Entrevista 

Eduardo Ortiz de Landázuri: "Un diagnóstico irreversible te enseña cosas como que la ciencia y la fe están juntas y unidas dan más fruto"

Entrevista a Eduardo Ortiz de Landázuri realizada por Inés Artajo y publicada en Diario de Navarra en 1983

El médico Eduardo Ortiz de Landázuri, en 1983
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Ni en su soledad ni en compañia, pierde el rostro de Eduardo Ortiz de Landázuri la placidez y la serenidad. Con ningún tema. Ni siquiera con el de su enfermedad. Le esperanza del hombre está por encima de los conocimientos del Doctor. Su vida es un testimonio de profeaionalidad médica, de conducta humana y de fe religiosa
El médico Eduardo Ortiz de Landázuri, en 1983

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Inés Artajo

Publicado el 31/05/2024 a las 20:00

Lleva cincuenta altos de médico. Enfundado en su bata blanca ha diagnosticado miles de enfermedades mortales, ha expresado miles de veredictos finales. Sabe lo que se sufre cuando, como médico en el que se han depositado las esperanzas, se anuncia al paciente o a sus familiares un diagnóstico irreversible. Lo sabe por- que, dice, nunca ha ocultado la verdad -las causas y consecuencias de la enfermedad- a sus pacientes.

Ahora, enfundado ya en su traje de calle, sin bata blanca, sabe también lo que se siente frente a los médicos, frente a quienes de él han aprendido a decir la verdad, a expresar sentencias inamovibles sin falsos respetos. Porque de médico se ha convertido en enfermo. De los de diagnóstico irreversible: enfermo de cáncer, un mal que sabe que conviven con él desde el pasado 22 de agosto.

Y sabe que va a morir. Pero no como lo sabemos todos, ignorantes del cuándo y del cómo, sino que conoce su plazo. Sin embargo, dice que no sufre -«decir que no me asusta me parece una vanidad»- y que lo afronta con serenidad y con paciencia. Por eso, quizás, en su rostro no hay miedo, no hay terror ni desesperación. En el rostro de Eduardo Ortiz de Landázuri, médico de los vivos y de los moribundos durante 50 años, hay ahora, a los 73 años, tranquilidad.

La de un hombre que ante un final que sabe cercano ha desechado la elección del camino del miedo y ha optado por recorrer el camino de la esperanza para llegar a su muerte anunciada -«qué distinto recorrido para un mismo final»-. Un recorrido que, quizás, no sea comprensible para otros caminantes si les falta algo que en Eduardo Ortiz de Landázuri es innato, la fe -«la he tenido siempre y pido a Dios que ahora, cuando más la necesito, no me la quite»-.

Con su cáncer y su fe a cuestas, Eduardo Ortiz de Landázuri -don Eduardo en los ambientes de la Universidad, de la Clínica Universitaria y del Opus Dei- considera ahora que la muerte, enemiga y compañera de tantos anos de ejercicio de profesión, no es tan terrible cuando le toca a uno mismo. Y dice que, aunque le gustaría seguir en este mundo todavía cinco años más, acata y agradece la voluntad del Dios en quien siempre ha creído y confiado.

Se entristece, eso sí, al sentir que sus piernas están cada día peor -«una afectación nerviosa me las paraliza»-, pero no porque vea cómo se quiebra su cuerpo sino porque cada vez tiene menos fuerzas para desempeñar la última tarea que le han encomendado, la de pedir dinero para la Universidad y a la que no renuncia a pesar de su enfermedad porque, confiesa, quiere exprimir el limón, su vida, hasta la última gota.

Las otras gotas de este hombre, catedrático de Universidad y médico internista, han quedado en su hacer en la Facultad de Medicina de las Universidades de Granada y Navarra, en los hospitales de San Carlos en Madrid, San Juan de Dios y San Cecilio en Granada y en la Clínica Universitaria de Navarra, pionero de esta última y director hasta hace poco. Las exprimió atendiendo, recuerda, a unos quinientos mil enfermos para los cuales no supo de horarios - «a las 3 de la madrugada se puede salvar una vida y quizás a las 9 sólo puedes certificar una defunción»- y sí de atenciones y de hacer real una frase que hizo famosa en las clínicas por las que pasó -«el enfermo siempre tiene razón»- con la conciencia de que una conversación puede ayudar, más que un análisis, a establecer un diagnóstico.

Partidario de que el enfermo confíe en el médico, pide de éstos el estudio suficiente para merecer la confianza y la dedicación sin prisas para los pacientes -«una muerte se aceptará o dejará una espina clavada según el trato que haya dado el médico»-.

Ahora, en este otoño, cuenta que ha luchado por no dejar espinas clavadas. Por intentar ser buen médico y por intentar también santificar su trabajo, la meta de los hombres del Opus Dei, de donde Eduardo Ortiz de Landázuri es miembro activo -«si no fuera por el Opus Dei, no sé que habría sido de mi vida»-. Y en este repaso a sus 73 años de vida, sigue Ortiz de Landázuri, menos apegado al mundo y con el deseo aumentado que siempre, dice, rigió sus actuaciones -«mi único deseo ha sido y es el de ir al cielo»-.

EL DIAGNÓSTICO DEL DIÁLOGO

Médico hasta que la enfermedad le apartó de los enfermos, cuenta Eduardo Ortiz de Landázuri que no llegó a la Medicina por una especial vocación sino a través de la insaculación. La fama y el prestigio, sin embargo, fue tarea de miles de horas en una especialidad y no del azar.

Hijo de un artillero y nacido gracias a 25 duros -«era la renta que el Ejército exigía a mi padre para casarse»-, las represalias que en 1962 se dieron en España contra algunos militares -«mi padre estuvo prisionero en el fuerte de San Cristóbal»- hicieron que Ortiz de Landázuri se retrajera a la hora de ingresarse en el Ejército. Había pasado la niñez y la juventud pensando en vestir el uniforme y por eso, a los 16 años, para decidirse por algún estudio -«y con la idea de que todas las carreras son igual de bonitas y de fáciles si les dedicas estudio»- metió en una bolsa aquéllas que podrían cursarse en Madrid.

- No tuve mucha imaginación. Derecho, Medicina, Ingeniería... Salió Medicina. Estudié y mucho. Y me gustó, porque todo lo que se estudia gusta y más cuanto más lo estudias.

Y precisamente con esas horas y días ante los libros se fue apagando en Ortiz de Landázuri una preocupación inicial. La del temor que le causaba el que un día pudiera encontrarse solo, como médico de guardia, y le llegara un enfermo -«me preocupaba por el enfermo y por mí»-. Un enfermo sin rostro daba agonías a aquel estudiante que luego, de médico, conquistó el calificativo de «eminencia» y ha atendido a cerca de medio millón.

La especialidad de internista no fue dudosa para Ortiz de Landázuri que, en Madrid, aprendiz del hacer de Jiménez Díaz. De su hacer en la ciencia médica y de su hacer en el trato a los enfermos. Más que discípulo aplicado era entonces Ortiz de Landázuri una esponja que todo lo absorbía y que luego exprimió porque dice, dos son las tareas del médico: curar y enseñar.

Para curar y enseñar ingresó como médico en hospitales de Madrid y después consiguió cátedra en la Universidad de Granada y plaza, ya como internista famoso, en clínicas de la capital andaluza. Eran años de fama para el médico que, por aquellas tierras, duraron hasta 1958.

A la fama en su especialidad -«llegaban gentes de toda Andalucía»- le siguió el halo de médico caro y pronto se le empezó a conocer, se ríe Ortiz de Landázuri como el «médico de las 500 pesetas», cuando otros especialistas cobraban 50 o 100. Era el precio por consulta que le impuso Jiménez Díaz y que partía de dos raíces: Ortiz de Landázuri era una eminencia y, además, cualquiera podía ir a su consulta, de forma gratuita, si acudía al hospital donde trabajaba.

-Pero no. Llegaban gentes a Granada que no querían que les viera Ortiz de Landázuri ni querían acudir a un hospital. Quería que les visitara el médico de las 500 pesetas. Como si la salud fuera cuestión de precio, de pagar más. Entonces pudo hacerme rico. Ganaba mucho dinero, mucho más que cuando vine a Pamplona. Pero aquello lo dejé, porque cuando se tiene todo, no se tiene ya ilusión por nada. Ahora veo que de haber seguido en Granada hubiera acabado por hacer lo de otros acaudalados: comprar un cortijo y unos olivos.

Un desastre, comenta Ortiz de Landázuri que, dice, salvando las diferencias y sin atribuirse aureola de santidad, emprendió el camino de la renuncia que antes había recorrido San Mateo, primero recaudador de impuestos y hombre rico, después apóstol pobre y sin apego al dinero perdido.

Era 1958 cuando Ortiz de Landázuri, médico famoso, catedrático y vicerrector de la Universidad de Granada y ya miembro del Opus Dei, casado y padre de 7 hijos, cambió su forma de vida y su economía para asentarse en Pamplona -«lo que tú digas, me respondió mi mujer»-. Aquí, dice, sólo había ilusión y pocos medios para levantar una Facultad de Medicina recién inaugurada y para crear un hospital universitario, la Clínica.

Al llegar a Pamplona rechazó la posibilidad de abrir una consulta en Carlos III, foco seguro de fama y dinero, y pidió un pequeño consultorio en la Facultad de Medicina, después ampliado al pabellón F, antes para tuberculosos, del Hospital de Navarra.

Desde entonces mismo, un hombre enfundado en una bata blanca paseaba días y noches sentado en las camas de los enfermos -‹en el borde de una cama nace el diálogo y la confianza, tan esencial para un buen diagnóstico›-. Porque Ortiz de Landázuri, durante 50 años, ha practicado la Medicina a su modo. Y ha sido la suya una forma de hacerla que rompía con los esquemas de los horarios y de las visitas exclusivamente técnicas, convencido de que la unidad de la enfermedad no es sólo física, sino que un diagnóstico y un tratamiento pasa por el conocimiento de la unidad individual de la persona.

REYES Y POBRES

Dicen de él que al día acudía dos veces diarias, como mínimo, a las habitaciones de los enfermos y que sus visitas eran de amigo. Y cuentan, él lo recuerda, que cualquier noche, con su bata blanca, acudía a revisar una cura, a plantear un «qué tal esté» o a pasar consulta.

- Los enfermos necesitan atención, hay que estar pendiente de ellos. Y la misión del médico no es sólo curarlos. Hay que darles cariño, confianza y ganas de vivir, que a algunos les falta. Porque, aunque la medicina esté por encima de la voluntad de los hombres, unas ganas de vivir siempre ayudan.

Ortiz de Landázuri, al igual que Jiménez Díaz, ha dejado una estela de eminencia en la Medicina Interna. Cuentan que su nombre atrajo a miles de enfermos a la Clínica Universitaria. Y dicen que la gente llegaba, además de por su fama, porque de boca en boca de pacientes y de familiares de enfermos corría el trato humano que daba el médico.

Confiesa Ortiz de Landázuri que para él todos los enfermos han sido iguales y que ni el dinero ni la posición social influían en su hacer. Porque para el médico estaba claro que a un rey no podía atendérsele mejor que a un enfermo pobre y porque él mismo atendía a los pobres enfermos como a reyes.

-La enfermedad no sabe de horarios ni de dinero, al igual que los buenos médicos. Qué me importaba a mí no cobrar a quien necesitaba curación. El dinero lo dejé cuando renuncié a hacerme rico en Granada. A quien no me ha podido pagar no he cobrado, y han sido muchos. Estoy contento por eso mismo.

Cobraba Ortiz de Landázuri, hasta que ta enfermedad minó su cuerpo, un sueldo mensual rondante a las 250.000 pesetas y ahora, jubilado, se ha quedado en las 150.000. Dice que no se ha hecho rico y que el poco dinero que tenía lo invirtió en pisos para sus hijos. Ahora, cuenta, guarda una pequeña cuantía para que su familia -«si los impuestos le dejan»- haga frente a la vida cuando le llegue la muerte.

De números, lo único que le importa ahora a Ortiz de Landázuri es conseguir dinero para la Universidad -«voy pidiéndolo a casas y empresas. Pedir es bonito, no me avergüenza, porque ves que la generosidad humana es grande»- y dice que tiene gracia para sacarlo.

Confiesa que, aparte de curar enfermos, ésta es la misión más bonita que le ha encargado el Opus Dei, a donde Ortiz de Landázuri llegó en 1952 a vivir el cristianismo mediante la santificación diaria en el trabajo.

- Ciertamente no soy más que un cristiano corriente que ha tratado de santificar se trabajo y que de no haber ingresado en el Opus Dei ahora no daría dos duros por lo que hubiera podido ser mi vida.

Consciente de que hay santos de todas las clases -«claro que se puede ir al cielo sin ser de la Obra»- dice que a él le ha mejorado humana y espiritualmente -«quizás yo hubiera sido ahora un agnóstico»-. Comenta también que el Opus Dei cuenta con el reconocimiento de la gente y dice que él no ha visto odios hacia la Obra, que la gente la respeta y que, si acaso, se ha encontrado con gente recelosa por puro desconocimiento de lo que es -«algunos recelan porque piensan que quieres catequizarlos»-.

Este hombre que en la guerra luchó en el bando republicano -«que Dios no nos mande nunca más una guerra civil»- no está de acuerdo con quienes advierten que el Gobierno socialista está contra el Opus Dei -«aunque algunos ministros mantengan posturas contrarias a nosotros»- y dice que, aunque se sienta más cerca del centro derecha, Felipe González es, quizás un buen muchacho -«no estoy de acuerdo con él en las mismas cosas en que él está en desacuerdo conmigo»-.

Añade el médico que para él ni la política ni la religión -«creo en la libertad»- le han sido impedimentos para curar a cualquier enfermo.

- Soy religiosos y apolítico, pero respeto a los que son distintos. Me conformo con ser un hombre de orden y no digo que los que piensen distinto a mí sean gente de desorden. Sólo que miran la vida de distinta forma.

LA VERDAD PARA LA DIGNIDAD

Cuenta el afamado internista, testigo de muchas agonías y marchas, que la muerte, en general y salvo aquellas aparatosas e inesperadas, no son tan duras como la gente cree. Dice que si alguien muere en plena vida, el desenlace es súbito y apenas si la persona se entera de su marcha. Y consuelan también sus palabras cuando confiesa que a una agonía, quizás tormentosa, sigue después una muerte dulce porque, él lo ha visto, a medida que el final se acerca el cerebro pierde la sensibilidad fisiológica y la agonía, ya de por sí, trae el estado de hipoestesia -«la propia muerte se encarga de no ser tan dura como nos parece»-.

Dice Ortiz de Landázuri, diagnosticador de las despedidas, que un enfermo que va a morir quizás no sufra tanto como los familiares que le rodean. Porque cuando se llega a ese trance final, el enfermo no es que se desentienda de lo que le rodea, sino que entra en una zona de nadie en la que se encuentra a sí mismo. Y ese encontrarse, unido al instinto de conservación, le permite afrontar la situación con más paz.

La consecución de la paz del enfermo es una de las causas que sirvieron al médico para perder los falsos respetos, para inclinarse y elegir el camino de la verdad. La de que el paciente conozca su destino con dignidad para que con dignidad afronte su enfermedad y lo que pueda traerle.

- No me ha gustado esforzarme por disimular las enfermedades mortales, sino que he preferido esforzarme en salvar vidas y, cuando no podía, en respetar la dignidad del enfermo que tiene derecho a saber qué pasa en su cuerpo, por qué se le opera, qué pasa con su vida.

Confiesa además que decir la verdad a un enfermo siempre traerá más confianza hacia quien lo cuida y vela por él -«sabe que, además de su instinto de conservación, hay otra persona que luche por su vida»- y, también, lo cree necesario para que cada quien, dentro de su libertad, adopte el camino que crea más conveniente en unas horas que pueden ser las últimas -«unos quieren tomar determinaciones humanas, otros quieren ponerse a bien con Dios, otros no hacen nada. Pero aún así, tienen derecho a saber que su vida se acaba»-.

Pero, partidario de la verdad, no es amigo Ortiz de Landázuri de las palabras descarnadas y duras, sino de la verdad dicha con caridad, con cariño y con consideración. Sin mentir y sin aparentes discreciones.

Una verdad que, advierte Ortiz de Landázuri, causa reacciones distintas en los primeros momentos -«las familias hablan de buscar otros médicos como si los límites no estuvieran en la medicina»-, pero que al final se acepta con serenidad porque, él lo ha visto, la grandeza humana es mayor de lo que la gente cree.

-Por eso, si es por miedo a la reacción del enfermo, que nadie, por falsos respetos tenga temor a que no se le administren los últimos sacramentos. No me meto en que no se los den por falta de fe. Eso allá ellos, pero no por miedo a que la impresión acelere su muerte. Nunca he visto que se acelere, bien al contrario. Dan al enfermo más tranquilidad y más paz y eso unido a que nunca acaba en una persona el instituto de la conservación.

Confiesa Eduardo Ortiz de Landázuri que de los 500.000 enfermos que ha visitado, muchos -«al final todos, no nos hagamos ilusiones»- han muerto y cifra la mortalidad de su especialidad en un 5 por ciento. Dice que estas muertes, sin embargo, no las recibe como un fracaso profesional porque distingue Ortiz de Landázuri entre aquellos pacientes que mueren reglamentariamente -«dan pena, pero no hay solución para ellos»- y los que se van por culpa de los errores médicos. No haberles aplicado a tiempo un tratamiento o no haber sabido aplicarlo cuando de él dependía la supervivencia.

De los fracasos médicos le preocupa sobre todo al especialista la no atención al enfermo y la desidia de algunos médicos -«las necropsias cada vez hablan más claro»- y dice que entonces no hay lamentos que valgan sino actuaciones a tiempo porque un médico está para curar todo lo posible y no para lamentarse. A Ortiz de Landázuri le preocupan los que llama «médicos no buenos», que miran más el reloj que al paciente y que buscan más sus horas de descanso que las empleadas en diagnosticar.

- Gracias a Dios hay pocos casos, porque las enfermedades curables suelen venir de cara. Pero es lamentable que alguien se muera por un descuido. ¿Demandas a los médicos? Quizás habría que hacerlas... Yo no soy partidario porque al final no devuelves a nadie la vida, porque los errores son humanos. Pero hay errores tan duros... Lo que no admito, sin embargo, es que el médico no trate bien al paciente y a su familia, y eso implica, además de cariño, atención médica constante. Una muerte por falta de atención deja en una familia una espina clavada que nunca se sacará y mayor en el médico. Creo que no habría peor remordimiento que el haber descuidado las vidas de los enfermos, que son sagradas.

Añade el médico que una buena atención no impide una «bronca con cariño» al enfermo si es para hacerle reaccionar y aún apunta que al paciente hay que evitarle sufrimientos. Por eso, aunque se le desgarra el alma al pensar en que llegará un momento en que se implantará la eutanasia -«quién es dueño de la vida para matar al enfermo o al no nacido?»-, confiesa Ortiz de Landázuri que tampoco es partidario de mantener vidas artificiales si el cuerpo sigue en este mundo sólo por la conexión a máquinas -«eso no se puede hacer, la muerte no es tan indigna como los sufrimientos sin esperanza y Dios decidiré si ese cuerpo sigue o no vivo sin máquinas»-.

Y también por dignidad habla Ortiz de Landázuri que los enfermos, cuando no hay medios técnicos que los curen en los hospitales, están mejor en sus casas, con su gente. Pero, eso sí, siempre que esa vida no pueda agarrarse al mundo en un hospital.

CONVIVIR CON EL MONSTRUO

Como Adriano, el emperador romano de la Yourcenar, supo que ni una caída de caballo, ni una traición romana ni la peste acabarían con su vida, porque su cuerpo y los médicos le hicieron conocer el perfil de su muerte, Eduardo Ortiz de Landázuri ha aprendido a reconocer, durante estos dos últimos meses, el rostro de la que será la suya.

La está esperando desde entonces y si todavía no la hora, conoce el lugar y vislumbra ya el modo. Todas aquellas incógnitas que a la mayor parte de los hombres les impide distinguir con claridad el fin hacia el cual, cada minuto, cada hora y cada día, avanzan.

Le queda por conocer todavía el rostro final -«no sé tanto sobre ella, los tumores son tan distintos...»-, pero ya ha aprendido y se ha acostumbrado a la convivencia con ese monstruo interior que un día devorará su cuerpo, la materia que menos le importa al médico al que, dice, la ciencia y la fe, en conjunción y no por separado, le han enseñado y sostenido.

Ortiz de Landázuri, médico de la verdad y no de los falsos respetos, fue el primero en ver las placas de su cuerpo y en descubrir la existencia de un tumor. El primero también en saber que necesitaba pasar por el quirófano cuando una biopsia le confirmó que el tumor que crecía era cancerígeno. Ahora, aunque de cualquier forma lo hubiera adivinado, agradece que los médicos hayan sido, como él les enseñó, claros. Y aún le reconforta -«la verdad hay que decirla con caridad»- escuchar las esperanzas finales de que le han extirpado todo el mal que han podido -«me dicen que me lo han quitado todo»-.

Por eso, sabiendo de su dolencia y de que su futuro es incierto, aún dudando de si el temor desembocará o no en metástasis -«quizás me coja el cerebro, el hígado, o no se dé la metástasis»- dice que prevé -«y lo digo sin tristeza»- que enseguida le tocará morir.

- La noticia de mi enfermedad irreversible la recibí tranquilo, aunque no me la sospechaba. Es tan misterioso el nacimiento y desarrollo de un cáncer, tan distinta su evolución... En mi familia causó dolor, pero todos acogimos el descubrimiento con paz. Un diagnóstico irreversible te enseña muchas cosas. Te hace ver, como yo siempre he creído, que la ciencia y la fe están juntas y que unidas dan mucho más fruto. Y también comprendes que la muerte no tiene tanta importancia, sobre todo cuando le toca a uno.

Dice Eduardo Ortiz de Landázuri que llega un momento en la vida en que morirse no es tan fundamental y confiesa que esta aceptación de la realidad no le va a hacer diferente a otros hombres que también han pasado por estos trances. Porque, cuenta, aunque no puede decirse que morir no tiene ninguna importancia, hay que aceptar la muerte con serenidad.

-Dicen que Dios da conformidad y es cierto. Ahora me he hecho a la idea de que voy a faltar del mundo y no voy a decir que no estoy asustado. Eso sería una vanidad. Y tampoco voy a negar que preferiría pasar este trance sin dolor. Acepto, sin embargo, lo que Dios quiera darme. Tengo fe en él y ahora, lo que más le pido, es que esta fe que siempre me ha acompañado no me abandone ahora, en mi hora final, cuando más la necesito.

Eduardo Ortiz de Landázuri comenta que se encuentra relativamente bien -«aunque no soy lo que era hace cuatro meses, que estaba hecho un jabato»-, aunque las piernas, a las que, cuenta, en la vida cansó más que a la cabeza -«ahora se resienten más por el mal trato que les di»- no le obedezcan como antes.

-Tengo una afectación nerviosa, pero he procurado acostumbrarme a ellas, para aguantarlas el tiempo que Dios me conceda de vida.

Con esa serenidad que nace de sus palabras, apaciblemente y sin ninguna desesperación, y aún con la alegría de ver cumplida la voluntad de Dios, Ortiz de Landázuri prepara también a su familia para cuando él no esté -«me gustaría que no le faltara nada cuando yo me vaya»-. Y ahora como si todo estuviese lejos, les habla del lugar a donde irá. Primero a la tierra -«me da igual una sepultura, un nicho o la fosa común. Ni tengo dinero ni vanidad para ocupar un panteón»- y después al lugar al que, cuenta Eduardo Ortiz de Landázuri, siempre ha querido ir.

-Eso es lo único que de verdad me preocupa. Quiero ir al cielo. Sí, creo en el cielo. El lugar donde gozaré de la presencia de Dios. ¿Cómo? Mi mente es demasiado limitada para entenderlo y explicarlo. Pero allí quiero ir.

Y Ortiz de Landázuri, que cree también en el infierno y en el purgatorio -«desgraciadamente existen»- espera, dice, que en la balanza final pesen más sus trabajos buenos, la santificación que buscó atendiendo y curando enfermos, que los errores humanos y profesionales que pudo tener.

- He intentado pasar por la vida haciendo el bien que he podido. Lo he intentado, ero no quiero que me digan que lo he conseguido, porque me asusta mi posible vanidad. Quiero ir al cielo y allí no hay sitio para los vanidosos.

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