Obituario

Ana Barber Cárcamo, catedrática de la universidad de navarra

Ana María Barber Cárcamo
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Ana María Barber Cárcamo
Ana María Barber Cárcamo

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Juan Cruz Alli y Loli Turrillas

Publicado el 20/03/2024 a las 08:49

Su familia, amigos y compañeros sabíamos de la enfermedad de Ana, pero también de su vitalidad, afán de superación, tenacidad en el esfuerzo y confianza en la ciencia y los tratamientos, propias de su condición de científica experimentada en la vida y la fisiología humanas. Así lo transmitía con su encanto, dulzura, serenidad habituales y sólidas convicciones, porque: “Mi muerte no me asusta, la conozco / de sobra, por oficio / pienso en ella a diario, la requiebro / y me dejo querer. La veo venir / de lejos, perezosa, porque sabe / que, en cuanto llegue, ella se marchará conmigo” (García-Máiquez, ‘Una muerte’, Verbigratia).

En la madrugada del sábado 16 de marzo falleció Ana, llenando de dolor a su esposo Javier, a sus hijos Ana, Miguel, Beatriz e Isabel, a sus once nietos, hijos políticos, hermanos, familiares, amigos y compañeros. La muerte ha sido temprana, a los 75 años, cuando ya disfrutaba de la jubilación de muchos años de trabajo fecundo, honrada con la condición de catedrática emérita de la Facultad de Farmacia y Nutrición de la Universidad de Navarra.

Cuando hacemos balance de la vida de Ana hemos de destacar que su cuerpo menudo encerraba una inteligencia asombrosa, una gran simpatía, una amabilidad ilimitada y la tenacidad de una investigadora, que no se dejó tentar por la facilidad. Fue capaz de dedicar una buena parte de su vida a investigar la asimilación de los azúcares en el intestino de un tipo de caracol hasta conseguir su doctorado con premio extraordinario. Recibía con buen humor y sonrisa las bromas sobre el tema, consciente de que en la biología y la fisiología el trabajo, aparentemente curioso, es fundamento de mejoras en la vida y los tratamientos de la enfermedad. Siguió haciéndolo sobre otros nutrientes y la actividad, características y regulación de los transportes de membrana, con una importante obra de más de cien publicaciones, comunicaciones a congresos, dirección de tesis doctorales y proyectos de máster. Una gran científica navarra que transmitió el conocimiento en sus clases sobre Biología, Fisiología Humana y Animal y Endocrinología. En toda su trayectoria siguió el consejo de Xenius: “La verdadera gloria estará en que, dentro de cuatro siglos el ojo curioso o conmovido de un lector encuentre rastro de tu nombre o de tu obra y de lo que él y ella trajeron de excelencia o de mejoría, en un tratado sobre el oficio que ahora ejerces y que constituye la razón y la dignidad de tu vida” (E. D’Ors, ‘Aprendizaje y Heroísmo’).

Hizo compatible su brillante carrera profesional con la formación de una espléndida familia con su compañero de estudios Javier Marcotegui, que se dedicó a la docencia, la gestión académica y de la educación como delegado ministerial y consejero del Gobierno de Navarra. Fue el mayor admirador de la vida y obra de su mujer y madre de sus hijos: “Ana puede con todo”. Confirmaba que era una “mujer fuerte”, como la bíblica, que “valía mucho más que las perlas… En ella confía el corazón de su marido…Proporciónale ventura, no desgracia, todo el tiempo de su vida…, Con sabiduría abre su boca, en su lengua esta la ley de la bondad…, Alzanse sus hijos y la aclaman bienaventurada, y su marido la ensalza” (Pr. 31, 10-28).

Su aparente fragilidad encerraba un ánimo lleno de fortaleza y generosidad, cuya última lección magistral ha sido la serenidad en la enfermedad, su asunción sin transmitir angustia de lo que para ella era, por oficio, perfecta conocedora, porque la vida es “enigmática, y como / a su antojo nos mueve y nos asombra siempre / -para bien, para mal- con casi todo aquello / que nos da o que nos quita” (E. Sánchez Rosillo). También en esto ha sido ejemplar, siendo consciente de que “la muerte espera siempre, entre los años, / como un árbol secreto que ensombrece, / de pronto, la blancura de un sendero / y vamos caminando y nos sorprende.” (J.L. Hidalgo).

Toda su vida ha sido entregada, generosa y ejemplar, con conciencia y conocimiento científico del fin, porque “desde que nacemos, / su paso, lejano o próximo, huella / el mismo sendero por donde corremos / hasta dar con ella” (M. Machado). Con su marcha ha quedado “la fuente muda, / y está marchito el huerto. Hoy sólo quedan lágrimas / para llorar. No hay que llorar, ¡silencio!” (A. Machado, VII).

Ana duerme el sueño definitivo y verdadero en la casa del Padre, junto a los que le han precedido, alcanzando, sin quererla, la aspiración del poeta: “Quisiera brillar con las estrellas, alto; / Jamás descansaré, arderé siempre” (Hidalgo, ‘Ante el muerto’). Estás en tu familia, en tus amigos, en tu obra científica y en el recuerdo de los exalumnos que disfrutaron de una buena maestra.

Los autores son amigos de la fallecida

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