Obituario
Merche Auzmendi, nuestra querida amiga 'La vasca'


Publicado el 25/06/2023 a las 08:38
La ‘hermana muerte’ es perversa y traidora, porque si el martes día 20 al medio día me encontré con Merche y me asesoró en una compra diaria en un establecimiento de la avenida de Bayona, esa tarde-noche nos la arrebató repentinamente llenando de dolor a su esposo José Mari Aznar, hijos José Mari y Ainhara, y Jaime, hermanos Ramón y Blanca, José Antonio y Mari Carmen, María José y Ángel, y Eduardo, y numerosos amigos. Todos lloramos la muerte de quien conocíamos como ‘la vasca’ por haber nacido en Irún y así llamarla cariñosamente su marido. Hemos perdido una gran mujer, esposa y madre entregada y una amiga entrañable, atenta y delicada. Siempre que le decía “neska txikita, polita, potxola” me lo agradecía con su figura grácil, sonrisa simpática, gracejo y alguna aguda contestación. Descansa en paz.
Un chico de Huarte Araquil, que estudiaba Derecho en Deusto, encontró en las fiestas de su pueblo de 1959 una linda forastera de Irún que las pasaba en casa de su familia. Ella y su hermana aportaban una nota de color y elegancia a la localidad que causaban admiración. La visión le impactó de tal modo que, a pesar de su natural timidez, bastante superada por vivir en Bilbao, se acercó cuanto entonces cuanto pudo y era permitido por el decoro, la moral y buenas costumbres, tuteladas por las autoridades civiles y eclesiásticas. La conoció, ella lo consideró inteligente, simpático, culto y “moñono”, y se enamoraron. Así entró en la vida de José Mari un fino “bombón vasco”, como la consideró desde el primer momento. Después vinieron el desarrollo personal y profesional, los hijos, las opciones de trabajo siempre en compañía y con el apoyo de una de esas mujeres que ayudan, estimulan y promocionan a los maridos. No podíamos entender a José Mari sin Merche al lado con su influencia delicada y, enérgica, cuando era necesaria, porque tenía carácter, como toda etxekoandre que se preciase y tuviese una abuela de Lacunza.
Son muchos años de amistad y convivencia con la pareja, de viajes con el Ateneo, de intercambio intelectual y sincero afecto. En un momento del pasado martes se confirmó en Merche lo anunciado por el poeta para todos porque, aunque lo olvidemos, nacimos para morir: “La muerte espera siempre, entre los años, / como un árbol secreto que ensombrece, / de pronto, la blancura de un sendero / y vamos caminando y nos sorprende”. Mercedes, para los tuyos no se perderán las rosas del amor que diste en vida, ni los afectos y abrazos vividos, que permanecerán en el recuerdo. Ella se nos ha adelantado, “quiere brillar con las estrellas; alto; jamás descansará, arderá siempre” (Hidalgo, 1947).
Su aparente debilidad encerraba una mujer llena de carácter y energía vital que seguirá presente porque, “aventada la vida, sus pavesas, / es urgente romper hacia otro norte / aun llevando en los pasos / la certeza diaria de la muerte. Hoy es preciso un alto en la derrota” (Egea, 1984). Así empezaréis un nuevo camino, tristes y solos, pero iluminados por la luz de su estrella.
Desde el cielo que esperaba y merecía, Merche os está diciendo, José Mari e hijos, con San Agustín: “Os espero… No estoy lejos, justo del otro lado del camino… Veis, todo va bien. Volveréis a encontrar mi corazón. Volveréis a encontrar mi ternura acentuada. Enjugad vuestras lágrimas y no lloréis si me amáis”.
El autor es amigo de la fallecida