Obituario
Juana María Erviti, madre de familia


Actualizado el 11/11/2023 a las 10:54
Juana Mari. La noche del 5 de noviembre de 2023 fue de recuerdos, añoranzas y reconstrucciones de un pasado ya remoto vivido juntos, allá por el siglo pasado. “Ya estás, amiga, más allá. Tú sabes / ya la palabra que jamás se escribe, / y desde lo que es a lo que vive /conoces ya las diferencias graves. […] Y, acabados, sabemos. sus verdores, / que es la vida el camino de la Muerte / y la muerte el camino de la Vida” (M. Machado, De profundis).
Te has ido Juana Mari quedando huérfanos tus hijos Chema y María, Javier, Nacho y Cristina, tus seis nietos sin una gran abuela, tus hermanos sin la presencia cariñosa de “la chiquita” y los amigos sin la alegría y brillo de tus ojos. Para todos, tu marcha ha dejado “la fuente muda, / y está marchito el huerto. Hoy sólo quedan lágrimas / para llorar. No hay que llorar, ¡silencio!” (A. Machado, VII).
Han transcurrido muchos años de relación desde que nos conocimos, cuando tu amiga Maite nos presentó, estableciendo una cuadrilla de amistades sanfermineras y de verano pamplonés formada por ella, tú, Arantza, Javier, Jesús y yo. Disfrutamos de las salidas mañaneras y de los bailes “sueltos” de la noche en el Labrit bajo la tutela del Oberena. Duró tanto tiempo como nuestras vidas lo hicieron posible y, aunque pudo ocurrir, no prosperaron las relaciones más intensas que en su seno se produjeron. Cada uno siguió su camino y quedó el grato recuerdo de las amistades de la juventud.
En la atardecida de un primer sábado de mayo de 1960 nos encontramos en Carlos III, tú y tu amiga Margarita conmigo y mi amigo José Mari, que se enamoró de ti. Fue un flechazo que terminó en boda y en vuestros magníficos hijos. Mientras, hubo un tiempo durante el que, como eráis muy jóvenes ⸻a juicio de D. Juan y Dª Agustina, D. Máximo y Dª Fili⸻ tuvisteis de “carabinas” a la pareja de vuestros amigos. Hace poco más de un año falleció José Mari y, cuando lo ibas superando con el apoyo de tus hijos, nietos y el “clan de las Ervitis”, apareció la “hermana Muerte” dispuesta a llevarte por delante a toda velocidad. Sabías que “¡Ella viene siempre! Desde que nacemos, / su paso, lejano o próximo, huella / el mismo sendero por donde corremos /hasta dar con ella” (M. Machado, VI). Y nos has dejado para siempre.
Fuiste una mujer guapa, dulce, cariñosa, alegre y bailona. Tus ojos eran luz brillante y expresiva que iluminaban a tu rededor. Hablabas con ellos, con tu sonrisa permanente y voz cantarina. Tu serenidad y buen humor creaban un ambiente de paz en tu entorno, rebajaban tensiones y favorecían la buena convivencia. Eras, también, una persona de carácter y entereza, firme en tus convicciones y enérgica cuando era necesario, siempre comprensiva con los demás, porque te podía el amor.
Desde el primer momento asumiste la condición de mujer fuerte para tu familia, basada en tu fe y convicciones religiosas profundas, que te sirvieron para recorrer el largo y, a veces, difícil camino de la vida y prepararte para el bien morir. Eras muy consciente de que el pasado ya no volvía, que era necesaria la brega diaria y mirar el futuro que eran tus hijos y nietos, con los que te volcaste como una matriarca navarra, cariñosa y atenta.
En el soneto de la vida tus hermanos y amigos ya superamos hace tiempo los dos primeros cuartetos de la infancia y juventud, y estábamos acabando el primer terceto de una madurez que nos hace “mirar a ayer tornamos, / añorantes, y, ansiosos, a mañana”. Tu marcha nos ha colocado en el segundo y último terceto “para ver con experiencia vana / que se acaba el soneto… Y que nos vamos” (M. Machado, soneto Alfa y Omega).
Juana Mari, hoy, tras la noche del día 5 y las honras fúnebres del 6, ya sois, lamentablemente, “los amigos muertos”: “Solo, en la noche, yo os recuerdo, / y hasta el recuerdo se desvanece. / Ya nada sois: vaga amargura, / que se deshace tristemente. / Y me avergüenzo de este cuerpo / que entre los vivos me sostiene. / Muertos estáis, y con mi vida / no he de encontraros en la muerte. (Hidalgo, Los muertos).
Duerme el sueño definitivo y verdadero en la casa del Padre, junto a los que te han precedido, una vez que has alcanzado, sin quererla, la aspiración del poeta: “Quisiera brillar con las estrellas, alto; / Jamás descansaré, arderé siempre” (Hidalgo, Ante el muerto).
Para tus hijos, nietos, hermanos y cuantos te hemos querido ya eres una estrella que brilla en el firmamento y nos ilumina con su luz. Descansa en paz.