Prematuro
El esfuerzo de Udai, que nació con solo un kilo de peso
Udai Saiz Lizarraga fue un auténtico regalo de Reyes. Llegó al mundo el 7 de enero de 2021, aunque no lo esperaban hasta el 8 de marzo. Con un kilo de peso y muchas ganas de vivir


Actualizado el 17/11/2023 a las 13:39
Udai deja de jugar un momento para correr a los brazos de su madre. Con sus calcetines trepa sobre los vaqueros de ella y ambos se sonríen mutuamente para la foto, junto a los peluches de su habitación. Al ver la imagen que acompaña estas líneas, nadie pensaría que este niño lleno de vitalidad estuvo conectado a cables, sueros y respiradores cuando aterrizó en esta vida. De forma prematura pero con muchas ganas de comérsela a bocados. Nadie imaginaría que el pequeño pesó poco más de un kilo al nacer, que se alimentaba con una sonda conectada directamente a su estómago y que no podía respirar por sí mismo porque sus pulmones aún eran muy inmaduros. Pero así ha sido el camino que ha recorrido en su corta vida. Udai Saiz Lizarraga nació el 7 de enero de 2021 cuando la fecha prevista de parto de su madre era el 8 de marzo. Un mes y medio en la unidad de neonatos, múltiples visitas a especialistas médicos y un gran esfuerzo para conseguir cualquier hito en la vida de un niño (gatear, andar, saltar, hablar...) lo han convertido en un superviviente. Uno de los más de 300 bebés que cada año nacen prematuramente. Su madre, la pamplonesa Andrea Lizarraga Robador, trabajadora social de 37 años, relata su historia. La que vivió de la mano junto a su marido, el terapeuta Ion Saiz, de 41. Ambos tienen otra niña, Iraia, de 6 años.
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El segundo embarazo de Andrea comenzó con mal pie. “En los primeros análisis de sangre me dijeron que presentaba riesgo de aborto y en los segundos que era probable que el bebé tuviera Síndrome de Down”, recuerda. Anuncios que vivió con mucha angustia hasta que ninguno se confirmó. “Pensé: ‘Seré la excepción en estos casos’ Porque yo soy muy positiva y seguía adelante, ilusionada”. Pero su cuerpo ya le iba anunciando que algo no iba bien. En la semana 25 de gestación, en el sexto mes de embarazo, continúa contando, una ecografía reveló que el niño no creía dentro del útero, que sufría el llamado CIUR (Crecimiento Uterino Retardado nivel 3, cuando hay 4). “La placenta no le hacía llegar el alimento a la sangre y me dijeron que una de las opciones era que perdiera al bebé”. Durante seis semanas, Andrea acudía al Hospital Universitario todas las mañanas (de 8 a 15 horas) para que controlaran el bienestar del bebé y el equilibrio en que permaneciera en el útero o la necesidad de sacarlo.
Hasta que en la semana 31+3 de embarazo, nueve antes de lo previsto, Andrea se puso de parto. Días antes, previendo lo que podía pasar, los obstetras ya le habían suministrado inyecciones para la maduración pulmonar y cerebral. “Al final me hicieron la cesárea y ya casi no pude ni verlo porque se lo llevaron a la UCI de neonatos”, recuerda. Eran las 23.30 horas y no fue hasta la tarde del día siguiente, cuando ella encontró fuerzas para sentarse en una silla de ruedas e ir a conocer a su hijo. “Me impresioné mucho. Estaba lleno de tubos, con la mascarilla respiratoria... No le veía la cara”. En la unidad les adelantaron que tendrían que permanecer ingresados dos meses, aunque al final, el 19 de febrero recibieron el alta.
APOYO Y LACTANCIA
Las seis semanas que pasaron allí se convirtieron en una rutina. Andrea y su marido se repartieron el tiempo de acompañamiento a Udai y a su otra hija (ocho horas en el hospital cada uno) y dormían en casa. “Yo no pegaba ojo. Tenía el móvil en la mesilla porque me podían llamar en cualquier momento”. Mientras, ella alquiló un sacaleches industrial en ‘Amagintza’ (asociación de apoyo a la lactancia materna) y se la extraía cada tres horas. “Primero se la daban con jeringuilla, luego con cánula... El día que lo pusieron al pecho y mamó fue muy emocionante”. La vida en la unidad, rememora, era dura por el drama que les rodeaba pero, al mismo tiempo, emotiva. “Nos cuidaban genial. Se celebraba todo. El cumple mes, cuando un niño llegaba a un kilo, la primera vez que les ponías un body... El personal de neonatos es increíble”. El protocolo ‘piel con piel’, que practicaban ella y su marido, fue muy positivo. “Para el bebé es lo más parecido a estar dentro del útero”.
Cuando el 19 de febrero, Ion y Andrea entraron con su segundo hijo en su casa de Ezkaba para que lo conociera su hermana resultó “muy especial. “Pero al mismo tiempo, yo tenía miedo. En la unidad me sentía segura y ya me había acostumbrado a mis rutinas Pero en casa... ¿Y si pasaba algo?” Afortunadamente, cuenta, Udai no ha tenido graves problemas de salud, salvo algunos ingresos ocasionados por bronquitis y un problema en la tiroides. Además, durante los primeros meses recorrieron consultas de especialistas (cardiología, oftalmología, neurología, neumología, atención temprana, rehabilitación..) “Las madres de prematuros bromeamos con que tienen agendas de ministros. Había semanas con cuatro citas”, se ríe.
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Para poder atender a su hijo, Andrea se acogió al CUME (Cuidado de Menores con Enfermedad Grave), un programa que depende del Ministerio de la Seguridad Social. “En mi caso, pude optar porque están contemplados niños que hayan nacido antes de las 32 semanas de gestación y por debajo de 1,5 kilos. Todavía estoy. Viene muy bien para atender a tu hijo logísticamente y también para volverte a vincular con él: darle el pecho con clama, pasear y volver a la normalidad”. Udai ha comenzado hace tres meses la escuela infantil, en la que se está adaptando, y el próximo septiembre empezará 1º de Infantil en el colegio. Los dos cumpleaños que han celebrado han sido “muy emotivos”. Te das cuenta del esfuerzo que hay detrás de los hitos que va logrando” Y todos los que conseguirá.