Salvador Martín Cruz, médico humanista


Publicado el 24/04/2025 a las 07:49
El pasado 10 de abril falleció a los 83 años Salvador Martín Cruz (Salamanca, 1942-Pamplona, 2025). A su esposa Celia, hijas Celia, Amaya y Mireya, y a sus tres nietos, mi condolencia por la pérdida de una persona que trascendió del inmediato espacio familiar para alcanzar a una gran parte de la sociedad navarra. A pesar de todo ello, como habéis expresado en la esquela, “se quedarán los pájaros cantando” y la naturaleza, que tanto amó, rompiendo en una nueva primavera de vida y color que no verá.
Salvador llegó a Navarra para ejercer de médico con un sentido de la medicina como servicio integral a las personas, que le llevó de interno en el Hospital a serlo de familia en Baztan (Lekaroz y Gartzain) y Burlada, y deportivo del ciclista Super Ser y del balonmano y hockey del San Antonio. Casó con navarra y formó una familia integrándose plenamente en su nueva tierra. Establecido en Pamplona, su inquietud cultural le llevó a hacerse socio del Ateneo Navarro, participando activamente en su labor de promoción y difusión de las Bellas Artes y, dentro de ellas, de la pintura.
Lo he calificado de ‘médico humanista’ porque la medicina es la ciencia más humana por tratar a las personas en todas las facetas de su ser, y desde su visión integral desarrolla el conocimiento de sus expresiones sociales como la cultura, la filosofía, la historia, el arte o el deporte. Por eso se reivindica que la medicina sea tratada como una ciencia ética con un comportamiento de acercamiento, comprensión, amabilidad y paciencia, ya que humanidad es “sensibilidad, compasión de las desgracias de nuestros semejantes”. Es una forma de expresar un conocimiento científico en permanente actualización, porque “la ciencia verdadera nos enseña a dudar, y cuando se desconoce algo, a ser cautos” (Bernard).
Otra manifestación del médico humanista fue la de ampliar y extender su ámbito de conocimiento en constante esfuerzo de saber más para mejorar, abriéndose a la vida colectiva a través del arte. Fue seguidor de Platón cuando afirmó la unidad del ser humano, “que no es posible poner a curar sólo los ojos, sino que será necesario, a la par, cuidarse de la cabeza, si se quiere que vaya bien lo de los ojos.
Y, a su vez, creer que se vaya a curar en sí misma la cabeza sin todo el cuerpo, es una soberana insensatez” (Cármides). Son muchos los ejemplos de médicos-humanistas que podemos invocar que destacaron en otros ámbitos del conocimiento como Huarte de San Juan. En tiempos recientes recordamos a Ramón y Cajal, Marañón, Laín y Diego-Madrazo. Próximos y convecinos a Simonena, Juaristi, Soto, Del Campo, Carlón, Arazuri y otros.
Su pertenencia a esta categoría estuvo en su dedicación al estudio de la pintura. En cada cuadro buscaba, tras el signo de la firma, la mente del autor en su acto artístico, el logos que intentaba reflejar de la persona o espacio pintados, creando con su percepción y técnica un objeto de valor estético, simbólico y cultural. Fue crítico de arte en este medio desde los años 70 y sus comentarios eran una lección de conocimiento que permitían hacerse una idea cabal de un autor y su obra.
Participó activamente en la Enciclopedia temática de pintores navarros (1981), Gran Enciclopedia de Navarra (1990), Catálogo Nacional de arte contemporáneo ibérico (1989/1990). Redactó monografías sobre la llamada Escuela de Pamplona (1995) y fue colaborador de Pregón siglo XXI. Destacó su libro sobre Emilio Sánchez Cayuela Gutxi (2001), que fue muy laboriosa en su estudio, publicación y distribución. Un relato de amor fue su Un viaje al Valle de Baztán (1997) y de admiración sus artículos sobre la biografía de Victoriano Juaristi (2007) y el busto de Ramón y Cajal (2023), y la participación en el libro-homenaje que coordinó Reyes Berruezo sobre el médico-humanista, cofundador y presidente del Ateneo, Mariano Carlón Maqueda (2010). Desde la vocalía de artes plásticas organizó en 1991 una exposición en la Ciudadela sobre el retrato en la pintura navarra que fue meritoria y costosa, lograda con diplomacia y paciencia.
A lo largo de su vida Salvador demostró ambición intelectual tanto en su ámbito de conocimiento médico como en facetas tan humanas como el deporte y el arte. Se esforzó en conocer más y mejor, actuar con ciencia y no por intuición y saber de las potencialidades humanas y sus manifestaciones. A ello le llevó su compromiso con el juramento hipocrático en la versión original griega: “Si el juramento cumpliere íntegro, viva yo feliz y recoja los frutos de mi arte y sea honrado por todos los hombres y por la más remota posterioridad”. Como lo hizo, le honramos y agradecemos su familia, amigos, ateneístas y cuantos aprendimos de sus obras y artículos. Descanse en paz.
*El autor ha sido compañero del fallecido en el Ateneo Navarro