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Solidaridad

Voluntarios navarros: dedicar el tiempo libre a los demás

La plataforma Navarra + Voluntaria registra 2.200 voluntarios en la Comunidad foral, personas que dedican su tiempo a personas mayores, niños o deportistas sin esperar nada a cambio y que se organizan en torno a 127 entidades solidarias

Ampliar Marina Alberdi se encarga del grupo de carteros reales de la Cabalgata de Reyes Magos de Pamplona desde hace cuatro años
Marina Alberdi se encarga del grupo de carteros reales de la Cabalgata de Reyes Magos de Pamplona desde hace cuatro añosCordovilla
  • Paloma Dealbert
Publicado el 03/01/2022 a las 06:00
Si el tiempo es lo más valioso que tiene cualquier persona, 3 de cada 10 navarros han decidido emplearlo en servir a los demás de forma altruista. En dedicarlo a velar por la salud y el bienestar de los vecinos más vulnerables de la Comunidad foral y ayudarlos en su formación, a hacer posible la celebración de eventos deportivos o a cuidar del medioambiente. La mayoría de su actividad se agrupa en torno a 127 entidades, organizaciones que se han inscrito en la plataforma Navarra + Voluntaria del Gobierno foral que ha permitido conocer la cara más altruista de la sociedad. Porque con la pandemia los navarros se han volcado en sus conciudadanos. Además de las altas en este registro -835 en 2020 y 701 durante 2021-, muchos se ofrecieron para las bolsas de voluntariado para responder a la emergencia creada por la covid: 953 personas lo hicieron con la llegada del nuevo coronavirus en 2020, en especial con la primera ola, y 75 durante el segundo año.
Esta participación desinteresada se da casi de manera transversal. Las diferencias entre hombres y mujeres es muy reducida, ellas representan mayoría, con el 51,2% del total. Sí hay distinciones más marcadas en cuanto al ámbito de actuación. Los varones predominan en el voluntariado social (68,4% frente al 55,4% de mujeres), el cultural (19,7% frente al 8,1) , el medioambiental (10,5% frente al 2,7% de mujeres), el deportivo (13,2% frente al 6,8) y protección civil.
Ellas optan más por la cooperación al desarrollo (5,5 puntos más que los hombres), el voluntariado de ocio y tiempo libre (14,9% frente al 10,5 de hombres), comunitario, sociosanitario y educativo.
Esta cara solidaria presenta una media de edad de 49,9. Así, los navarros que más están presentes en las labores de voluntariado son quienes tienen entre 46 y 65 años, que suman el 33,6% de la población. En cambio, hay menos menores de 30 inscritos en la plataforma y constituyen el 17,2% del total. El voluntariado se concentra en Pamplona y la Comarca (54,2%), mientras que en el Pirineo alcanza el 2,5%.
En la capital navarra Marina Alberdi, Javier Remón, María Hernández, María Sáenz, Oihane Palomares y Enrique Villanueva atienden a niños, deportistas, personas mayores, a personas con síndrome de Down o que tienen una emergencia. A veces hay quien les lanza reproches desde el desconocimiento y piensa que cobran por su labor, pero todos aseguran que las buenas palabras y el agradecimiento destacan. Y que los rostros felices, ilusionados, y el buen ambiente entre los compañeros convierten su dedicación en un tiempo bien empleado.

Marina Alberdi Morillo, Asociación Cabalgata de Reyes Magos de Pamplona: “Aunque no esté descansando físicamente, me llena”

Quiero un tiranosaurio rex de verdad.
¿Y dónde lo vas a meter?
Pues en el balcón.
¿Con qué lo vas a alimentar?
Con caramelos...
“Y te lo responden como diciendo que es muy obvio”, añade divertida Marina Alberdi Morillo después de reproducir alguna de las conversaciones con mantiene con los niños cuando se convierte en una de las carteras reales de Melchor, Gaspar y Baltasar. Durante las Navidades, desde hace seis años, Alberdi se enfunda con los abrigos y el gorro de la Asociación Cabalgata de los Reyes Magos de Pamplona y atiende con paciencia a los pequeños que dejan sus misivas a los pajes en distintas ubicaciones de Pamplona. Es una labor “demandante” que hace de forma voluntaria, admite, pero a pesar del esfuerzo físico le “llena”.
La joven, nacida en Pamplona hace 21 años, ve en las actividades de la Cabalgata una manera de prolongar la magia de la Navidad más allá de la noche del 5 de enero, una ilusión -relata emocionada- que la lleva de vuelta a su infancia, cuando esperaba junto a sus abuelos, tíos y primos para saludar a los Reyes Magos o quedaban para abrir los regalos. Pero es también un modo de estar en contacto con los niños, su vocación. En cuanto supo que podía vestir los trajes y tirar caramelos de parte de los Reyes, se inscribió en la asociación.
Marina Alberdi, de 21 años, lleva cuatro como organizadora del grupo de carteros. Con algunos mantiene la amistad todo el año.
Esta vez, con las prácticas de cuarto de Magisterio Infantil, ha llegado a los festejos más cansada, pero en cuanto habla con los chiquillos se olvida porque “es como un respiro”. Con los ojos brillantes, detalla cómo a los niños se les ilumina la cara cuando la ven o se suben a la carroza: “Hay muchos niños que vienen muy ilusionados y a otros les impone. Hay que tener mucho tacto y saber adaptarse, y a veces tocan situaciones delicadas”. Se refiere a cuando les entra el miedo y los voluntarios tienen que bajar a pie de calle para facilitarles que entreguen la carta. O cuando alguno solicita “un regalo a su mamá, que está en el cielo”.
Alberdi ya había sido voluntaria en unos campamentos parroquiales infantiles para familias con bajos recursos. La pandemia, confiesa, ha cambiado un poco el trato con ellos: “A la hora de coger lo que les vas a dar o darles la mano, son más recatados. He notado miradas a los padres como ¿puedo o no? Te vienen niños muy muy pequeñitos y les dices que les vas a dar gel y ya ponen las manitas así, como en un cuenco; tienen las medidas muy interiorizadas”.
Con el formato la Cabalgata de 2022 en el aire, indica que las críticas de quienes “no ven todo el trabajo de detrás” resultan “desalentadores”. Pero la esencia se mantendrá. “No se está pensando en la salud mental de los niños y es muy importante. Luego hay discotecas u otros sitios abiertos que, como son de los adultos… los niños no se quejan o no se les oye”, defiende.

Javier Remón Berrade,  Asociación de voluntarios olímpicos de navarra: “El voluntariado me gustó, no sé si es más de lo que buscaba”

Después de 13 años de colaboración, Javier Remón se emociona cuando habla de Asvona
Después de 13 años de colaboración, Javier Remón se emociona cuando habla de AsvonaJ.A. Goñi
A sus 47 años Javier Remón Berrade confiesa que ha sido siempre un pamplonés “muy inquieto” que buscaba ocuparse en cuanto tenía un hueco. En 2007, cuando se enteró de que se iban a celebrar unas jornadas sobre voluntariado en Civican, decidió acercarse para conocer las iniciativas que estaban en marcha en la Comunidad foral. Y se topó con la Asociación de Voluntarios Olímpicos de Navarra (Asvona). “El tema del deporte me tiraba, como a tanta gente le llama la atención, y por curiosidad dije a ver si es algo que disfruto”, cuenta Remón. “Me gustó. No sé si era más de lo que buscaba...”, añade. Recuerda su primera participación con todo detalle. Fue en el Sadar, cuando no existía el aparcamiento actual, para evitar que los peatones se cruzaran con los coches al inicio y el final de un partido de Osasuna. Disfrutó del “contacto con la gente” durante aquellas horas.
Remón siente que los trece años han pasado rápido, y son menos de la mitad de los que Asvona lleva activa en Navarra. La organización nació a finales de 1990, al albor de los preparativos para las Olimpiadas de Barcelona. Por aquel entonces el voluntario era un adolescente que admiraba el tenis. Javier Remón se había iniciado en el deporte, al margen de las clases de gimnasia, de niño y formó parte del equipo de baloncesto hasta los 12 años, edad a la que se sometió a una cirugía por escoliosis. Cuando se recuperó empezó a empuñar la raqueta “de forma amateur”.
VIVIR EL DEPORTE
Asvona tiene cerca de 70 voluntarios, explica el pamplonés, y permite saborear el deporte de otra manera: “Es desde dentro, estás con los deportistas; ves cosas que desde fuera no se aprecian”. Con la entidad ha desempeñado tareas muy diversas entre sí: supervisar entradas y salidas de recintos deportivos, dar indicaciones sobre las calles que están cortadas por una carrera, y repartir dorsales o alimentos y bebida entre otras labores. También ha acercado a Remón a disciplinas como el judo, el patinaje o el ciclismo.
Esa manera de “vivir el deporte” y “aportar un granito de arena” a la celebración de los eventos deportivos, asegura el voluntario, le satisface. Pero no es la única razón por la que continúa: “Te sientes partícipe y conoces gente, te ayuda a crecer como persona y ver otros puntos de vista; es enriquecedor”.
Javier Remón ahora no tiene empleo, pero ha trabajado como operario de producción, administrativo o en servicios de limpieza. Tiene reconocida una discapacidad física del 65%, reconoce que en la organización tiene cabida personas de distinta edad y condición porque “siempre hay cosas para hacer para todos”. Esta inclusión, aclara, no fue la que determinó que se quedara, aunque sí le valió un premio de la asociación.
Su cuadrilla se compone en buena medida por navarros que han pasado por la asociación. A veces, después de colaborar en un evento, los voluntarios toman algo juntos y estos eventos le ha permitido conocer a celebridades del mundo del deporte.
Cuando recuerda su experiencia en los Juegos del Mediterráneo celebrados en Tarragona en 2019 -“dicen que son el hermano pequeño de los Olímpicos”, apunta-, a Javier Remón se le humedecen los ojos. “Me apunté para estar con el tenis, porque me había gustado desde pequeño. Nada más llegar nos juntamos con Mireia Belmonte... vimos deportistas y periodistas conocidos”, relata emocionado.

María hernández y María Sáenz, asociación de voluntariado geriátrico: “Ayudar a quien te necesita al final es un crecimiento mutuo”

María Hernández (izquierda) y María Sáenz estudian en la Universidad de Navarra
María Hernández (izquierda) y María Sáenz estudian en la Universidad de NavarraJ.P. URDIROZ
En algunas personas la huella del voluntariado se encuentra tan presente que no pueden permanecer mucho tiempo sin la felicidad que les aporta dedicar su tiempo a los demás. En María Sáenz Molina esa pulsión era tan fuerte que cuando se mudó desde Monterrey (México), su ciudad natal, para estudiar Relaciones Internacionales en la Universidad de Navarra no aguantó más de un año sin buscar una actividad para ser voluntaria. Enseguida recibió la respuesta de la Asociación del Voluntariado Geriátrico Franciscano y concertó una cita para conocer las labores de la organización. Como no estaba “tan familiarizada” con Pamplona pidió a su amiga María Hernández Peña que me acompañara”. Su tocaya quedó tan encantada como Sáenz con las explicaciones sobre el voluntariado y decidieron formar un equipo.
Cada semana van juntas a casa de Carlos, padre de Amparo, para hablar con él, jugar y llevar una bocanada de aire fresco al anciano y su entorno. “Lo que más me satisface es el hecho de que, aparte de que le estamos dando otro tipo de actividad que no suele tener a lo largo del día, el resto de familiares que se encargan a diario de él puedan descansar un rato”, asegura Hernández.
Carlos tiene “más de 90 años”, padece párkinson y ha desarrollado una demencia, explican las chicas. Aunque tiene dificultad para llevar a cabo algunas tareas, recuerda a la perfección anécdotas del pasado y disfruta de compartirlas con las chicas. También ríe cuando ellas le cuentan las suyas.
“A mí lo que más me gusta y he percibido es la felicidad y paz que transmitimos en cuanto llegamos. A Amparo en cuanto abre la puerta se le pone una cara de felicidad que decimos… ¡cómo vale la pena estar aquí! Para nosotras es nada y para ellos tiene un significado muy grande”, reivindica María Sáenz, de 20 años.
Aunque reconocen que son dos jóvenes ocupadas, niegan que esas dos horas semanales les suponga un esfuerzo: “¡No sabes lo bien que lo pasamos! Sentimos que obtenemos más nosotras que lo que obtienen ellos”. Enseguida enumeran las actividades que hacen que ese tiempo pase tan rápido para ellas: compartir detalles de sus vidas, enseñar a Carlos juegos sencillos de cartas, pintar... “Las personas mayores tienen mucho que contar y aportar. Fui con la intención de ayudar a Carlos y terminé aprendiendo más probablemente de lo que él haya aprendido de mí”, sentencia Sáenz.
Al empezar, Voluntariado Geriátrico impartió a las nuevas incorporaciones dos sesiones de formación para explicar el acompañamiento y cómo afrontar situaciones difíciles como una actitud verbal agresiva o fuera de tono. Las estudiantes no se han visto en el caso. Solo deben supervisar alguna crisis ocasional relacionada con el párkinson hasta que llega Amparo, explica María Hernández, zaragozana de 19 años.
La mexicana fue en su país voluntaria con pequeños con síndrome de Down y sus familias y con personas en riesgo de exclusión. Empezó a acompañar a personas mayores, pero cuando sus abuelos lo dejó. “Cualquier voluntariado te marca en algún aspecto; estar con otra persona que te necesita, y ayudarle te termina ayudando más a ti. Y al final es un crecimiento bonito: mutuo”, sostiene.
Quienes conocen la labor de las chicas se muestran interesados aunque, señala Hernández, a los jóvenes les parece complicado tratar con personas de edad avanzada: “Suele ver a la gente mayor aparte de muy vulnerable. Le suele costar ofrecerles algún tipo de ayuda porque no saben qué necesita o cómo dirigirse a una alguien tan mayor”. Su generación, completa Sáenz, prefiere trabajar con menores porque “piensa que es más fácil y, de hecho, no lo es”.

Oihane Palomares Fernándes, Asociación Síndrome de Down de Navarra:  “No tengo un trabajo con ellos, solo soy su compañera y amiga”

Oihane Palomares es voluntaria en un piso supervisado de la Asociación Síndrome de Down
Oihane Palomares es voluntaria en un piso supervisado de la Asociación Síndrome de DownJESUS CASO
Cuando Oihane Palomares Fernándes explica el tipo de voluntariado que ejerce, recibe gestos de sorpresa y confusión. La joven, nacida en Urdiáin hace 21 años, convive con los destinatarios de ese tiempo que dedica.
Palomares se emancipó muy temprano y cuando empezó a cursar Magisterio Primaria pasó por situación económica delicada que dificultaba el pago del alquiler en una ubicación razonable. Mantenía dos trabajos al mismo tiempo que estudiaba. Después de valorar sus circunstancias y su perfil, la Unidad de Acción Social de la Universidad Pública de Navarra concertó una entrevista entre la chica y la Asociación Síndrome de Down, que cuenta con más de 60 voluntarios, y en otoño de 2020 se mudó a la Chantrea junto a dos usuarios de la entidad. Entró para supervisar el apartamento, pero encontró dos amigos. “He compartido piso con mucha gente y son los mejores compañeros que he tenido; lo que me aportan los chicos en otro sitio no lo iba a encontrar. Económicamente estoy mejor, si ahora mismo me dijeran que tengo que pagar el alquiler, no me iría”, confiesa.
UN NUEVO HOGAR
Al principio, admite Oihane Palomares, pensaba que lidiaría con muchas complicaciones: “Y en realidad las dificultades se las ponía yo. Son capaces de hacer todo”. Con ella viven dos jóvenes con síndrome de Down, de 31 y 33 años, por los que vela sobre todo por las noches. Vigila que se encuentren bien, el funcionamiento de la electricidad y el agua en la casa, y les ayuda con la organización semanal o la lista de la compra. También se formó en primeros auxilios. De la comida diaria se encarga el Servicio de Atención a Domicilio.
“No tengo un trabajo con ellos, solo soy su compañera y amiga y estoy más atenta a ciertas cosas y hay otras que les ayudo a mejorar. Estoy muy a gusto; es ya mi hogar”, determina. En el día a día intenta ser “muy divertida” con ellos: “Llego y estoy todo el rato hablando, contándoles cosas”. Poco a poco ha conocido el carácter de ambos que, sonríe, son complementarios. Beñat, el mayor, es más reservado y tranquilo, y le toca negociar con él de vez en cuando para que se abra a otras formas de “hacer las cosas”. Ibai es más extrovertido. “Los fines de semana me manda una foto de que se ha ido a una sidrería o está tomándose un cubata, le gusta más la farra… Yo soy más como Beñat, de estar en casa y ver una película”, ríe. Pero los dos son “muy organizados”, añade.
Al final de la jornada suelen visitarse en sus habitaciones para contarse lo que les preocupa. Y cuando alguno de los tres se ausenta unos días de la casa, se mandan fotografías a través del teléfono móvil y confiesan que se echan de menos. Oihane Palomares destaca la sinceridad de Ibai y Beñar: “No van por detrás, son unas personas muy verdaderas”. El más de un año de convivencia ha derribado sus prejuicios porque hasta entrar en contacto con la asociación no había conocido a una persona con síndrome de Down: “Son personas como tú y como yo, con sus cosas, como tú y yo. Y la verdad es que soy una persona más abierta”.
Palomares, que todavía trabaja, había participado en labores de voluntariado en Alsasua, donde se prestó como traductora de euskera en actividades de taekwondo para niños. También ayuda cada año en la campaña de recogida de alimentos en los supermercados con sus amigos porque su familia tuvo que recurrir a estas donaciones en algún momento.
Es habitual que las personas a su alrededor hayan sido voluntarias, sobre todo en el ámbito educativo, deportivo o lúdico. “Pero voluntariados como el mío, no ocurre”, afirma risueña.

Enrique Villanueva Villamonte, voluntario de DYA Navarra: “Dicen que das tu tiempo sin recibir nada; eso no es verdad”

Enrique Villanueva es auxiliar de enfermería y es voluntario de DYA Navarra desde abril de 2019
Enrique Villanueva es auxiliar de enfermería y es voluntario de DYA Navarra desde abril de 2019CORDOVILLA
“Tengo un compañero que dice que nos falta un tornillo”, alega con desparpajo Enrique Villanueva Villamonte. Tiene apenas 19 años y lleva tres como voluntario en DYA Navarra. Este auxiliar de enfermería en Urgencias de la Clínica Universidad de Navarra se inscribió con la mentalidad de que, de vez en cuando, prestaría ayuda en eventos como alguna carrera popular, concierto o rescate, en los que la entidad suele estar presente. “Dicen de sarna con gusto no pica, pues esto es igual”, defiende Villanueva antes de relatar que ha acabado pasando fines de semana con jornadas maratonianas y Nocheviejas por que él quiso. El joven se resiste a calificarse como solidario: “La gente dice que das tu tiempo sin recibir nada a cambio.; eso no es verdad del todo”.
Cuando entró a la DYA, Enrique Villanueva buscaba ampliar su experiencia, formarse fuera del ámbito hospitalario. Solía pasar frente a la sede y se quedaba mirando los vehículos amarillos que caracterizan la entidad. “Al final la gente se piensa que la Dya son solo las ambulancias, pero tocamos muchos ámbitos. El área social está en auge porque tenemos muchas necesidades sociales”, insiste el pamplonés.
ALIVIO CONTRA LA SOLIDARIDAD
“¿Qué engancha? Experiencias que vives, estar con gente muy distinta a mí con la que igual en una situación normal, no me juntaría”, reflexiona Villanueva. Desde pequeño le atraía el ámbito sanitario para “ayudar a la gente”, pero fueron otros aspectos del voluntariado los que lo han seducido.
Cuando se declaró el primer estado de alarma, Enrique Villanueva no tenía empleo y pasó gran parte de su tiempo de guardia para la DYA. Llegaba a la sede con idea de pasar la mañana y acababa completando el día con todas las labores que desarrollaba. Tuvo temor a llevar el coronavirus a casa, admite: “Es lo más normal. Pero dices, estoy aquí para ayudar a los demás y es el momento en el que la ciudadanía navarra necesita que hagas ese esfuerzo y lo des todo”. Y aquellas semanas enfrentó algunas situaciones que, confiesa, le han impactado.
La organización, que cuenta con cerca de 600 voluntarios, construyó un túnel de desinfección de ambulancias junto al Complejo Hospitalario, se encargó de hacer la compra para personas vulnerables, distribuyó los deberes a los escolares y atendió accidentes en domicilio. Recibían dibujos de niños en los que las ambulancias estaban rodeadas de superhéroes. Y fue testigo de la gran soledad en la que quedaron muchas personas: “Que una mujer mayor te reciba y seas lo único que ha visto en un mes. Cómo te lo agradecen... Algunas se ponían a llorar”.
El área social ocupa parte de la descripción de Enrique Villanueva sobre las actividades de la DYA. Para formar parte de la entidad, señala, no es necesario trabajar en el ámbito sanitario. “Nos forman a todos en primeros auxilios y en el curso de desfibrilador, y luego ya internamente haces curso de logística, cursos de montaña, de rescate en carretera o de habilidades sociales”, enumera.
Esta polivalencia resulta fascinante para quienes son tan activos como el chico. En los últimos meses, señala, cada vez más jóvenes se apuntan para ser voluntarios. “Creces como persona porque conoces otras realidades, de alguien que tenga una urgencia o lo que la gente no ve de las necesidades sociales. Te hace empatizar mucho más”, asegura. Y las caras de felicidad de las personas a las que ayuda son más que suficientes para que quiera continuar.
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