Soledad no deseada
Voces contra la soledad en Navarra
Tienen entre 16 y 90 años y sus testimonios pueden ayudar a salvar vidas. Entre estas personas hay quien está viviendo soledad no deseada, quien ha logrado salir “con mucho dolor” o quien conoce a alguien que la está sufriendo


Actualizado el 27/10/2024 a las 07:25
Abordar la soledad no deseada, hablar sobre ella, describir sus sombras, con palabras y silencios, poniendo nombres y rostros, conlleva un gesto heroico en pleno siglo XXI. Un acto valiente que puede llegar a salvar vidas. La soledad es una experiencia humana universal que no todos viven de la misma manera. Mientras algunas personas la eligen, para otras implica una dura carga emocional y psicológica, un peso difícil de sobrellevar.
La soledad no deseada se refiere precisamente a esa forma de aislamiento que se siente como imposición. Una necesidad no satisfecha de conexión social y afectiva con “serias consecuencias”, tal y como advirtió la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2023. “Durante demasiado tiempo la soledad ha existido detrás de las sombras, invisible e infravalorada, impulsora de enfermedades mentales y físicas”, declararon.
Varios estudios asocian esta patología social a la ansiedad, la depresión, el aumento del riesgo de suicidio, la mala calidad del sueño y la salud general. La soledad no deseada se produce en mayor medida entre las personas de la tercera edad que viven solas y se manifiesta de manera pronunciada en las zonas rurales. En esta comunidad, como en otras regiones de España, la población envejece -casi el 22% de los habitantes supera los 65 años- y este envejecimiento provoca un aumento de personas viudas o con limitaciones físicas, lo que complica una vida social activa. Las personas con discapacidad y las desempleadas también sufren la metralla de esta “enfermedad invisible” que mata.
Y la infancia y la adolescencia no son inmunes a todo esto. Los estudios sostienen que entre un 21 y un 70% de los adolescentes se sienten solos a veces y entre un 3 y un 22% experimentan este aislamiento social de forma habitual. Decía en plena pandemia el psicólogo pamplonés Alfonso Echávarri que le preocupaba la extrema situación de soledad de la población joven.
A todo esto hay que sumar el coste económico. El informe del Observatorio de la soledad no deseada (SoledadES) estima que la soledad no deseada representa un coste total de 14.141 millones de euros anuales en nuestro país, el 1,17% del Producto Interior Bruto (PIB) de España en el año 2021. El aumento de la atención de los servicios sanitarios elevan los costes a más de 5.600 millones de euros anuales y los de consumo de medicamentos alcanzan los 495,9 millones de euros. En conjunto, los costes sanitarios equivalen al 0,51% del PIB, deja claro el trabajo del Observatorio.
COMBATIR EL AISLAMIENTO
Jóvenes y adultos de edades comprendidas entre los 16 y 90 años reflexionan sobre esta realidad en este reportaje, siendo conscientes de que hablar puede salvar vidas. Entre los que hablan en estas cuatro páginas hay quien está sufriendo soledad no deseada o la ha vivido durante un tiempo y ha logrado salir “con mucho dolor”. Los más jóvenes comparten que la etapa más dura se experimenta en el colegio o en el instituto, principalmente al cambiar de centro, y que se margina principalmente por el aspecto físico. Los testimonios salen de tres escenarios. En el primero, al amanecer, hombres y mujeres se cruzan en el Paseo Basoa de Berriozar. El segundo sobresale del exterior de un colegio y el tercero del campus de la UPNA.
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JOSÉ MARI 90 AÑOS: "DESDE QUE MURIÓ MI PADRE EN 1979 ESTOY SOLO"
A primer ahora de la mañana, entre árboles, bancos y una estridente luz dorada, varias figuras caminan a paso lento, cada una inmersa en su propio mundo. La escena es rutinaria en este paseo de Berriozar: hombres y mujeres avanzan acompañados por sus perros y el eco de sus pisadas. La soledad los envuelve. Son rostros diferentes, historias únicas, pero, ¿qué se esconde tras los silencios? “Tengo 90 años y desde que murió mi padre en 1979 estoy solo. Mi madre falleció antes…”, responde José María, un hombre que dice haberse acostumbrado a la vida en soledad desde muy joven. De hecho, se quedó solo al morir su madre primero y luego su padre. “Y me acostumbré. No me ha gustado la vida matrimonial”, asiente, quejándose de una leve sordera. Habla con las manos apoyadas en una cachaba. “Bueno, en realidad, cuesta estar solo. ¿Qué hago para combatir la soledad? Ando mucho y también me gusta ir los domingos a misa por la mañana y por la tarde visitar enfermos”.
THALÍA LÓPEZ, AUXILIAR DE ENFERMERÍA DE 31 AÑOS: "VEO MUCHA SOLEDAD EN LA MIRADA DE LOS PACIENTES"
Las luces y las sombras se cruzan. José Mari se fija en Thalía López, que pasea junto a su perro. Se saludan. Esta auxiliar de enfermería conoce bien las consecuencias de la soledad. “En mi trabajo veo muchas personas solas. Echan en falta a sus familiares, normalmente no lo dicen pero lo sientes en su mirada. Son miradas apagadas. Hablas con ellos y tratas de hacerles reír. La risa es la mejor terapia. A veces te dicen que no quieren seguir viviendo, no se quieren levantar de la cama… La presencia puede salvar una vida”.
JOSÉ MARÍN, VIUDO DE 81 AÑOS: "LAS NOCHES SE HACEN ETERNAS"
Con una mochila a la espalda y paso ligero, José Marín, 81 años, el mismo de la fotografía superior, se enfrenta a un nuevo amanecer. “Demasiados” amaneceres en soledad desde que falleció su mujer, Mª Carmen. “Murió y me quedé solo. Estábamos a punto de cumplir cincuenta años de casados. Desde los 13 años juntos…”, se expresa con un brillo que encharca unos ojos claros. Aunque tiene dos hijos, “la soledad se lleva muy adentro”, prosigue, “y al final cada uno tiene su vida”. La soledad de la que habla adquiere su pico más alto a partir de las seis y media de la tarde. “Al entrar en casa y sentarme”. Se hace un silencio. Cuesta hablar. “ Lo llevo lo mejor que puedo. Todos los días me dedico a practicar deporte. Entreno para seguir corriendo en pruebas populares. He sido corredor”, sonríe. “Pero hay momentos en los que te ves perdido y te hundes... Tratas de mantenerte activo para no pensar. Procuro mantenerme activo por lo menos 16 horas al día, pero las ocho restantes... Después de comer echo la partida donde los jubilados y a partir de las seis y media me quedo solo y me hundo. Abro las persianas porque temo la oscuridad. Las noches se hacen eternas”. Se despide Marín, ajustándose la mochila, y continúa a buen ritmo hacia uno de los gimnasios al aire libre de la comarca.
Otros paseantes se detienen ante la pregunta del periodista. Sin embargo, al escuchar la palabra “soledad”, gesticulan con inquietud: “Bueno, prefiero no...”.
ERIKA CLAVIJO, COCINERA SEPARADA DE 39 AÑOS: "COMBATO LA SOLEDAD CON RECUERDOS DE INFANCIA"
“Estando casada me sentía vacía y al separarme este vacío aumentó. Trato de ocuparme haciendo cosas, saliendo, relacionándome, cocinando… Te acaba dando todo igual. Estamos viviendo en un mundo más conectado virtualmente que presencialmente ”. Natural de Colombia, Erika Clavijo cuenta que les está sorprendiendo esta realidad. “La red familiar en mi país protege más a nuestros mayores. Aquí el cuidado de un familiar se suele delegar en otras personas”. Para combatir la soledad, aconseja dejarse caer en brazos del bienestar. “Hay que hacer algo que a uno le siente bien. A mí, por ejemplo, cuando me siento vacía, me gusta prepararme un helado de chocolate con pan desmigado por encima. Esto me transporta a mi infancia, así me siento menos sola”.


ANDREA CAMPAYO, DIVOCIADA DE 55 AÑOS: "SÍ SE PUEDE SALIR DE LA SOLEDAD, YO LO CONSEGUÍ"
Se divorció hace doce años y sintió que entraba en un túnel de “inseguridad”, lo recuerda mientras trabaja en la limpieza de una comunidad de vecinos. “Te sientes tan sola cuando te separas, crees que te falta apoyo y no sabes cómo tirar”. Andrea Campayo, como el resto de los protagonistas de este reportaje, reconoce que cuesta hablar, lo hace para ayudar. “Al principio, me quedaba encerrada, pero reaccioné, con el tiempo aprendes a vivir. Poco a poco, fui rodeándome de amistades y volví a relacionarme. Me obligaba a salir”, explica. “Vivir el duelo ayuda a ser consciente del estado en el que te encuentras, a pensar, a ser consciente, pero hay que salir de casa. Ahora veo mucha gente sufriendo esta soledad impuesta y me entran ganas de decirles que sí se puede salir adelante. Yo lo conseguí”.
GAGNE SIRÉ, IONE BERREGUERO Y ANA PALACIOS , ESTUDIANTES DE ADE DE 21 AÑOS: "HAY QUE HABLAR CON LA FAMILIA"
Esta cadena de voces contra la soledad continúa por el campus de la Universidad Pública de Navarra (UPNA). “La soledad es sentir que no tienes el apoyo de alguien cercano. Tiene que ser una tristeza muy profunda que nadie te quiera. Vemos mucha gente sola…”. Hablan Gagne Siré, Ione Berreguero y Ana de Pablos, estudiantes de ADE de 21 años. “Cuanto mayor es el grupo más sola te puedes sentir. Creemos que una de las herramientas más importantes para poder salir de todo esto es aprender a quererte, encontrar gente afín, apoyarte en tu familia. Hablar más con la familia”.
Entre olivos y rostros otoñales, se distingue también a dos estudiantes de la Universidad de Navarra.
NORA ZALBA Y CARLOTA GARDE, ESTUDIANTES DE ENFERMERÍA EN LA UNAV DE 19 AÑOS: "EN EL COLEGIO SE VIVE MUCHA SOLEDAD"
“Nunca nos hemos sentido solas por obligación, pero sí es cierto que la hemos vivido en el colegio y en la facultad. Observas que compañeros no salen de clase en los descansos y se quedan solas, sin relacionarse”, señalan Nora Zalba y Carlota Garde. “En el colegio se veía más”. Ambas coinciden en la importancia de “ponerse en la piel del otro, acercarse a estos compañeros y dejarles claro que no están solos”. También evidencian la urgente necesidad de un plan de acción contra soledad desde las instituciones para concienciar sobre lo que está ocurriendo. “En el colegio nos tocó acercarnos a una compañera que estaba sola, tratamos de incluirla en los planes. Fue en 1º de la ESO. Le dijimos si quería sentarse con nosotras. Respondió que vale, pero con miedo”. Ambas estudiantes dejan claro que la soledad es una forma de acoso escolar.


IOSU LARREA, ANA MENES, MARTINA MARTÍNEZ, ESTUDIANTES DE DERECHO EN LA UPNA DE 18 AÑOS: "LA SOLEDAD TE DEJA ATRÁS"
Suele suceder en Primaria y en la ESO cuando uno encuentra esta realidad. “Principalmente en el instituto. ¿Por qué sucede? Te dejan solo por la apariencia, por el aspecto físico, por la condición sexual de uno...”, responden los tres estudiantes de Derecho, dejando claro que ellos nunca han vivido este problema. “Se aparta a la gente por la manera de ser. Por cualquier detalle que marque la diferencia. El instituto es la etapa en la que te encuentras buscando tu lugar, por lo tanto el periodo más vulnerable para un joven. Una etapa en la que tratas de encajar”, siguen explicando Iosu, Ana y Martina. “Y es un tema que nadie quiere abordar para que no le ocurra lo mismo. Para no quedarte solo. Para no renunciar a ser parte del grupo y ser criticado. Te influye más estar en un grupo que ayudar a alguien a no estar solo. Pero, claro, esto ocurre también con los adultos... Al final, la soledad te acaba expulsando, te deja atrás en todo. Y esto sucede en una sociedad en la que resulta complicado hablar algo así con tus padres. Es difícil pedir ayuda en casa y a tus profesores. Creemos que hay que habilitar herramientas que ayuden a una educación personalizada. Conseguir la conexión con el profesor. Cercanía, confianza”. Asimismo, siguen hablando, “los adultos deberían darse cuenta de que no pasan el tiempo suficiente con los hijos por las interminables jornadas laborales. Hay que concienciar tanto para los jóvenes como para los adultos. La soledad nos preocupa, pero también otros temas, como los conflictos, las diferentes violencias hacia diferentes colectivos. Otra cosa, recibimos tanta información que no sabemos hacia dónde ir. No sabemos cómo informarnos. La salud mental nos preocupa mucho”.


ESTUDIANTES DE PRIMERO DE BACHILLER DE 16 AÑOS: " SE AÍSLA POR LA APARIENCIA"
La siguiente conversación se produce en un banco de madera, junto a la fachada de un colegio de Pamplona. Son cuatro alumnos de 1º de Bachillerato, los mismos de las fotografía inferior. Tres chicas y un chico de 16 años. “La soledad es incomprensión”. El primero en tenerlo claro y responder con rotundidad es el chico. “Este verano me ha pasado a mí. Me empecé a aislar de la gente por miedo e inseguridad. Seguía con mis amigos, estaba rodeado, pero me sentía muy solo, incomprendido. Ellos me preguntaban y les respondía que no me pasaba nada. Y me pasaba. Claro que me pasaba. Y no entendía por qué me sentía así. Creo que el cambio de colegio me marcó. Tenía miedo a lo que me iba a encontrar”. Se queda unos segundos en silencio. “Me equivoqué, hay que hablar las cosas y contar cómo se siente uno para poder escapar de la soledad”. Las tres compañeras comparten este miedo. “Se tiende a aislar por el aspecto físico. Por la apariencia”.


Coinciden con los jóvenes universitarios al apuntar al miedo. “Hay mucho miedo a salir del grupo”. Una de las estudiantes alude a una experiencia personal. “Un chico que conocemos se quedó solo porque le veían como una persona peculiar. Tenía una enfermedad y la gente lo aisló. En el colegio trabajamos el tema y nos acercamos a él. ¿Qué enfermedad? Autismo. Ahora mantenemos una buena relación”, asienten. “Vemos a muchos compañeros solos en el colegio. Hace falta más educación sobre este y otros temas. Tenemos que aprender a querernos más y a aprender a gestionar la frustración. Las redes sociales nos están haciendo mucho daño”, confirman.
“¿Qué nos preocupa? El futuro. Da miedo a fracasar después de estudiar tanto”. Por otro lado, admiten el nivel de sobreinformación al que están expuestos. “Necesitamos referentes, aprender a informarnos y recibir noticias más positivas que nos ayuden a avanzar”.