Jesús Remírez, el ruiseñor de Asarta


Actualizado el 09/04/2025 a las 17:47
En nuestros pequeños pueblos navarros, siempre hay gente carismática que, sin saber por qué, se le tiene un afecto especial. Ese era Jesusín. Se hacía querer, era un disfrutón de la vida.
El cuarto de cinco hermanos, Jesús Remírez pasó su juventud en Asarta, su pueblo, en el que se sentía feliz. La mili le llevó hasta Ceuta, donde dejó grandes amigos y recuerdos. Allí volvió con su mujer en el viaje de novios, recordando viejos tiempos. Más tarde se trasladó a Pamplona, donde empezó a trabajar. Pero su pasión era la jota. Junto con su compañero Julio se inscribieron en Los amigos del Arte, asociación musical con la que comenzaron a acumular premios en los diferentes concursos por Navarra. Allí conoció a Loli, la que sería luego su compañera de vida.
Un día, un desgraciado escape de gas en la empresa donde trabajaba casi le cuesta la vida y le afectó a los pulmones. Tuvo que dejar de cantar pero, cuando tenía posibilidad, ejercía sus dotes de buen jotero. Cambió de trabajo a la que sería su definitiva empresa, Safar. Siempre que podía, regresaba a Asarta unos días para ayudar a su hermano mayor, Jose Mari, a quien tanto admiraba. ¡Cuántos días de trilla compartieron juntos! Si Asarta era su jardín, Pamplona fue para Jesusín su oasis.
Socio de la Peña Aldapa, ¡cómo disfrutaba de las cenas de los sábados con Loli y la banda de Nando! Partidas de mus y canciones nunca faltaron. Sanferminero acérrimo, nunca dejó de asistir a la procesión de San Fermín, comparsa de gigantes y cabezudos, y los festivales de jota del paseo de Sarasate. Osasunista también hasta la médula, defendía a muerte en las reuniones familiares con primos de la Real y el Athletic que la auténtica cantera está aquí. Y barcelonista de pro, todavía recuerdo cuando en el Camp Nou, sentado detrás del banquillo de Rijkaard, se dirigió a Eto’o para animarle. ¡Qué grande era, cómo disfrutaba de las pequeñas cosas!
Otro de sus placeres fue compartir vivencias con sus cuñados, con los que le unía una gran relación. Las cenas de Navidad y Nochevieja quedaban marcadas en la agenda. Sus viajes con ellos eran sagrados para él y los momentos en Morentin, asando pimientos y embotando tomates no tenían desperdicio. Ya jubilado se dedicó a relajar. Sus largos paseos diarios con su mítico chándal eran indispensables. Cada miércoles, a las 11 en punto, hacía una parada y se acercaba al instituto Navarro Villoslada para tomar un cafecico con su hermano pequeño. Pero ya hace unos dos años que su energía se fue apagando y aquellos grandes paseos por Pamplona se hicieron cada vez más cortos. Hasta que un día apareció ese maldito cáncer que terminó por desgastar aquel cuerpo activo. Y allí en el Hospital San Juan de Dios, con el doctor Pablo y su equipo dando el callo cada día, se nos fue. Ahora más que nunca, Loli tendrá que pasar el duelo necesario. Pero esa soledad se verá recompensada cada vez que recuerde su sonrisa. Ese fue él, un disfrutón de la vida.
El autor es hermano del fallecido y escribe en nombre de sus hermanos.