José Aguilar, víctima de ETA: "El odio es una mochila muy pesada y por eso perdoné"
La vida de este cabo primero se volvió del revés el 23 de diciembre de 1988. Con 26 años y a dos semanas de casarse, ETA le amputó una pierna y algunos sueños. Pero puede contarlo


Publicado el 29/03/2025 a las 05:00
Escuchar a José Aguilar resulta entrañable si no fuera por la dureza de lo que cuenta. Sonríe las palabras y los recuerdos, a pesar del dolor que entrañan. Para quien escucha y para él mismo. Pero hace tiempo que decidió compartir su experiencia de vida con los más jóvenes para que “nunca más” se vuelvan a cometer “ni atentados ni torturas”. Y en este camino es donde rememora el suyo. El que comenzó la madrugada del 23 de diciembre de 1988 en el cuartel de Alsasua, donde él era cabo primero de la Guardia Civil. Aquella noche, ya había terminado su turno y al día siguiente se iba de vacaciones porque se casaba con su novia, Carmen, el siguiente 5 de enero. Pero una trampa bomba de ETA puso su vida del revés. El explosivo le amputó la pierna derecha, dejó muy malherida la izquierda y se llevó por los aires parte de sus sueños. Pero se recompuso. Se casó con Carmen, estudió Derecho, ejerce como abogado penal y de familia, es padre de cinco hijos (Christian, Javier, Leyre, Paz y Óscar) y desde 2022 ha participado en encuentros de justicia restaurativa para entrevistarse con terroristas arrepentidos.
De la noche del atentado, recuerda que escuchó granadas que impactaban contra el cuartel y él quiso salir para impedir una catástrofe mayor. “En el edificio vivían 42 familias y más de veinte niños”. Pero él se llevó la peor parte. “Cuando pisé la bomba, me caí al suelo y no veía nada. No sentía gran dolor por las quemaduras”. Y entonces se dio cuenta de algo. “Nadie iba a venir a rescatarme porque no sabían que estaba allí. Tenía que llegar yo solo al cuartel. Entonces, hice un trueque con el ‘jefe’, como llamo yo a Dios. Le pedí ayuda para salir de allí porque mi novia estaba embarazada y yo quería conocer a mi hijo. A cambio, le ofrecí mi perdón para las personas que habían perpetrado el atentado”. Y así sucedió. “El odio es una mochila muy pesada. Por eso, perdoné desde el principio y he intentado educar a mis hijos sin rencor ni animo de venganza”.
Tras cuatro días en la UCI sedado, el 27 de diciembre se despertó y, por el hueco que quedaba en la cama, se dio cuenta de que le faltaba una pierna. “Me lo tomé muy mal y lloré mucho. Pero Carmen fue mi apoyo incondicional. Sin ella nada hubiera sido posible”. La boda se celebró en Zizur el 5 de marzo de 1989 y el 5 de junio nació Christian, su hijo mayor. “Luego tuvimos otros cuatro porque queríamos rodearnos de vida”. Hijo de guardia civil, él mismo tenía gran vocación de ayudar a la gente. “Era maravilloso hacerlo a pesar de la dureza de esos años de plomo. Por eso, me resultó muy duro dejar la Guardia Civil porque era muy feliz”.
MUCHOS APOYOS
A diferencia de lo que relatan otras víctimas, Aguilar aplaude el apoyo que recibió de personas anónimas y de instituciones, como el Gobierno de Navarra que les ayudó con la compra de su piso en Barañáin. Con la carrera de Derecho recién terminada, participó junto a otros compañeros más avezados en el juicio en la Audiencia Nacional contra el Comando Nafarroa, el que había perpetrado su atentado. “Le pedí al presidente del tribunal entrevistarme con los etarras pero entonces no fue posible y se me quedó clavada una espina”. Y que se consiguió quitar en 2022.
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Cuando decidió participar en los encuentros. “Llegué a una cárcel de fuera del País Vasco. Iba sin prótesis, a propósito. Y al encontrarme con el etarra que me esperaba nos dimos un abrazo y hablamos durante tres horas”. Un perdón que, reconoce, es “algo muy personal”. “Cada persona necesita sus tiempos y respeto el sentir de todas las víctimas”. En su opinión, perdonar o no hacerlo es un tema "muy complejo y personal de cada uno". "Pero mi ilusión ahora es encontrarme con personas que han pertenecido a bandas terroristas y que asumen la responsabilidad por el dolor causado. Es importante que no haya justificación ni del dolor ni del daño".
Y continúa su explicación. "Una persona no es solo los hechos que ha cometido. Ese estigma no tiene que acompañarle toda la vida. Una vez que ha pagado y cumplido su condena, tiene derecho a rehacer su vida".