Obituario
Conchita Aranguren Lumbreras, pionera del atletismo navarro, esposa, madre y abuela


Publicado el 08/12/2023 a las 12:12
El pasado 2 de diciembre, a los 77 años, falleció Conchita Aranguren Lumbreras, viuda de José Manuel Campo, madre de Idoia y Toño, y Mila; abuela de Naroa, Lucía, Leire, Irene y Elsa; hermana de Elena y Mari José; tía de Roldán. Su marcha a la otra vida sumió en el dolor de la pérdida de una persona entrañable a su familia y amigos, para los que ha pasado a ser una estrella brillante que les seguirá alumbrando con su ejemplo y recuerdo para seguir navegando: “Amada, el aura dice / tu pura veste blanca… / No te verán mis ojos; / ¡mi corazón te aguarda!” (A. Machado).
Fue fundadora e impulsora de la sección de atletismo del Club Amaya y pionera de este deporte en Navarra, con el que consiguió reconocimientos y medallas, manteniendo su espíritu y fuerza de deportista hasta el último momento. Cuando trabajaba en Nissan, su compañero José Manuel, mecánico y conductor, le sometía a la prueba de una pequeña carrera diaria para tomar el autobús, que siempre superaba. Fue un medio sutil de llamar su atención y lo consiguió, resultando un matrimonio al que el chófer metido a entrenador aportó una hija que, no siendo sangre de su sangre, Conchita trató, quiso y apoyó como si realmente lo fuera.
Con algún retraso llegó Idoia, que llenó de alegría a sus padres y a toda la familia. Había una “chiquitica”, que iba de brazo en brazo. Fue criada y educada con todo esmero y produjo el fruto de una científica competente y risueña, buena compañera en la universidad y el instituto en que profesa. Sus hijas tienen vivas sus estancias en Funes que han transmitido a Irene y Elsa, lo mismo que los recuerdos de una familia unida llena de vivencias comunes. Hoy, a la pena de su muerte, unen la de que no pueda conocer a la biznieta Naroa. Quien fue tan cariñosa y maternal hubiese sido una gran bisabuela, como ha sido abuela.
Por causas de la vida y de su generosidad, el matrimonio Campo-Aranguren se hizo cargo de dos nietas/hijas, Lucía y Leire, a las que tanto ha querido y le quisieron. Así se incrementó la familia que, como la de los abuelos Manuel Aranguren y María Jesús Lumbreras, ha sido un gineceo. Tanta vida en común les llenó de vivencias y agradecimientos por todo lo hecho por unos padres entregados a sus hijas.
Aunque el aspecto exterior de Conchita era de persona menuda y frágil, escondía una asombrosa resistencia física, fuerza interior, afán de superación y personalidad entregada, generosa y ejemplar. Durante su larga enfermedad demostró que mantenía su condición de deportista hasta alcanzar la meta final de una vida “que es camino de la muerte, y la muerte el camino de la Vida”. Fue consciente del fin, porque “desde que nacemos, / su paso, lejano o próximo, huella / el mismo sendero por donde corremos / hasta dar con ella” (M. Machado).
En todas las personas que le conocieron, particularmente en sus hijas, nietas y sobrino Roldán y familia, quedará su legado, fuerza y ganas de vivir como una atleta que siempre tuvo nuevas marcas de amor, generosidad y entrega, que no han tenido límite.
La vida no ha sido justa con ella en estos últimos años, pero el ejemplo de su fortaleza y ganas de vivir ha ayudado a todos sus próximos a superar las dificultades poco a poco, aunque ha sido duro comprender que su momento había llegado. La última lección de madre y abuela educadora ha sido ver su serenidad y esperanza en la enfermedad y el dolor, demostrando que la vida es “enigmática, y como / a su antojo nos mueve y nos asombra siempre / -para bien, para mal- con casi todo aquello / que nos da o que nos quita” (E. Sánchez Rosillo). También en esto fue ejemplar, consciente de que “la muerte espera siempre, entre los años, / como un árbol secreto que ensombrece, / de pronto, la blancura de un sendero / y vamos caminando y nos sorprende” (J.L. Hidalgo).
Mamá, descansa en paz con papá en un sueño tranquilo y verdadero. Gracias por todo lo que has hecho por nosotras. Nos vemos en los sueños y en las estrellas. Mientras, queremos notarte cercana como siempre, cuidando a tus hijas, nietas y biznieta, que tu epitafio sea el del poeta a una madre: “No, no te sea leve la tierra en que reposas / ni tampoco tranquila. No estás acostumbrada. / Que sobre ella retumben cada día más firmes / los pasos de tus hijos y el ruido de sus risas” (E. García-Márquez).
La autora es hija de la fallecida