A mi manera
Devuélveme la vida
Hay quien si pudiera reclamaría que le devuelvan el tiempo que le robó la pandemia. Otros descubren que la normalidad tampoco era para tanto


Publicado el 13/02/2022 a las 06:00
En la plaza hay un tipo que afirma que “no nos cuentan todo”. “Que hay algo oscuro”. No importa que el día sea espléndido y los rayos de sol iluminen hasta el último rincón. Ni siquiera que el Gobierno anuncie el final de las restricciones. El hombre lo dice categórico y lanza una bocanada de humo del cigarrillo tan gris como sus augurios. Siempre hay gente que ve una mano negra detrás de cada problema. Hemos sobrellevado ola tras ola los contagios. Sin tiempo entre una y otra para respirar. Y ha dejado impronta. Hay quien sostiene que lo sufrido no ha sido vida. Si pudieran reclamarían que les descuenten el tiempo de pandemia de la existencia. Imagine. “Tengo 40 años, menos dos de pandemia, 38. Tengo derecho a que no sumen en el cómputo global. Devuélvamelos”. O “Tengo 70, menos dos de coronavirus, 68”. Como los muertos de aquel cementerio que contaba Jorge Bucay en el que nadie había vivido más de 15 años sencillamente porque a los vecinos del pueblo cuando nacían les entregaban una libreta en la que apuntaban el tiempo que duraban las sensaciones agradables y en las que nunca se incluían los momentos difíciles. Al fallecer un familiar hacía recuento exclusivo de los apuntes de felicidad y lo comentaba con el sepulturero para que lo hiciera constar en la lápida del nicho. El resultado era sorprendente: Vivió 9 años, 5 meses y 10 días. O estuvo entre nosotros 7 años 8 meses y 6 días. Vidas cortas pero plenas. Algo así parecen reivindicar . Que les descuenten el tiempo gris. Que solo la gloria cuente y les entreguen en tiempo lo que la covid se llevó. Como si el pasado próximo fuera un desecho. Pero la máquina de la vida no funciona así. Mientras usted interpretaba en clave de melancolía la covid, el reloj medía los minutos y las horas y seguía siendo vida aunque no la percibiera como tal. Pasó el tiempo de temblar ante un test de antígenos. Y era vida. O el de llorar al teléfono porque esa Navidad el hijo no compartiría mantel. O el del cabreo cuando solo se podía salir para pasear al perro y usted no tenía mascota. Era la vida. Con sus cosas. Y sin derecho a devolución. Vida extraña a la que nos acostumbramos. Ahora regresan las rutinas que habíamos olvidado. Los bancos que ya le evitaban entonces insisten hoy en atenderle por la web o por la ‘app’ aunque no tenga ordenador ni internet e implantan una distancia social de no verle jamás. El precio de la gasolina por las nubes y la vuelta de los tránsfugas..., como si fueran guiños del regreso a la normalidad conocida, a la que siempre fue antes de que todo se lo llevara la pandemia. Hoy se llaman Sayas y Adanero, o Casero. Antes fueron otros. Con otros nombres y otras siglas. Curioso. La vida, que vuelve a ser lo que fue pero nos sorprende como si nunca hubiera sido así. Y mientras unos flirtean con el imposible de reclamar que les devuelvan dos años robados, otros descubren en lo que parecen extravagancias el peso contundente de lo que era la normalidad de siempre, la de toda la vida.