Antonio Palacios Alzórriz, agustino recoleto pamplonés


Publicado el 03/01/2024 a las 05:00
El pasado 16 de septiembre falleció a los 76 años en Valladolid Antonio Ramón Palacios Alzórriz, hijo menor de Segundo y Begoña, hermano de Pablo, Tomás y Pili, familia que, como sus vecinos de Paulino Caballero 1, los Antón-Alli, estuvieron muy vinculados a la Escolanía de San Antonio de los capuchinos de Carlos III. Ahí surgió la vocación religiosa de Antonio realizada con los agustinos recoletos de la provincia de San Nicolás de Tolentino, formándose en Lodosa, Marcilla y Monteagudo, ordenado sacerdote en 1971. Durante tres años residió en Inglaterra en una “total inmersión” para conocer la lengua y ser destinado a Filipinas.
En todo tiempo y lugar Antonio demostró que su vocación no era la de un “contemplativo”, sino la de un “operario” del Señor, entendiendo su vocación como la de un religioso al servicio de los demás y un ejecutor de obras que beneficiasen a los más necesitados. Su carácter activo, esforzado y tenaz le llevaron a aportar su iniciativa y trabajo en los lugares y encomiendas que le hicieron sus superiores, en total sintonía con su general Javier Pipaón y el provincial Carlos Imas, ambos tan navarros y corajudos como él.
Las Filipinas fueron el marco de su vocación y obra, tanto en responsabilidades internas de la orden como en proyectos sociales. La pujanza agustiniana en las islas era terreno abonado para las vocaciones religiosas, la formación, la organización y la intensa labor social de los “recoletos”: Colegios, universidades, obras sociales, centros de salud. En todas ellas se implicó cuando estaban en marcha o inició nuevos proyectos.
Ayudó a la expansión de la parte contemplativa de las recoletas con la creación de un monasterio en Bacolod con varias religiosas españolas, que de inmediato recibió postulantes y novicias filipinas; algunas de ellas vinieron a España a los monasterios con más ancianas y menor número de vocaciones. Completaron en esa vertiente a la comunidad de recoletas filipinas dedicadas a la vida activa, fundadas por una religiosa de origen navarro, María Josefa Borces Mina.
Entre sus obras sociales hubo una a la que se entregó y para la que logró colaboración directa del Gobierno de Navarra, el Centro de Salud de “Handumanan” San Ezequiel Moreno de Bacolod. Cada viaje supuso ir mejorando su dotación con elementos desechados del Hospital de Navarra, que fueron muy útiles, desde aparatos de Rayos X a camas, todo “era bueno para el convento”, decía, organizando un contenedor y un flete; además de ayudas directas para las inversiones y el mantenimiento.
TRABAJO MISIONERO
Con el apoyo de su hermano Tomás se convirtió en promotor y constructor de viviendas de bloques de hormigón en Bacolod. Cuando los profesores de la Universidad las vieron pidieron que también se ejecutaran para ellos, y así lo hizo.
En cada visita a España hacía rondas de contactos a instituciones, empresas y personas para conseguir apoyos económicos y materiales para sus obras. Como todos los proyectos llevaban el nombre del más reciente santo agustino recoleto, el riojano Ezequiel Moreno, extendió su labor de captación de recursos a la comunidad vecina.
Frente a lo que aquí se pensaba, ni para Antonio ni sus superiores hubo dificultad en mantener y apoyar las misiones agustinas mantenidas en China, sus iglesias y obras sociales, como el colegio para huérfanas de la misión de Shangqui en Henan.
En 1998 el capítulo provincial decidió segregar la vicaría de Filipinas y convertirla en una nueva Provincia de San Ezequiel Morenos. Su integración con el pueblo y el país le hizo ser uno de los españoles que quedó allí, como uno de los “últimos de Filipinas” hasta que en 2001 se reintegró a su provincia de origen, incorporándose a la parroquia de San Anselmo del Bronx neoyorkino, en la que ejerció de párroco durante quince años, colaborando en el colegio adjunto, siendo conocido en el popular barrio como “Father Tony Palace”.
Regresó a España en 2016 residiendo en la curia provincial hasta que pasó a la residencia de Valladolid cuando se agravaron los signos de su Alzheimer. El mismo día y lugar de su fallecimiento ocurrió el de otro de los “filipinos”, el historiador y profesor riojano, formado en los centros agustinos de Navarra, Germán Chicote, que ejerció en Manila, San Carlos, Cavite, Cebú y Mira Nila. Tiempo antes había fallecido en accidente el navarro Clemente Jubera, amigo y condiscípulo de mi padre, que vivió toda su vida en las islas y sufrió la invasión japonesa, la guerra y la persecución.
Tanto en Filipinas como entre la variada población del Bronx su carácter abierto le hizo relacionarse con todo tipo de personas, ayudarles en cuanto pudiera y ser una referencia española y navarra. Puede comprobar su trato y amistad con las autoridades, con el cardenal Sin de Manila, el embajador español Morales y el cónsul Gómez Acebo. De entre la colectividad española mantuvo amplia relación con todos, particularmente con los navarros como Isabel Hualde de Pamplona, José Galdeano de Aberin, familias Urdaneta y Valmayor de antigua raigambre en las islas.
Su vida ha sido fecunda y ejemplo de la entrega de un religioso navarro a los más humildes y necesitados. Tras su muerte recordamos las palabras de su padre San Agustín que Antonio siempre tuvo presentes: “La muerte no es nada. Yo sólo me he ido a la habitación de al lado. Yo soy yo, tú eres tú. Lo que éramos el uno para el otro, lo seguimos siendo. […] La vida es lo que siempre ha sido. El hilo no está cortado. ¿Por qué estaría yo fuera de tu mente, simplemente porque estoy fuera de tu vista?”.
El autor es amigo del fallecido.