Conflicto
De Navarra a la guerra de Ucrania: regresan los primeros 38 refugiados
38 personas refugiadas ucranianas, mujeres con hijos pequeños, partieron la madrugada del martes hacia Varsovia en un viaje organizado por la Ong Segunda Familia. ¿Qué lleva a regresar a un país en guerra?


Actualizado el 11/05/2022 a las 07:15
Sofiia peina una muñeca entre maletas acumuladas mientras Miroslava observa envuelta en una manta. En pleno polígono industrial de Berrioplano, a las cinco de la madrugada, sus pequeños ojos azules son los únicos focos que iluminan la espera. A su lado, sus madres, siempre pendientes de las niñas, conversan a través de los móviles, seguramente con algún familiar en su país, Ucrania, para avisarles de que ya queda menos. Después de dos meses en Navarra están a punto de emprender el regreso a casa, aunque esté en guerra.
Soffia y Miroslava forman parte del primer grupo de 38 personas refugiadas ucranianas, mujeres con hijos muy pequeños, incluso hay un bebé de tres meses, que ha decidido volver para estar cerca de sus maridos e hijos que se han tenido que quedar para combatir. La primera noche, la del martes, duermen en un hotel de carretera en Alemania y hoy miércoles lo harán en Varsovia. El autobús, conducido por Paulo y Mario y financiado por la Asociación APMEN (Asociación de la Pequeña y Mediana Empresa del Metal de Navarra) realizará su última parada en la Estación Central de Tren. Luego recogerán a 40 o 50 nuevos refugiados, evacuados de los últimos asedios. Seis de ellos son niños con arraigo en esta comunidad, aclara Uxue Apezteguía, voluntaria de la ONG Segunda Familia y responsable de este periplo.
Más de 870.000 personas que huyeron al extranjero tras la invasión rusa del 24 de febrero han regresado a Ucrania, según los datos que manejan los organismos humanitarios de la ONU en su última actualización de emergencia. El retorno coincide con la preocupación por la incertidumbre del abastecimiento de alimentos.
Pero, ¿por qué regresan? La respuesta no tarda en llegar al aparcamiento del polígono industrial. Varios coches de familias de acogida coinciden frente a la puerta del Banco de Alimentos. Del vehículo de Mª Carmen Rubio y Jesús Arambilet, de Cárcar, se bajan Anastasia y sus dos hijos, Marillia y Kirilyo. “Nosotros no somos su familia de acogida, pero les hemos dejado durante este tiempo un par de habitaciones”, indican, invitando a conversar con Marillia, que toma la palabra. “Estamos felices por la vuelta”, explica en buen castellano. “Pero necesitamos reencontrarnos con la familia. Nuestro padre y hermano están ahí. Somos de Chernigov. Una vez que lleguemos a Varsovia trataremos de coger un tren directo a Kiev y de allí continuaremos en coche a nuestro pueblo”.


Palabras de ilusión que, por el contrario, contrastan con el temor de Alicia Aldaba e Iñaki Azcona, su familia de acogida en Navarra los años previos a la pandemia. “Estamos muy revueltos porque no esperábamos que se marcharan en plena guerra. Y se vuelven como vinieron...”, lamentan. También quiere hablar Anastasia, la madre. “Aquí he estado bien, pero al no saber el idioma me he agobiado mucho”, traduce su hija. “En mi pueblo trabajaba de cocinera en un restaurante”.
Sentados en la parte trasera de una furgoneta, Fernando González no consigue que salgan las palabras. Se emociona. “Hemos intentado ayudar en lo que hemos podido. Con su partida nos vamos a quedar muy solos en casa. Espero que acabe pronto todo esto. Aunque sentimos miedo, comprendemos que hagan un viaje tan arriesgado, ya que en Ucrania se han quedado sus maridos”. A su lado, las sonrisas de Eslava y Mariana, junto a sus hijos, Artur y Milana, templan este momento de desasosiego con una sonrisa. La mirada de Artur se humedece.
Los focos prenden siluetas. Es la señal. Hay que partir. “Es el primer autobús que sale lleno de Navarra y vuelve lleno”, observa Apezteguía, calculando estar de vuelta el viernes a las diez de la noche. “No tengo muy claro que estas personas sean conscientes de cómo están las cosas allá”, se sincera. “Echan en falta sus raíces, su familias. Algunos también se marchan porque les han ofrecido un puesto de funcionario y tienen que gestionarlo en persona”. La voluntaria también explica que no todos atravesarán la frontera. Habrá quienes se queden en Polonia.
DOS ENFERMERAS
En la explanada también se encuentra Joxean Ruiz, alcalde de Arano, que tira de los maletones de Marina, 30 años, y su hija Miroslava, de 6, la misma que se cubre bajo la manta. “Qué importante es ayudar”, reflexiona. Se respira dolor y miedo en este rincón de Navarra. En el autobús también viajan dos enfermeras, Leticia Ruiz y Valentyna Golovnya, que ayudará como intérprete al ser ucraniana, así como los dos conductores.
Al final del autobús se sienta Natalia, 46 años, madre de dos hijos, de 30 y 20 años, que combaten en Ucrania con su marido. Ella cruzó la frontera el 14 de marzo para ayudar a su nuera, que había salido antes con un bebé de dos meses y otro hijo. Natalia se desplazó en autobús desde Vinnytsa a Varsovia y de ahí a Pamplona en un convoy organizado desde Bilbao por una empresa de taxis. El viaje de una mujer sola, describe, es largo y solitario. Sintió miedo y mucho frío. Al llegar a Pamplona, sigue su relato, empezó a trabajar cuidando niños, pero todos los días pensaba en los suyos. Al comprobar que su nuera se adaptaba, tomó la decisión de volver. Y lo hace cargada de maletones con ropa que tendrá que empujar sola hasta casa. “La ilusión del regreso puede con todo”, ríe. “No puedo estar más tiempo aquí sin mi familia”. Además, su madre, enferma, necesita de cuidados especiales.
La voluntaria de Segunda familia apremia. No hay tiempo que perder. Despedidas intensas, a flor de piel. A Larysa, de 55 años, la guerra le sorprendió en Navarra, visitando a su hija. “Teníamos billetes para el 10 de marzo y nos tuvimos que quedar”, dice la hija, admitiendo que siente mucho miedo al verla marchar. Su padre lo ha hecho unos días antes. “Es duro ser refugiado, pero más duro aún es si lo eres y estás viendo la guerra en tu país por televisión. Es duro estar fuera de casa en una situación así”, concluye Larysa, soñando con volver al oficio de maestra en las aulas de su país.