Ricardo Zoco Esparza, funcionario foral


Actualizado el 07/04/2024 a las 08:56
El pasado martes 2 de abril falleció en Pamplona Ricardo Zoco Esparza (1933-2024), hijo de Daniel y Carmen; esposo de Isabel Lampreabe; padre de Mª Carmen, Ricardo, Javier, Alfonso y Daniel, abuelo de doce nietos. A todos ellos, a sus hermanos, particularmente por razón de proximidad en edad y trato, al menor Pedro y Sole, y hermanos políticos, en especial al amigo Ildefonso y Maite, mi condolencia por la pérdida del patriarca de la familia, el bueno de Ricardo, ejemplo de navarro profundo, con oriundez paterna en Aibar y materna en Pitillas.
Cuando cae el telón en la vida de un familiar, de un amigo o de una persona con la que has convivido, tratado y creado vínculos de afecto personales y profesionales, vienen los recuerdos, te planteas qué hubiese querido él que se dijeses en un momento amargo para sus más próximos, aunque fuera previsible y cierto. Es difícil resolverlo cuando el sentimiento impide que broten las palabas y las lágrimas nublan los ojos de Maribel, hijos y nietos que tanto le quisisteis.
La despedida de Ricardo en el cementerio de San José en Berichitos me hizo recordar al más ilustre navarro, Ramón y Cajal, cuando decía: “La muerte constituye la única, profunda e inexorable realidad. Por eso no la mentamos, y yo tengo para mí, que esta incomprensible despreocupación representa una de las dádivas más generosas de la Naturaleza”. Ante el panteón familiar, recordando los nombres de los hermanos que precedieron a Ricardo (Mª Santos, Javier, Ignacio) confirmé la razón del sabio de Petilla: “El fin práctico de la civilización consiste en obligar a la muerte a hacer cada día más larga la antesala delante de nuestra alcoba”. Pero termina pasando y llevándonos por su camino, ciertamente inexorable.
Para un creyente comprometido como Ricardo el transito ha sido el momento que invocaba el poeta Mena Cantero: “Enterraré mis dudas / para que broten certidumbres, / en el lugar aquel / donde todo se ve algo más claro”. Le llevó al encuentro esperado con el Padre, la Virgen de Zuberoa, el Santiago de Garde y todos los suyos, momento duro para los vivos y glorioso para los muertos, celebrado por el salmista: “Preciosa es a la mirada del Señor la muerte de sus piadosos” (Ps. 116, 15). A pesar de todas las creencias trascendentes y de las palabras de consuelo, quedan en los suyos el dolor y el recuerdo, que son tan humanos como sus afectos.
De la vida larga y fecunda en lo personal y profesional de Ricardo he buscado deducir cual fue la motivación del impulso vital que movía al mayor de los hijos varones del secretario-organista del Ayuntamiento de Garde, cuando jugaba en el frontón, bailaba el “thun thun”, cantaba, aprendía como un buen alumno en la escuela, actuaba de monaguillo de las misas en latín, hinchaba el fuelle del órgano parroquial y, a pesar de las recomendaciones familiares, exploraba con otros amigos la ermita de Zuberoa, los altos de Algalleta, Cucula y Dozola, y los barrancos de Gardalu y Pintado. En casa aprendió con su padre la solfa y se fue haciendo un melómano, como toda la familia. Para mí que el primer impulso tuvo sus raíces en la vida rural, la educación, religiosidad, laboriosidad, honradez y servicio a los demás que vió y aprendió de sus padres y los buenos maestros de la villa roncalesa. No le abandonaron nunca y siguieron guiando su conducta en sus estudios y vida profesional, porque los tenía encarnados en su identidad.
De Garde vino a Pamplona a estudiar el bachillerato en el Instituto Ximénez de Rada y realizar una parte de la licenciatura en Derecho. Ingresó en la Diputación como auxiliar administrativo, se promocionó a oficial y ocupó destinos en Administración municipal y en la secretaría del diputado Félix Visus. Creado el Tribunal Administrativo de Navarra por el Consejo Foral en 1964 ocupó su secretaria administrativa y gestora. En esa función se entregó Ricardo, junto con Inmaculada Garro, a dotarle de medios, a resolver las cuestiones organizativas, a formalizar los procedimientos y tramitar los recursos, construyendo una institución foral que adquirió gran relevancia en el control de legalidad de las entidades locales. En ella puso lo mejor de sí mismo y toda su vocación de servicio público. Contó con sus superiores los vocales del Tribunal, que lo tenían como el apoyo imprescindible a su labor de estudio, deliberación y votación de las resoluciones que ponían fin en vía administrativa a los conflictos de los vecinos con sus corporaciones. En este puesto se dedicó a una parte muy especializada de la vida local navarra que le era tan querida por vivida, contribuyendo a su legalización y a dotarla de autonomía con la reducción del control que hasta entonces ejercía la Diputación.
Ricardo Zoco dedicó la mayor parte de su vida a la labor de funcionario foral, demostrando que, más allá de lo profesional y de ser el medio para poder constituir una familia con Maribel, una de las hijas de D. Ildefonso, farmacéutico de Roncal, había una vocación que le movía. Como había aprendido de su padre, su impulso vital era el servicio público, la atención a las necesidades colectivas, servir con honradez y objetividad a los intereses generales. Esta actitud, producto también de su bondad natural, hicieron que fuera amable y correcto con todos, superiores, subordinados, compañeros o personas a las que atendía con delicadeza y, muchas veces, grandes dosis de paciencia. Por ello fue considerado siempre un funcionario foral ejemplar que, con su buen hacer, contribuía a resolver los problemas mostrando la cara amable, servicial y garante de la Administración foral.
Al terminar la despedida a Ricardo en la ciudad de los muertos, pasé por el mausoleo de D. Pablo Sarasate y volví a leer una de sus leyendas que apliqué inmediatamente a aquél, en la que estaremos de acuerdo la familia, los amigos y cuantos lo conocimos: “La bondad de su corazón le hizo ser amado de cuantos le conocieron. Su memoria será siempre conocida”.
El autor es amigo del fallecido