Los peregrinos se juegan la vida en la peligrosa N-135 entre Valcarlos y Pamplona
Caminan en invierno sin chalecos reflectantes por una carretera sin arcenes, sorteando camiones, coches, motos, ciclistas y obras. En lo que llevamos de año han sido más de 300 peregrinos de 41 nacionalidades. 21 de ellos explican en este reportaje los motivos que les empujan a hacerlo.


Publicado el 23/02/2025 a las 05:00
Un peregrino francés a ritmo de blues por una carretera sin arcén, una máquina extendedora de asfalto, un tráiler con doble remolque cargado de paja, un semáforo en verde. Llueve con fuerza y el viento arrecia desde el norte y el sur casi al mismo tiempo. Este es el escenario a mediados de mes entre los puntos kilométricos 52.5 y 63 de la N-135, entre Roncesvalles y Valcarlos. A 6 y 13 grados.
Sin chalecos reflectantes, sin arcenes y con el peligro constante de camiones y coches, 21 peregrinos avanzan por la carretera entre Valcarlos y Pamplona en pleno invierno. Las obras en la vía reducen aún más el espacio. El frío y la humedad cala los huesos, pero ellos siguen adelante. Son de distintas nacionalidades, distintas edades, distintos pasados. Pero los une algo: la necesidad de caminar. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué los impulsa a desafiar la lógica, el clima y el peligro? ¿Fe, búsqueda personal, un reto físico? Cada paso es una historia, cada mirada refleja una razón diferente. Esta es la crónica de quienes, contra todo pronóstico, realizan un Camino sin arcenes.


Laurent, conductor de autobuses de 58 años, esquiva las máquinas de asfaltado y se despoja los auriculares. El periodista le advierte sobre el peligro de caminar sin chaleco reflectante y con auriculares por una carretera sin arcén. Se encoge de hombros y responde que en Francia nadie informa a los peregrinos sobre el tipo de carretera que se van a encontrar. Su testimonio coincide con el de la mayoría de caminantes.
Las fuertes rachas de viento de los últimos días han derribado inmensas hayas en las laderas, arrancándolas de cuajo y provocando algunos desprendimientos de rocas. Los peregrinos, cabizbajos, recorren una línea continua que separa el quitamiedos de la calzada. Miradas fijas que avanzan entre la inseguridad de una atmósfera invernal y el silencio. Algunos atraviesan la calzada sin titubear, a veces sin girarse lo suficiente, envueltos en abrigos, gorros y auriculares que impiden percibir a tiempo cualquier sobresalto. Gestos cansados que buscan espacios.
En el lado derecho de la N-135, un neozelandés de 53 años llamado Stirling avanza apoyado con un bastón de montaña. Repentinamente, pierde el equilibrio y su cuerpo se inclina peligrosamente justo cuando un camión circula a su altura desde detrás. Ni se inmuta. No es un caso aislado.
Fuentes policiales evidencian hartazgo al preguntarles por la situación. “Cualquier día lamentaremos un accidente”, avisan. “Estamos cansados de repetir que deben caminar con chalecos reflectantes o por lo menos que lo hagan con ropa llamativa y en Francia no les ofrecen la información adecuada”.


Stirling ha cruzado medio mundo para llegar hasta aquí. Desde Nueva Zelanda voló a París, y desde allí, enlazó trenes y autobuses hasta San Juan Pie de Puerto. Es su segunda vez en el Camino de Santiago. Lo hace por deporte, recalca, enumerando las rutas que completó el año pasado en Estados Unidos, Nepal, Australia, Inglaterra y España. En su primera vez en la península, recorrió la Vía de la Plata. Ahora, su equipaje es mínimo: una mochila de apenas cuatro kilos que contiene un poncho, un abrigo de invierno, dos camisetas, dos mudas y un kilo de comida. Después de compartir su rutina con una mezcla de intimidad y risa, retoma la marcha, cruzando al otro lado de la carretera, esta vez por el margen correcto, también sin arcén.
ROMPER CON TODO
A lo lejos, en plena curva, sobresalen los cortavientos de dos jóvenes alemanas. “Somos hermanas”, dice Magdalena, de 24 años, con una carcajada nerviosa que parece ocultar algo más. “¿Por qué hacemos esta ruta en pleno febrero?”. Su tono cambia. “Rompí con mi novia. Rompí con todo. Dejé el máster que cursaba tras terminar Arquitectura. Me fui”, expresa con determinación. A su lado, Hannah, de 22 años, asiente y añade el motivo que le ha empujado a hacer lo mismo. “Estudié Magisterio y vivía en Estados Unidos como au pair, pero el trato era tan malo por parte de la familia que decidí volver a casa y empezar de nuevo. Por eso estamos aquí”. Su plan inicial era llegar a Santiago, pero el ascenso al puerto de Ibañeta, con el viento azotándolas por todos lados, les ha hecho replantearse el viaje. “Ahora solo pensamos en llegar a Pamplona y, desde allí, tomar un autobús a Portugal, quizás un vuelo a Madeira, o seguir caminando por la costa hasta Santiago”.


A la una de la tarde, Laurent, el peregrino francés que camina a ritmo de blues, entra en la oficina del albergue y se sienta frente a Marisol Goicoa. Ella ha estampado más de un millón de credenciales durante los 26 años que lleva en este puesto. El pequeño despacho donde comenzó se ha transformado en uno de los dormitorios del albergue de invierno con treinta camas hasta el siete de marzo, cuando abrirán el hospedaje grande de la Colegiata.
Laurent responde a un breve cuestionario antes de recibir los vales para la cena, el desayuno y la asignación de su cama. Acto seguido, Goicoa lo guía hasta la habitación, le muestra la zona de duchas y lavandería y se despiden. Él ha escuchado las instrucciones con una mirada profunda, de esas que dejan huella. Cuando se va, ella se queda un instante en silencio y susurra: “Lo que llevará cada peregrino en su mochila...”.
Las historias se entrelazan en la carretera N-135, en los albergues, en los cruces de senderos. “Hay quienes llegan después de recibir un diagnóstico de enfermedad terminal”, comenta Goicoa. “Se sientan aquí y nos cuentan que les queda poco tiempo de vida”. Recuerda especialmente a un hombre de 66 años. “Me dijo que si no hacía el Camino ahora, quizás no llegaría a tiempo”.


En un corcho de la pared, fijadas con chinchetas, hay cuatro fotografías de un perro y un gato, acompañadas de un mensaje en castellano, inglés, francés y coreano: “Si ves un animal en el Camino, no dejes que te siga. Él también tiene una familia y un hogar”. No es raro que las mascotas se unan a los peregrinos, explica Goicoa, como sucedió con un Collie que apareció en la comisaría de Valcarlos.
José Dutari, argentino de 25 años, entra en la oficina con una vara de madera de casi dos metros. “Soy ingeniero industrial. Estoy aquí porque renuncié a mi trabajo. Se lo conté a mi pareja y a mis padres, y me marché. Necesito encontrarme a mí mismo y a Dios”. Su mochila pesa diez kilos, y entre sus pocas pertenencias lleva un cuaderno “espiritual”, revela. “Escribo cómo me siento cada día. A final del diario me gustaría escribir que, por fin, me he encontrado”. Tras pagar por la cama y las comidas en un restaurante cercano, acompaña a Goicoa hasta la habitación. “Es muy común en mi país que los jóvenes rompan con todo”, dice el argentino con un gesto que mezcla resignación y esperanza.


Entre el 1 de enero y el 21 de febrero, el albergue de invierno de la Colegiata ha recibido a más de 300 peregrinos de 41 países, algunos tan lejanos como Vietnam, Malasia e India. “Últimamente llegan con mochilas muy pesadas y guardan silencio”, dice Goicoa. “Solo quieren sentir la soledad, pensar y caminar”.
AL DÍA SIGUIENTE
El periodista deja atrás Roncesvalles con la extraña sensación de no haber formulado las preguntas adecuadas a Stirling, el peregrino neozelandés al que le pareció ver arrastrando una pierna. Mañana volverá al Camino e intentará dar con él.
A las nueve de la mañana del martes, el viento sigue azotando el puerto de Ibañeta con fuerza. En la carretera, los trabajos de asfaltado continúan sin tregua y los camiones suben y bajan en un constante ir y venir. A la derecha, con paso firme, avanza Johan, un joven alemán de 19 años. “Transito por aquí para evitar los desprendimientos”, aclara. “Estoy muy perdido en la vida, por eso hago el Camino. Soy carpintero y me gustaría volver a estudiar, pero aún no sé qué”. Su viaje comenzó con una mochila de 20 kilos que ha ido aligerándola hasta reducirla a 12. Una metáfora de la vida.




Desde un sendero paralelo a la N-135 emergen tres peregrinos austriacos. Traudi, de 66 años, traduce en inglés el pensamiento compartido con su esposo, Martin, y su amiga Kammi: “Solo queremos caminar, observar, dejar la mente en blanco por un tiempo”.
Ni rastro de Stirling. Al mediodía, en lo alto del puerto de Erro, dos coreanos hacen estiramientos antes de seguir hacia Zubiri. Ko Beom Seok, arquitecto de 33 años, y Kim Sang Cheol, militar de 32, comparten su motivación: “Un amigo nos recomendó esta experiencia. Todo es tan hermoso aquí”. Sus mochilas, de apenas seis kilos, contienen lo estrictamente necesario. “Solo necesitamos sentir, no pensar y viajar”. Reaparece en lo alto el argentino y cruza la vía sin mirar a los lados. Entonces, saluda efusivamente alzando su vara. “¿Queda mucho para Zubiri?”, pregunta sin detenerse.




A las dos de la tarde, a pocos metros de la entrada a Zuriain, emerge como un espejismo la figura estilizada de Stirling. Ha recorrido etapa y media y busca un rincón tranquilo junto a un caserón, donde solo se escuchan el cacareo de unas gallinas y el rugido cercano de los camiones. Mientras descansa, revela un poco más de su historia. Cuando dijo que no trabajaba, quiso decir que, tras toda una vida como contable, ha decidido dedicar su tiempo a caminar y viajar con el dinero ahorrado. También menciona que arrastra una cojera.
En sentido contrario, se aproxima otro peregrino. Lleva una mochila a la espalda y se apoya en dos bastones. Es francés, se llama David y tiene la misma edad que Stirling. Realiza el Camino en dirección inversa. Al cruzarse, se estrechan la mano y comparten respectivas odiseas. David cuenta que ha completado la ruta en dos ocasiones, siempre acompañado. Esta vez ha querido experimentar la soledad que antes le fue esquiva. Stirling le confiesa que él también intentó recorrerlo en sentido contrario hace años, pero lo abandonó. “Las señales están pensadas para ir hacia Santiago y, si lo haces al revés, te pierdes una y otra vez”, lamenta. Se miran con complicidad y siguen su propia ruta.
David retoma su marcha, atravesando el pueblo hacia un puente. Stirling lo observa alejarse. No son muchos los que deciden recorrer el Camino de Santiago en sentido inverso, evidencia Marisol Goicoa. Apenas una veintena cada año. En lo que va de 2025, solo se han registrado dos, incluido David. Así que es estadísticamente “muy improbable” , puntualiza la responsable del albergue, que dos peregrinos coincidan en las afueras de Zuriain, un día de febrero.








UN BARMAN JAPONÉS
Dos días después, David, el peregrino francés que deshace el Camino, desciende el puerto de Ibañeta. Las obras de asfaltado continúan en el punto kilométrico 58 y ahí se cruza con ellas y con otros cuatro viajeros: Su Hyuk Yoom, profesor de inglés coreano de 30 años; Graham, técnico informático irlandés de 41; y los japoneses Shogo y Ao, barman de 40 y estudiante de Publicidad y Marketing de 24.
Atrás, en Mezkiritz y Erro, los bancos de niebla han cubierto la carretera desde Zuriain hasta Zubiri. En mitad del ascenso o del descenso, según se mire, los cinco coinciden en la misma queja: la calzada, sin arcenes, resulta inadecuada para el peregrinaje. “Pero no tenemos otra opción”, responde Graham. A su lado, David levanta la pierna y la echa al otro lado del quitamiedos (ver fotografía principal) ante la proximidad de un camión. “No hay solución”, añade el francés, asumiendo que deberían vestir con ropa más adecuada para ser visibles a la hora de transitar por la carretera.


Los peregrinos comparten sus motivos para estar allí. El japonés Ao, con su mochila de menos de ocho kilos, dice que viaja empujado por los libros de Paulo Coelho. “Acabo de terminar mis estudios y necesito saber qué es realmente importante en la vida”. A su lado, Shogo es más pragmático. “Me pidió que le acompañara, y aquí estoy. Y como soy barman, aprovecho para conocer bares”.




Su Hyuk, profesor coreano, busca su propia conexión. “En mi país, a los treinta años sufrimos muchas presiones: familia, estudios, trabajo... Necesito tener claro qué quiero hacer con mi vida”. En cualquier caso, no le parece peligrosa esta vía. “Estoy acostumbrado a caminar por carreteras similares”.
Graham, el irlandés, se detiene una y otra vez al sentir la cercanía de los vehículos. “Necesito bajar el nivel de estrés de mi vida y conocer otras perspectivas, otras vidas”. Con su mochila pesada y sus dos bastones, se pega al quitamiedos. Respira y observa. Uno de los operarios que trabaja en el asfaltado de la N-135 se le acerca y le entrega un saco de dormir que se le ha caído minutos antes al profesor coreano. “¿Se lo puedes entregar en el albergue?”. Graham lo guarda.


UNA ESCRITORA COREANA
Las obras de asfaltado en la N-135 han concluido esta semana, y con el buen tiempo como aliado, la carretera ha vuelto a llenarse de vida. Peregrinos, ciclistas, conductores y motoristas comparten ahora el trazado con vehículos pesados que transportan todo tipo de mercancías. Uno de los que recorre esta vía sin arcenes es Liam, un joven alemán de 20 años. “En Francia nadie informa del estado de la carretera”, confirma. “Estoy aquí porque necesito pensar qué quiero hacer con mi vida”.
A unos metros, cuatro actores de teatro procedentes de Corea del Sur caminan por la estrecha cuneta que separa la salida de Zuriain del desvío de Ilurdotz sin percatarse de que existe un sendero paralelo. “No lo habíamos visto”, manifiestan Seol Jaekeun, de 41 años, Kim Yunju, de 41, Lee Heejae, de 35, y Cho Haemin, de 32. Seol explica en inglés que el Camino les ayuda a desconectar: “Somos actores y nos viene bien detener el tiempo y dejar de pensar”. Luego mira directamente a Kim: “Ella es guionista y escritora, necesita inspiración”. Kim sonríe con timidez y confiesa que ha escrito diez libros en su país.




La N-135 sigue entrelazando historias. Jean y su esposo, también coreanos, celebran su décimo aniversario de boda. Sentados en un banco de madera, con la señal que indica el camino hacia Valcarlos y Gainecoleta a sus espaldas, disfrutan de un momento de calma. “Solo buscamos tiempo para nosotros”, responden. A la hora de posar para la fotografía, ella coloca su mano sobre su brazo en un gesto cómplice y él acaricia su pierna. Pero el Camino, como la vida, da giros inesperados. A la mañana siguiente, el matrimonio decide abandonar este tramo y sube a un autobús con destino a Pamplona.
“Escoger un camino significa abandonar otros”, escribió Paulo Coelho. Y en la encrucijada de la N-135, cada viajero sigue su rumbo.

