Historias familiares

El vino caliente o el viaje interior

No eres nadie si no viajas o, mejor dicho, si no lo cuentas en las redes sociales con música de villancicos

Morgan Freeman y Jack Nicholson interpretan en 'Ahora o nunca' a dos enfermos con cáncer termina que deciden recorrer juntos el mundo.
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Morgan Freeman y Jack Nicholson interpretan en 'Ahora o nunca' a dos enfermos con cáncer termina que deciden recorrer juntos el mundo.
Morgan Freeman y Jack Nicholson interpretan en 'Ahora o nunca' a dos enfermos con cáncer termina que deciden recorrer juntos el mundo.

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Sonsoles Echavarren

Publicado el 08/12/2024 a las 05:00

Me entretengo un rato en las redes sociales y solo veo fotos de viajes. De gente que aprovecha tres, cuatro, cinco días de puente o una semana de acueducto para viajar al pueblo, la nieve, la playa (en esta época, el destino más apetecible), beber vino caliente en los mercadillos navideños de Centroeuropa o disfrutar de los mojitos con la pulsera del ‘todo incluido’ en un resort del Caribe. Podría decir que vaya, que no es necesario viajar, que se está mucho mejor sin moverse del sofá tapado con una manta y tragándote una maratón de cualquier serie de Netflix mientras te das un atracón de polvorones. Pero no. Reconozco que siento envidia (no sé si sana o enferma). Envidia porque todos queremos seguir el guion que nos han escrito. Pero si me detengo a pensar (no es una forma de hablar sino una realidad porque para reflexionar hay que pararse), me doy cuenta de que viajar en los puentes, ir al teatro, a conciertos, cenar en restaurantes o curiosear en esas ferias en las que se venden siempre los mismos calcetines abrigados que escupen el borreguito por la parte de arriba, se han convertido en una obligación. ¿Por qué? Porque no eres nadie si no viajas, si no te diviertes. O mejor dicho, si no lo cuentas. Y a ser posible en las redes con música de villancicos. Y tu vida se convierte en un aburrimiento si dedicas los días libres (si es que los tienes) a ir al supermercado, cocinar o, con un poco suerte, a merendar un chocolate con churros.

Tengo que confesar que hubo un tiempo en el que yo misma vivía en las agencias de viajes y me aprendía de memoria los folletos turísticos. Unos años en los que aprovechaba cualquier fin de semana largo para visitar museos, iglesias o monasterios, contemplar la línea arquitectónica de las ciudades desde barcos turísticos o degustar la gastronomía típica de cada lugar. Pero la vida avanza y los tiempos cambian. Y aunque sigo pensando que viajar es un placer, el mayor aprendizaje y la herencia perfecta para dejar a los hijos, de momento, me quedo, a falta de presupuesto,  con el viaje interior. Y con las palabras del Dalai Lama sobre la calma.

Mi amiga Carolina Isasi, periodista cultural en Madrid, las recuerda esta semana en su boletín sobre cuadros y libros. Sobre viajes y eventos sociales, en el que describe el ajetreo de los ‘saraos’ prenavideños. Y como me han encantado, las recuerdo aquí: “Se llama calma y me costó muchas tormentas / Se llama calma y me enseña a respirar, pensar y repensar / Se llama calma y la disfruto, la respeto y no la quiero soltar”. Pues solo eso. Pues solo tanto.

Intento convencerme de que la calma no tiene precio. Una idea, sin embargo, que se choca de bruces con lo que siempre nos han enseñado: que hay que aprovechar el tiempo, que hay que hacer planes, que hay que quedar con gente... Y, sobre todo, que hay que divertirse. Aunque sea por obligación. Error. Craso error. Y flaco favor para quienes ahora mismo sufren por la pérdida, la enfermedad o cualquier tipo de duelo. Viajemos (o no) pero no nos dejemos influir y vivamos libremente. Porque, ya recordaba el poeta José Manuel Caballero Bonald, “somos el tiempo que nos queda”.

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