Adicciones
Iosu, alcohólico en recuperación: “Se me quemaron las cuerdas vocales por beber alcohol de 40º”
Escuchar el relato de Iosu te provoca escalofríos. Casi tantos como los que sintió él todas las noches que pasó a la intemperie


Publicado el 27/01/2022 a las 06:00
Escuchar el relato de Iosu te provoca escalofríos. Casi tantos como los que sintió él todas las noches que pasó a la intemperie. Intentando dormir o ‘durmiendo la mona’, dentro de su coche en polígonos industriales de la Comarca de Pamplona. Con la única compañía de sus ‘amigas’ (las botellas de whisky) y cuando el termómetro bajaba de los cero grados aquellas madrugadas de invierno. “La Guardia Civil me instaba a irme a casa pero yo no quería. Y así pasaba semanas. Mi familia buscándome. Y yo, lo más ‘ciego’ posible”. Iosu se interrumpe para recordar que no habla en nombre de nadie ni es portavoz de Alcohólicos Anónimos. “Solo me represento a mi mismo”. Él es protagonista, con su nombre real, de su propia historia. Y así la cuenta.
“Empecé a beber a los 15 años. Whisky, pacharán... A veces, hasta ocho copas al día. Me parecía lo normal”. Se convirtió, reconoce, en una persona con mucha chulería y grandes problemas. “Conducía bebido, me ponían multas de tráfico que no pagaba, me embargaban el sueldo...”, recuerda ahora, con 6 1 años, y sobrio desde hace tres. Fontanero de profesión, tomaba varias copas en el almuerzo, con el bocadillo, y cada vez tardaba más en instalar tuberías. Pero no lo reconocía. “Yo controlo”, era su discurso habitual. Al tiempo, dejó la fontanería para trabajar en una fábrica. “Me equivocaba de turno, iba cuando no me correspondía”. Una ocupación que terminó pronto: cuando el encargado descubrió una botella de whisky en su taquilla y le despidieron. “Yo quería dejar de beber pero no podía. El día que nació mi hijo me juré a mí mismo que no volvería a probar el alcohol. Esa misma tarde, terminé borracho. Y me convertí en el campeón de la mentira”.
Cuando Iosu sumaba 44 años, su mujer le pidió que entrara en Alcohólicos Anónimos porque si no, lo iba a dejar. “Estuve nueve años sobrio pero, a los 53, yo mismo me busqué la recaída. No quería dejar de beber. Solo había ido allí por miedo al abandono”. En esos años desarrolló la que, en su jerga, llaman la ‘borrachera seca”. “No bebes pero estás amargado. La gente no quiere estar contigo. Volví a beber y a buscar “amigos” que consumieran como yo: tres copas en una hora. Mi obsesión absoluta era beber. El alcohol te sube, pero luego, te baja”.
En ese tiempo, le ingresaron en seis ocasiones en urgencias de psiquiatría. “Estaba muy mal. Una vez se me quemaron las cuerdas vocales por tanto alcohol de más de cuarenta grados...” El médico le comunicó un día que su organismo había dicho “basta” y que le quedaban 48 horas de vida. Para entonces, su mujer ya se había divorciado de él y a punto estuvo de perder a su hijo. Un ingreso residencial de nueve meses en Proyecto Hombre en 2018 y el regreso a Alcohólicos Anónimos después fueron sus tablas de salvación. “Ahora tengo problemas más graves que antes (dos hermanos enfermos) pero siento paz. No cambio mi situación actual por mi mejor borrachera”.
“Compraba alcohol en bares y gasolineras donde no me conocían”
A José le faltaron dos cañas para que se le estropeara toda la vida. Así lo confiesa este hombre de 65 años y que se “rebautiza” con un nombre falso para contar su historia, que sí es real. Muy real. Las primeras líneas de su alcoholismo comenzó a escribirlas a los 49 años. Casado, con dos hijos, cocinero de profesión en un restaurante, hijo y hermano de alcohólicos. “Yo nunca había bebido porque no quería terminar como mi padre o mi hermano mayor. Pero, a esa edad, dejé de fumar y me aficioné al moscatel que utilizaba en la cocina para las salsas. De ahí, me pasé al pacharán que hacía yo mismo en casa... Y ya no pude parar”. Hoy, José tiene 65 años, está jubilado y asegura haber recobrado la felicidad por vivir. “No puedo decir que esté curado pero sí, en recuperación. Hoy no he bebido pero ¿y mañana? ¿Quién sabe? Nuestro lema es permanecer 24 horas sin beber”. Sea como fuere, él ya acumula más de cinco años sobrio. Y disfruta de los placeres del día a día. “Me gusta salir a pasear con mi mujer y preparar ‘túpers’ de comida para mis hijos. Se los llevan para toda la semana y los congelan”, cuenta satisfecho.
Antes de seguir con su relato, José recuerda cómo él, antes de que se desencadenara su problema, ya había experimentado las consecuencias del alcoholismo en su casa. “Mi padre bebía mucho y prefirió el alcohol a la familia”. Y relata cómo, cuando él tenía 12 años, su madre cogió a sus hijos y se marchó del pueblo de la Ribera en el que residían para trasladarse a Pamplona. No era consciente de su problema. “Mi mujer me advertía: ‘Como sigas así, cualquier día vienes a casa y ya no estaré’. Yo no era violento con nadie ni me atrevía a mirar a la gente a los ojos”. Pero, un día, con 55 años y tras despertarse temblando, fue consciente de que era alcohólico y necesitaba ayuda. “Compraba alcohol en bares y gasolineras donde no me conocían. Lo quería dejar y no podía. Me llevaron a un psicólogo. Pero nada”.
Hasta que tocó fondo. Y en dos ocasiones ingresó en el hospital como consecuencia de comas etílicos (desconocidos que lo encontraban en la calle llamaban a las ambulancias). “La segunda vez, me marché del hospital. Y, al llegar a casa, me estaba esperando la Policía para devolverme allí. Al salir de urgencias, hubiera entrado en cualquier bar para tomarme un cañón de cerveza. No lo hice porque estaban cerrados”. Y ahí se dio cuenta de que estaba abajo pero que, al tocar el suelo, se podía impulsar.
“No puedes entrar en Alcohólicos Anónimos para no disgustar a tu familia. Sino por ti. El principal beneficiado vas a ser tú”. Al principio no beber fue muy duro. “Tenía la autoestima por el suelo pero conseguí dejarlo. Si quieres, hazlo feliz, no amargado. Si no, no lo dejes”. Y recuerda que lo peor que se puede hacer con un alcohólico es dejarlo por imposible. “ Entonces, beberá más y será su perdición”.


Bill Wilson fue un hombre de negocios de Nueva York que no ha pasado a la posteridad por sus inversiones en bolsa ni el grosor de su cuenta corriente sino por haber hecho un descubrimiento histórico. Corría 1935 y tras superar sus problemas con el alcohol y permanecer sobrio durante un tiempo, se dio cuenta de que solo otro alcohólico podría ayudarle a evitar su recaída. Es decir, solo otra persona que recorriera su mismo camino y a quien él quisiera prestar su ayuda sería su talismán para dejar la bebida. Así, se trasladó a Akron (Ohio) y se puso en contacto con un médico local, Bob Smith, que también había tenido los mismos problemas que él. Ambos llegaron a esta conclusión que se ha mantenido en el tiempo: “La capacidad de permanecer sobrio está muy relacionada con la ayuda que pudieran brindar a otros”. Cuatro años después, en 1939, publicaron el libro ‘Alcohólicos Anónimos’, que llamó la atención con su programa de los doce pasos para dejar la bebida. Y que después se exportó con este nombre a otras comunidades locales en Estados Unidos y el resto del mundo. Actualmente hay 115.000 grupos en los cinco continentes y más de nueve millones de personas en recuperación. AA llegó a España en 1955, cuando un médico de Madrid contactó con un miembro estadounidense de AA.
En Navarra, fue el psiquiatra Federico Soto Yarritu quien impulsó el primer grupo en 1961. Así se recoge en el libro Una vida dedicada al enfermo. Federico Soto Yarritu. Psiquiatra (Eunsa, 2020) de la periodista Marialuz Vicondoa. El que fuera director del Manicomio de Pamplona entre 1934 y 1976 contaba entre sus pacientes ingresados con muchos alcohólicos y fue él quien les animó a crear la primera comunidad en Pamplona, al estilo de las que ya funcionaban en Estados Unidos. La primera reunión, explica la autora, se convocó en el bar Savoy, de la calle Bergamín, Desde ese momento inicial, el grupo fue cambiando de ubicación (diferentes bares, un chalé del Gobierno de Navarra en la calle Leyre o un piso en la calle Luis Morondo, en Azpilagaña) hasta alcanzar las diecisiete comunidades que existen actualmente en Navarra (Pamplona, Tudela, Estella, Tafalla, Bera, Alsasua...) y a las que asisten regularmente entre 140 y 160 hombres y mujeres.
MÉTODO DE LOS DOCE PASOS
Alcohólicos Anónimos utiliza el método de los doce pasos y el objetivo de no beber en las siguientes 24 horas. Algunos de estos pasos rezan lo siguiente: “Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol y que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables”, “creemos que un poder superior podría devolvernos el juicio”, “decidimos poner nuestras vidas en manos de Dios” o “admitimos ante Dios y nosotros los defectos”.
Entonces, ¿es AA una comunidad religiosa? “No pero, en sus inicios, los fundadores eran creyentes y hablaban de Dios. Hoy, cada uno puede pensar en el poder superior que prefiera”, explican algunos de los alcohólicos consultados. Entre sus miembros, recogen las bases, hay católicos, protestantes, judíos, practicantes de otras religiones, agnósticos y ateos. “El programa de recuperación tiene como base la aceptación de ciertos valores espirituales. Cada miembro puede libremente interpretarlos como mejore le plaza o ni siquiera pensar en ellos”. En las reuniones, se utiliza las llamadas “mesas de los espejos”, en la que cada uno cuenta sus experiencias. “Porque se viene a empezar una vida nueva”.
