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Día internacional del Mayor

La edad de cumplir los sueños: "Para tener salud hay que estar activo"

Rebasar el umbral de la jubilación no es sinónimo de declive sino de oportunidad para aprovechar el tiempo con aficiones y aprendizajes imposibles de realizar antes. En el Día del Mayor, habla la sabiduría. 

Ampliar Tijera y peine en mano, José Lezáun Zugasti sonríe en presencia de José Torrecilla Iturmendi. 101 y 93 años les contemplan respectivamente
Tijera y peine en mano, José Lezáun Zugasti sonríe en presencia de José Torrecilla Iturmendi. 101 y 93 años les contemplan respectivamentemontxo a.g.
Publicado el 01/10/2022 a las 06:00
Ahora  tengo todo el tiempo del mundo para hacer actividades que me apetecen. Eso es vida”. La agenda de Ana Moreno Briones, que nació en la localidad burgalesa de Puentedura hace 65 años y recaló en Tafalla para contraer matrimonio con Isidro Olcoz, tiene los huecos justos de ausencia de actividad. Una lectura a su calendario semanal confirma la vitalidad, energía y ganas de disfrutar del día a día de una mujer, hoy liberada de las obligaciones laborales, que encarna el entusiasmo de aprovechar cada momento. “Con 65 años de edad me siento joven. Claro está, todo depende con quien te compares. Me quedan muchas cosas por hacer y puedo hacerlas. Antes, cuando trabajábamos mi marido y yo, con dos hijas en casa, era más difícil. Ni me planteaba las aficiones”.
En ese tiempo de privilegios y cuidados personales, que mirado sólo desde el prisma de la producción genera tantos recelos como envidias, Ana Moreno destapa su virtud de organizadora de su propio horario para acudir “un par de días a la semana a la gimnasia, otros dos a estiramiento; otros dos sesiones de informática y uso del móvil...”. Y aún saca tiempo para asistir a clases de arte, complementadas con viajes a museos, entre ellos el del Prado. Con el club de jubilados de Tafalla ha cubierto el Camino de Santiago a través de sus rutas francesas y baztanesas, que guían ahora sus pasos hacia la alternativa de Aragón. “Al día camino una hora” como preparación del itinerario jacobeo . Su cuerpo se mueve también en la sesión semanal de baile a la que asiste.
En el Día Internacional del Mayor, que es hoy, ofrece el ejemplo de estudiante aplicada en el desafío de aprender los entresijos de informática. Su motivación es práctica, sencilla e histórica. “Nuestros abuelos solían decirse: ‘Ese tiene que firmar con huella’. No sabe leer y escribir”. Ana se esmera para no dejarse arrastrar por los avances modernos y quedar arrinconada en los márgenes de su trazado.
“Lo importante es mantener la mente despierta, cumplir años con salud y para tener salud hay que mantenerse activo”. Es su consejo.
EL SIGLO DE JOSÉ
A sus 101 años de edad, José Lezáun Zugasti lamenta no poder coger las tijeras de podar ni las de cortar el pelo. Hasta hace unos pocos meses, posaba su mirada de bonachón, enmarcada en los surcos de la edad, sobre calas, gladiolos y rosales que crecen en el jardín de la residencia San Jerónimo, de Estella. “En esta época, crecen los crisantemos”, aprecia quien conoce la tierra como prolongación de su vida centenaria. Un diagnóstico de gota en el dedo corazón de su mano derecha le ha provocado una herida más profunda en el alma que en su piel frotada por el bálsamo del tiempo. “Estoy sufriendo porque los rosales están sin podar”.
Cuando eran ágiles sus manos, arqueadas en sus extremos por efecto de la artrosis, llegaba a cortar “del orden de 300 calas” que cada sábado entregaba al grupo de mujeres de la residencia encargado de decorar el altar de la capilla.
José nació “el 23 de septiembre de 1921 en Grocin, valle de Yerri, provincia de Navarra”, destinado poco menos a hacer de la responsabilidad virtud y de la humildad, valor supremo. Mayor de 14 hermanos -de ellos “9 salimos a flote”-, debió sortear los quiebros de la vida en forma de pérdida de su madre a edad joven y penurias de una época de estrecheces.
El afán de aprender los entresijos de la informática anima a Ana Moreno Briones, de 65 años
El afán de aprender los entresijos de la informática anima a Ana Moreno Briones, de 65 añosgaldona
Creció sin olvidarse de sus raíces para manejarse como peluquero cuando fue a la mili a Vitoria y después a la frontera navarra “en los tiempos de los maquis”. Regentó una barbería en Estella y contrajo matrimonio con Claudia Larrión Larrión, con la que celebró una vida compartida hasta su despedida.
En ese viaje matrimonial recaló en Madrid, donde estuvo asignado a un centro de los Hermanos de San Juan de Dios de Carabanchel para jóvenes con limitaciones intelectuales, de los que nunca se olvidó y a los que siempre ayudó. Al volante de una camioneta recorría la capital. Su red vial, tan alambicada, nunca tuvo secretos para el bueno de José. Cuando no había necesidad de reparto, pasaba por los pabellones del centro y cortaba el pelo.
Cuentan en la residencia donde vive que “cuando llegó a los 100 años decidió jubilarse” de peluquero. Aún conserva un estuche de navajas, tijeras y máquinas no precisamente eléctricas sino manuales que aprieta con sus dedos agarrotados por la edad. Aparcadas las que han sido sus obligaciones, que siempre asumió con habilidad y mejor humor, se ocupa a diario de empujar la silla de su cuñada, María Esther Larrión Larrión, algo más joven que él. “Tiene 95 años”, se ríe con una licencia permitida para subrayar la edad avanzada de acompañante y acompañada.
En su actual rutina no entra la lectura de los periódicos. “Siempre ponen lo mismo. Lo que veo son mentiras”. Vuelve a echar mano del humor, su secreto de longevidad. El viernes 23 de septiembre celebró con algunos miembros de su familia los 101 años de su existencia llevada con ánimo, gracia y humildad.
Diez años menor que él, Juan Zabal Sola cuida también la tierra como si en sus surcos encontrase sus propias raíces. Heredero de tres generaciones de peralteses dedicados a la cría de ganado vacuno, con 1.200 ejemplares de leche con una cuota de producción de 4.000 litros al día, no se despega de la huerta. Arrinconado el acarreo del ganado, encuentra en la tierra el aliento que es como decir vida. Su jornada arranca a las nueve de la mañana con sorbos de sopa de leche con los que encara fortalecido los dos kilómetros que distan de su casa del terreno cultivado. No tiene prisa, dice. Al llegar a su destino y tras despachar el educado buenos días al vecino de parcela, dedica sus primeros empeños en “airear los árboles frutales”. Sin pausa, sus manos acarician las hojas hasta entablar una comunicación íntima y silenciosa con los ejemplares. “El árbol -dice- me siente”.
Juan Zabal Sola, de 91 años, siente los árboles cuando acaricia sus hojas en su huerta de Peralta
Juan Zabal Sola, de 91 años, siente los árboles cuando acaricia sus hojas en su huerta de Peraltagaldona
Su mujer, Carmen Azpiroz, de 89 años, le espera cada mañana al regreso de la labor realizada y el camino desandado. La siesta, que no es prolongada, como afirma, le devuelve con las fuerzas renovadas al lugar donde se encuentra con su historia y consigo mismo. Las hortalizas que le da la tierra son compartidas con vecinos y amigos. Es su manera de anudar relaciones. En la huerta es simplemente “feliz”.
MÚSICA CELESTIAL
Adelaida Igoa Erdozia y Charo Garciandia Iriarte, de 77 y 69 años de edad, respectivamente, engrosaron el jueves la nómina de intérpretes del coro en la misa mayor de San Miguel de Aralar. Lo hicieron con su voz educada en la lectura e interpretación de notas como sucesoras de generaciones que en Etxarri Aranatz elevan el canto a categoría de tesoro y sentimiento. Ambas están hoy adscritas al coro de la parroquia de Santa María de la localidad. Con siete hijos y la experiencia encadenada en dos factorías durante su vida laboral, la primera de ellas empezó con 16 años a entonar con criterio. “El canto -asegura- da vida”. “No dejamos ningún domingo de acudir a cantar a la parroquia” tras el ensayo semanal.
Charo Garciaindia Iriarte, su marido, Juan María Aguirre Gamboa; y Adelaida Igoa Erdozia, el jueves en San Miguel de Aralar
Charo Garciaindia Iriarte, su marido, Juan María Aguirre Gamboa; y Adelaida Igoa Erdozia, el jueves en San Miguel de Aralarjosé antonio goñi
“Tenemos motivos religiosos” señala su compañera como argumento complementario al gusto refinado por la música. Con Francisco Villanueva, que en Etxarri Aranatz es recordado con el distintivo de don, se inició a los 13 años en el arte que domina. Fue -puntualiza- “pionera en la banda” local que el propio presbítero impulsó. “De 14 a 18 años toqué el clarinete. Uno de la banda nos enseñó a tocar el txistu. Tres amigas de la misma cuadrilla pasamos después a tocar el clarinete”. Charo, casada con Juan María Aguirre Gamboa, -quien fuera presidente de la coral de Etxarri Aranatz, que tantos éxitos ha acumulado-, sostiene que “la música es lo más”. En su casa familiar, donde su tío Patxi Urrestarazu enseñaba solfeo y piano, respiró del ambiente contagioso de la interpretación. Charo y Adelaida participaron en los albores que iluminaron el brillante recorrido de la formación coral de la localidad. Como notas de un pentagrama, su relación se entrelaza con la armonía de la amistad en la edad de los sueños cumplidos. 
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