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Obituario

José Bello Gutiérrez, un buen profesor

Este sevillano, entre otras labores, impartió numerosas clases, dirigió 30 tesis doctorales y publicó más de 300 artículos como docente en la Facultad de Farmacia de la UN

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José Bello Gutiérrez
  • Adela López de Cerain Salsamendi
Publicado el 29/10/2022 a las 08:26
E L profesor José Bello Gutiérrez, nacido en Sevilla el 24 de agosto de 1931, falleció en su ciudad natal el pasado 25 de octubre. Tras estudiar Ciencias Químicas y doctorarse por la Universidad de Sevilla, se trasladó a Santiago de Compostela, en donde se licenció en Farmacia, en su añorada Fonseca, en 1968. Guardaba un magnífico recuerdo de esos años universitarios, en los que coincidió con el que fue su colega y gran amigo, Jesús Larralde, y en donde según sus palabras, “entraron en vibración los genes celtas heredados de su rama familiar paterna”. En 1972 se incorporó a la Universidad de Navarra, para apoyar el desarrollo de la Facultad de Farmacia, que había comenzado en el año 1964. Se necesitaban profesores y el proyecto seguramente le atrajo, aunque para un sevillano de pura cepa Pamplona en esa época no fuera seguramente el destino ideal.
Sacó por oposición plaza de profesor agregado en la Universidad de Granada en 1978, en donde estuvo tres fructíferos años impulsando la investigación en Bromatología (Ciencia de los Alimentos), así como formando y apoyando al joven profesorado, con el que siempre mantuvo una excelente relación. En 1981, ya como catedrático de Análisis Químico, Bromatología y Toxicología de la Universidad de Sevilla, retornó a la Universidad de Navarra, del sur al norte de nuevo. En esa época, la movilidad del profesorado universitario en nuestro país era una realidad. Como profesor de la Facultad de Farmacia, impartió docencia en numerosas asignaturas de grados diversos, dirigió 30 tesis doctorales, publicó cerca de 300 trabajos de investigación, pronunció conferencias, dirigió cursos especializados, etc. Impulsó la investigación en el ámbito de la ciencia y tecnología de los alimentos, buscando resolver problemas reales y acercándose a la realidad industrial navarra. Pero más allá de sus méritos profesionales, que fueron muchos, lo que más recuerdo son sus cualidades personales.
Era una persona muy tranquila, afable, de buen carácter, con un gran sentido del humor, optimista, alentador. Se alegraba sinceramente de todo lo bueno que te pasara, escuchaba con atención, te felicitaba si habías tenido una buena idea, ayudaba a sacar adelante los proyectos. Aunque hubiera pocos medios, se compensaba con mucha ilusión. Si tuviera que resaltar un solo rasgo de su personalidad, diría que era su facilidad para hacer y mantener amigos, y no solo en su entorno profesional. La norma de comportamiento de “buscar en el trato y convivencia con las personas las cosas que unen y nunca las que separan”, aprendida del fundador de la Universidad de Navarra, estaba de manera natural incorporada en su vida. También destacaría el amor a su familia, en particular a su madre, a la que llamaba cada día, pero también a su hermana y sobrinos, de los que hablaba con frecuencia. Recuerdo también el gran amor que tenía por los libros. Recibía directamente las novedades de una librería científica madrileña y adquiría gran parte de los títulos de su especialidad. Aunque la práctica habitual ha cambiado mucho, debido al acceso digital a la información científica, en el departamento seguimos manteniendo esos libros como un tesoro. Poseía además una amplia cultura general, que, unida a su gran memoria, hacían de él un gran conversador.
Me parecen muy reveladoras de su personalidad las palabras que pronunció en el acto académico de homenaje por su jubilación: “A lo largo de mis años en la Universidad, he aprendido que el ideal de todo aquel que se dedica a la enseñanza debe ser el formar personas y no solamente cabezas. A la vez que se transmiten los conocimientos científicos, también se debe comunicar, sobre todo con el ejemplo, una formación que lleve a la convicción de que el modelo a seguir en toda actividad profesional, social, familiar, etc. debe ser siempre la actitud de servicio a los demás. Sin duda alguna, se debe proporcionar a las nuevas generaciones una formación humana sólida y empapada de un sentido cristiano de la vida, para que en su vida práctica sean útiles a la sociedad. Y esto es lo que he intentado hacer durante todos estos años”.
Adela López de Cerain Salsamendi es catedrática de Toxicología de la Universidad de Navarra
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