profesor: puntualidad máxima a la hora de entrar al aula y también a la hora de salir, jamás se sentó en clase; nunca se ayudó de un solo papel mientras explicaba y nunca se quedó en blanco; su discurso, siempre coherente, tenía principio y fin; y los ejemplos con los que ilustraba las cuestiones lingüísticas eran el complemento insustituible de una buena explicación. Eso sí: nunca tuvo con los que eran o habían sido sus alumnos otro tratamiento que el de usted. Ahora recuerdo que la primera clase que me encargó impartir no era para que lo supliera, sino para enseñarme: él se sentó en el aula entre las filas de alumnos y luego me sometió a un análisis riguroso: todavía hoy siento que nada de lo que me dijo era vano y sí muy exigente; supongo que consideraba que cualquiera de sus alumnos podía llegar a su nivel, y por eso exigía tanto: rigor extremo en la obtención y manejo de datos; lenguaje ajustado y preciso (ni una palabra de más, ni una de menos) tanto oralmente como por escrito; jamás ofrecer una opinión si no está fundamentada en los pilares establecidos de nuestra disciplina, huyendo siempre de la aparición de elementos valorativos: un adverbio impropiamente usado puede arruinar un texto científico.

La Universidad de Navarra debe mucho al brillante elenco de profesores que, como González Ollé, creyeron en ella desde el primer día, y, abandonando otros destinos, sin duda menos esforzados, se incorporaron a un proyecto recién diseñado y lograron convertirlo en laboriosa realidad.

Como navarra, como alumna y como profesora de la Universidad de Navarra, aprovecho para darles ahora las gracias por lo que les debo. Hoy, sobre todo, doy gracias a mi maestro D. Fernando González Ollé. Descanse en paz.

La autora es discípula del fallecido y exdecana de la Facultad de Filosofía y Letras

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