Personas refugiadas

Seis años después de huir de Afganistán: “Hemos vuelto a la vida”

Desde 2016 en Atenas, Diario de Navarra sigue a una familia refugiada afgana y a tres navarros que les ayudan

Maroof, Mahboba Haidiri y sus tres hijos, la semana pasada  en Holanda tras recibir la noticia de la aprobación de su residencia
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Maroof, Mahboba Haidiri y sus tres hijos
Maroof, Mahboba Haidiri y sus tres hijos, la semana pasada  en Holanda tras recibir la noticia de la aprobación de su residencia

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Iván Benítez

Publicado el 25/10/2021 a las 06:00

Maroof y Mahboba Haidiri se encontraban comprando en el supermercado cuando recibieron la llamada telefónica de su abogado. No la esperaban. Al identificar el número en la pantalla del móvil, el matrimonio afgano se temió lo peor. Y como cada seis meses, volvieron a sentir la amenaza de la deportación.

Hasta esa mañana del 27 de septiembre de 2021, Maroof, Mahboba y sus tres hijos, dos chicas y un chico, llevaban seis años huyendo. Huyen de los talibanes, de la trampa en la que se convirtió Atenas para las personas refugiadas, del recuerdo de la muerte de un bebé de 11 meses, su hijo, al que no pudieron salvar por culpa de las concertinas administrativas. Seis años luchando por salir de la cuneta de la invisibilidad y del olvido social. Seis años, con la vida detenida.

Por eso, al recibir la llamada de su abogado, instintivamente vieron pasar por delante la película de sus vidas desde 2015. Y les sobrevino la guerra y los rostros asustados de sus tres pequeños, que no comprendían por qué debían abandonar su hogar. En ese negativo de los recuerdos aparecía ella, embarazada, cargando con su hija pequeña en brazos, surcando a pie veredas imposibles, solitarias, nevadas, rodeando puestos fronterizos, evitando balas, hablando entre susurros. Caminaban en busca de la costa, doblados por el cansancio, negociando con traficantes, se ponían en sus manos, subían a una zódiac, se perdían en la noche, y naufragaban... En esta película destacaban cuatro colores: el negro de la noche en mitad del oleaje, entre gritos; el naranja del amanecer y de los chalecos salvavidas; el azul de la camiseta de los voluntarios del Servicio Jesuita a Refugiados en Atenas, un cruce de vidas en el pasillo de la segunda planta de una casa de acogida; el rojo de una camiseta de Osasuna que les dejó Eduardo Guillén, profesor de inglés de Jesuitas.

Por eso, al descolgar el teléfono en el supermercado, Maroof y Mahboba temblaron. Aunque esta vez fue diferente. Quizá el tono de voz. El abogado les rogó que salieran del comercio y les soltó a quemarropa: “Tengo buenas noticias para vosotros. Os han concedido la residencia en Holanda”. El matrimonio escuchaba atento, con los sentidos al galope y los corazones pegados al auricular. Ellos se miraron y Mahboba se desplomó, antes gritó: “¡¡Yes!!”. Esa noche no cenaron. Solo rieron, lloraron, se abrazaron y se dedicaron a enviar audios a sus allegados. Uno de esos mensajes viajó directamente a Navarra, a los móviles de un matrimonio pamplonés, Marina Azcona y Miguel Iriberri, enfermera del Complejo Hospitalario y profesor de Jesuitas, y el otro a Eduardo Guillén, compañero en el mismo colegio. Tras escuchar las palabras de Maroof y Mahboba, los tres se reunieron en un bar del centro a las once de la noche y brindaron por la vida. Esa madrugada, Maroof escribió en su estado de Whastapp: Positive.

SEIS AÑOS TRAS SU ESTELA

Diario de Navarra ha seguido la estela de esta familia afgana y de los navarros que les han ayudado desde que se conocieron en Atenas en 2016. Entonces, Maroof contaba que trabajaba como funcionario de un ayuntamiento de su país cuando los yihadistas tomaron la localidad en 2015. Y que fue secuestrado y amenazado, por lo que se vieron obligados a marcharse. A partir de esa fecha, su única obsesión y la de su mujer ha sido huir y mantener a la familia unida. Y lo han conseguido: con serenidad, aplomo, discreción, ayudando incluso a otras familias en las mismas circunstancias, tal y como evidenciaron en Atenas, donde eran considerados referentes entre la comunidad de refugiados, y luego hicieron lo mismo en Holanda.

Han sido seis años de espera en los que han perdido a un hijo, Miradjudin (ver fotografía). Murió con 11 meses el 20 de abril de 2016. Nació con una parálisis cerebral que derivó en complicaciones. Patologías que no se pudieron tratar a tiempo por culpa de un muro burocrático. Y Mahboba, su madre, no lo pudo soportar. Rota de dolor, se entregó a los traficantes nuevamente y continuó viaje al centro de Europa. Se aventuró sola, tratando de forzar la reunificación familiar. “Mi mujer no aguantó más. Se marchó”, explicaba Maroof en 2016. Pero la detuvieron y la trasladaron a un centro de internamiento. Y Maroof , en Atenas, a cargo de sus tres hijos, no les podía contar que habían detenido a su madre. “Yo ya no tengo futuro. Mi futuro es el de mis hijos”, respondía al preguntarle por su futuro.

Un año, dos meses y veinte días después de verla desaparecer, se reencontraron fuera de Grecia gracias a Marina, Miguel, Eduardo y al Servicio Jesuita, entre otras organizaciones. Hasta el reencuentro final, en Holanda, los mantuvieron diez días en un campo de detención. Las dos chicas y el chico, adolescentes, no tardaron en escolarizarse y, poco a poco, con apoyo psicológico, fueron rearmándose anímicamente. Pero vivían sin vivir en una caseta de obra. Y sin papeles, sin posibilidad de formarse o trabajar, las jornadas resultaban demasiado largas para los adultos. En cualquier caso, dejaban claro, lo más importante era que sus hijos habían comenzado el colegio, aprendían un nuevo idioma, practicaban deporte, se integraban y adquirían rutinas. Todo iba bien. O eso creían.

Porque hace año y medio los trasladaron a un campo de detención próximo al aeropuerto. Allí les trataron de apagar cualquier rescoldo de esperanza. A punto de subir a un avión, después de horas incomunicados, pudieron efectuar tres llamadas. Era su oportunidad. Maroof, sin perder la compostura, siempre prudente y sereno, telefoneó al Servicio Jesuita a los Refugiados en Atenas, también a Eduardo, que ese año residía en Estados Unidos, y a Marina y Miguel. Entre todos prendieron la mecha de una cadena internacional que logró frenar puntualmente la expulsión.

Por eso, después de todo lo vivido, al igual que le sucedió a Mahboba el 27 de septiembre, Marina, Miguel y Eduardo se precipitan estos días en una tormenta de emociones. Entre sonrisas y lágrimas, fruto de su impotencia, cabreo y felicidad, recuerdan cómo vivieron aquellos primeros minutos de vida. “Yo estaba trabajando de tarde, en el hospital”, arranca Marina. “Al ver el audio de Maroof me quedé inquieta, pero decidí no escucharlo hasta terminar a las diez de la noche. Al salir, me llamaron Miguel y Eduardo para decirme que venían a buscarme y que mientras tanto escuchara el mensaje. Al oírlo no podía parar de llorar. Se pusieron todos al teléfono. Fue increíble, emocionante. De las mejores noticias de mi vida...”.

Esa noche, Eduardo, Miguel y Marina se fueron a cenar algo y desde el bar escribieron al periodista de Diario de Navarra. Eran las 22.58 horas. “Estamos muy contentos, muy felices, muy emocionados, porque después de tanto tiempo, tantos meses, tantos años... Maroof y su familia van a poder comenzar una nueva vida en Holanda, les van a dar la residencia. Qué caprichosa es la vida. Gracias a una camiseta de Osasuna que se quedó en Grecia, mira hasta dónde hemos llegado (...)”.

Efectivamente, una camiseta de Osasuna que Maroof lucía mientras cenaba en la casa de acogida de Atenas consiguió que este periodista se fijara en el afgano. Se la regaló Guillén cuando aterrizó el verano de 2016 para colaborar en Grecia en la ayuda con los refugiados. En realidad, Eduardo se deshizo de toda su maleta, y de alguna que otra promesa. “No os olvidaré”, selló con un apretón de manos. Cuatro meses después, en diciembre, volvió con otros seis compañeros del colegio Jesuitas y con dos contenedores cargados de 52 toneladas de ropa, mantas y productos higiénicos enviados desde el centro, fruto de una importante movilización.

Todo este equipo ha conseguido mantener a esta familia refugiada afgana en la primera línea de la esperanza.

"MAROOF Y MAHBOBA HAN CONSEGUIDO MANTENER LA FAMILIA UNIDA"

“Ahora, al conocer la noticia de que les han concedido la residencia, estarán asimilando todo el recorrido que han realizado desde que hace seis años tuvieran que escapar de Afganistán con críos pequeños y ella embarazada, una decisión nada fácil de tomar, hasta que te dicen que sí. Se les ha tenido que venir encima un montón de sentimientos encontrados. Pero esta situación supone empezar una nueva vida oficialmente, porque vivían de manera invisible en su campo de refugiados, los cinco en una misma habitación. Los críos escolarizados, aprendiendo el idioma perfectamente, pero de cara a todo, ellos han permanecido invisibles y ahora podrán salir a la calle, podrán trabajar, viajar, tener un piso, relacionarse sin miedo... Poder llevar una vida como los demás. En estos seis años, quiero destacar que aunque parezca que Maroof y su mujer no han podido hacer absolutamente nada, claro que han hecho. Han mantenido a la familia unida y a los hijos educados, escolarizados, manteniendo la estabilidad y dignidad. Han realizado todos los esfuerzos posibles para que sus hijos salgan adelante. Lo han hecho todo. Y, lo más importante, han conseguido mantener la familia unida. No han tirado la toalla. Lo han hecho de manera discreta, sin meterse en líos, con una constancia, paciencia y entereza que nos enseña a todos. Han vencido las concertinas administrativas. Frente a estas dificultades, ver la entereza de cómo han pasado estos años, es increíble” (Marina Azcona y Miguel Iriberri, matrimonio).

"DESPUÉS DE SEIS AÑOS, NO PUEDES CONTROLAR LAS EMOCIONES"

Maroof recuerda los momentos posteriores a la llamada del abogado. “Regresamos al campo de refugiados y se lo dijimos a nuestros hijos. No se lo podían creer. Y de la felicidad que sentían se pusieron a llorar. Es muy hermoso cuando uno alcanza el objetivo después de seis años de esfuerzo. No puedes controlar las emociones. Inconscientemente, derramas lágrimas de alegría porque vuelves a la vida”.

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