Obituario

Antonio Salvador Ruiz, futbolista, profesor y empresario

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Juan Cruz Alli Aranguren

Actualizado el 06/01/2025 a las 09:22

El 26 de diciembre falleció en Alicante a los ochenta y ocho años Antonio Salvador Ruiz (Barcelona, 1935). A sus hijos Antonio, Elisa, Joaquín, Clara y Eduardo la condolencia de un viejo compañero de Universidad, una de las muchas facetas de su intensa vida personal, en la que compaginó los estudios con el futbol profesional, la iniciativa empresarial y la docencia, en su mayor parte desarrolladas en Pamplona.

En su ciudad natal inició los estudios de Filosofía y Letras realizando los dos cursos comunes, que continuó en la Universidad de Navarra con la especialidad de Geografía e Historia.

Persona educada en la voluntad, la tenacidad y el esfuerzo, compaginó los estudios con el deporte. Su presencia en las aulas del Museo de Navarra no pasaba desapercibida para sus compañeros y compañeras, que podíamos presumir de jugador del Osasuna.

Tras terminar su vida de futbolista fue profesor de las Escuelas de Comercio-Empresariales de Pamplona y Logroño en las asignaturas de Geografía e Historia Económica.

Con el asesoramiento del experto osasunista J. M. Aznar he podido reconstruir la trayectoria futbolística de Antonio. Vino a Pamplona cedido al Osasuna por el Club Deportivo Condal de Barcelona de la mano del entrenador Miguel Gual en 1960-61 en que, con su participación, ascendió a primera división jugando de defensa central durante dos temporadas y sesenta y un partidos. En su club de origen, filial del F. C. Barcelona, debutó Salvador contra la Unión Deportiva Las Palmas, jugando veinte y seis partidos de la Liga; tras el descenso a segunda división lo hizo en diecisiete partidos.

Trasladado a Ceuta a cumplir el servicio militar, participó en siete encuentros en el Atlético Ceuta, regresando a su equipo de origen el Condal. Transcurridas las temporadas 1960-1962 en el Osasuna fichó por el Mestalla y el Valencia como posible sustituto de Quincoces II, pero en 1963 sólo fue alineado en cinco partidos de Liga, dos de copa y uno de la copa de Ferias. En el Rácing de Santander de segunda división jugó tres temporadas y cincuenta y siete partidos, concluyendo su vida futbolística en 1966.

Su vida en Pamplona fue fecunda porque, además del deporte y el estudio, formó una familia con la compañera más guapa de la Facultad, siendo pamploneses sus cinco hijos, de los que tres residen en Navarra.

Entre 1970-80 fue responsable del deporte universitario en la Universidad de Navarra. Tuvo iniciativas empresariales en el sector de la hostelería y a su visión y gusto por la historia debemos el haber rescatado para el público un lugar emblemático de la Navarrería, bautizado con el nombre del hijo bastardo de Carlos III el Noble, Lancelot de Navarra (1386-1420).

Antonio fue considerado un futbolista sobrio y eficaz por compañeros y adversarios y, como dice Aznar, tenía “buen toque y corte estratégico”, que era la forma de expresar una personalidad correcta, amable y próxima en el resto de su vida.

Aceptaba las mañanas de los lunes, tras la jornada deportiva del domingo, los abordajes de los compañeros más aficionados, siempre deseosos de tener noticias y comentar las incidencias de los partidos, lo que hacía con discreción y respeto de los contrincantes y árbitros, sin una mala palabra de nadie, con un comportamiento señorial que apoyaba su porte elegante, buenas formas y amplia cultura. Siempre recordaré que, cuando trasladó su residencia a Logroño, me lo comunicó con una atenta y expresiva carta de despedida. Fue el último contacto que tuvimos, aunque luego conociese de su vida por terceras personas.

Supo desde el inicio de su vida deportiva que “los campeones se hacen cuando nadie está mirando” y que había que “defender hasta el final”. Así lo practicó con tenacidad en sus carreras vitales, porque lo que aparece al exterior tiene detrás muchas horas de entrenamiento, estudio y trabajo ocultos y silenciosos por la práctica de la consigna: “Motivación + dedicación = Éxito”. Por ello nunca fue perdedor quejica, sino defensa que se entrenaba para superarse, con respeto y sin temor a los delanteros. Fue consecuente practicando los principios deportivos a todas las facetas de su vida.

Persona culta siempre entendió que “el sol de la muerte me está haciendo girar en un eterno proceso de rotación y traslación llamado falsamente poesía” (Gonzalo Rojas, Del relámpago, 2000, 76). En los últimos años de su vida entró en el silencio y la incomunicación, en los que, en palabras del poeta Leopoldo de Luis, “el olvido es un mar que arrecia y mata / la huella rojiazul de lo vivido”; se le borró “la imagen del recuerdo. / Tal vez esa ceguera sea la mejor amiga / para acabar la noche despierto frente al mar.” Así fue el final de Antonio Salvador en Alicante. Descanse en paz.

Juan Cruz Alli es doctor en Derecho e Historia

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