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Sufría dolor crónico

Elena Irisarri Huarte: "El dolor no me dejaba respirar pero ya no lo tengo y soy feliz"

A esta pamplonesa le extirparon un bulto en 2018. Era benigno pero le quedó un dolor en el nervio. Desde enero de este año, lleva un aparato en la médula y ya no tiene sensación de dolor

La pamplonesa Elena Irisarri Huarte, de 46 años, es agente de la Policía Nacional, en Pamplona.
La pamplonesa Elena Irisarri Huarte, de 46 años, es agente de la Policía Nacional, en Pamplona.EDUARDO BUXENS
  • Sonsoles Echavarren
Publicado el 18/10/2021 a las 06:00
A Elena Irisarri Huarte le cambió la vida en noviembre de 2018. Y de qué manera. Al salir del quirófano, tras una operación que parecía sencilla, sintió un “dolor terrible” que no la dejaba ni respirar. Y que no le desapareció hasta más de dos años después. Entretanto, convivió con una bomba de morfina, variedad de analgésicos, tumbada en el sofá, arrastrando un agotamiento crónico al no poder dormir por las noches y un gran sentimiento de culpa y frustración por no poder cuidar ni atender a sus hijos. Pero un aparato en su médula espinal, que le implantaron en enero de este año en la Clínica Universidad de Navarra (CUN), ha vuelto a poner su vida del revés. Aunque, en esta ocasión, para quitarle la sensación de dolor y devolverle la vitalidad en su familia y el trabajo. Pamplonesa de 46 años, casada y con tres hijos varones de 14, 12 y 9, es agente en la Jefatura Superior de la Policía Nacional en Navarra. Un trabajo que le exige estar en buena forma física, ya que trabaja en la calle. “El dolor fue tan terrible que era incapaz de moverme del sofá, salir de casa... No me dejaba vivir. Ahora no me creo que no me duela. Es como un milagro. Y estoy feliz”.
Elena Irisarri cuenta su historia vestida de uniforme y apoyada por sus compañeros. No le importa compartir su testimonio ni dar su nombre, aunque no muestra su rostro (no puede hacerlo por el servicio que desempeña). Y comienza su relato. “En el verano de 2018 sentí un dolor en el costado, cerca de las costillas. Tras varios meses de pruebas, me diagnosticaron un lipoma (bulto), que había que extraer”.
Como sucedió. Tras pasar por la Clínica San Miguel, la derivaron a la CUN y allí, en noviembre de ese año, le extirparon ese bulto, que era ‘bueno’ y midió más de lo esperado (diez centímetros). “Como tenía muchas ramificaciones, me cortaron un nervio. Por eso tenía tanto dolor”. Tras el ingreso, el postoperatorio también resultó duro. “No podía levantarme y solo dormía de un lado. Apenas salía a la calle porque enseguida me ‘quemaba’ todo. Y ni con la medicación mejoraba”, se entristece al recordarlo. Mientras, su estado anímico no era mucho mejor que el físico. “Experimenté altibajos y estaba muy apática. Mis hijos y mi marido lo pasaron muy mal porque me veían sufrir. No es fácil vivir con alguien que tiene dolor crónico”.
En mayo de 2019, volvió a pasar de nuevo por el quirófano para ver si “mejorando” la cicatriz, la situación se invertía. Pero, tampoco. “Me aplicaron entonces radiofrecuencias y tomaba mucha medicación. Pero nada”. En ese tiempo, decidió regresar a trabajar “porque no quería estar en casa”. “Apenas duré un mes. No podía. Tuve que dejarlo”.
Y así, fueron pasando los meses, confinamiento y pandemia de por medio, envuelta en el dolor y, asegura, en la desesperación. Hasta que enero de este año, la esperanza perdida regresó a su vida con el nombre de Nicolás Varela, el responsable del área del dolor de la CUN, que decidió implantarle un neuroestimulador medular (un aparato que se inserta en el cuerpo y que ‘engaña’ al cerebro, al no dejarle captar la sensación de dolor).
"NO TOMO NI UN IBUPROFENO"
Elena confiesa que, aunque inicialmente le dio un poco de miedo, estaba “tan desesperada”, que no dudó en dar su conformidad. “Primero me pusieron uno externo, para comprobar, si funcionaba. Y, después, ya el que llevo ahora junto a la médula. Me va fenomenal. ¡He recuperado mi vida!” El aparato lo debe cargar cada cuatro o cinco días (como si fuera un teléfono móvil) para que siga funcionando. ¿Efectos secundarios? “Ninguno. Voy al gimnasio, porque tengo que recuperar la masa muscular que perdí por estar dos años de baja y sin moverme. Desempeño mi trabajo con normalidad. Y, lo más imparte, puedo estar con mis hijos. ¡Tenía que salir adelante por ellos!”
Las primeras semanas de llevar el estimulador neuronal, Elena Irisarri aún estaba en alerta. “Creía que el dolor iba a volver en cualquier momento. Pensaba: ‘Que viene, que viene...’ Pero no venía. Y ahora no me tomo ni un ibuprofeno”, se ríe. Una situación que, reconoce, le ha ayudado a relativizar la vida. “Si ahora, de repente un día, me duele la cabeza por lo que sea, no le doy importancia. ¡Eso no es nada! ¡Después de lo que he pasado!”
El apoyo de su familia y de sus compañeros de trabajo, insiste, han sido sus dos anclas para no naufragar. “Es importantísimo que en el trabajo te valoren, te apoyen, te digan que no te preocupes... En vez de sentirte como una carga”, aplaude. Lo mismo que le ha ocurrido en su familia que, a pesar de las dificultades, le ha ayudado siempre. ”Estas vivencias o te unen o te separan. Y a nosotros nos ha ayudado a unirnos más como familia. A apreciar la vida y a darnos cuentas de que a cualquier nos puede pasar”.

3 de cada 10 personas tienen dolor crónico más o menos intenso

Un dolor de cabeza, de espalda o de estómago pueden amargarnos el día. O las semanas o meses. Aunque no sean graves. Y no somos conscientes de lo bien que estábamos y lo poco que lo valorábamos, hasta que algo se tuerce. Pero muchas personas viven así a diario. De hecho, entre el 20% y el 30% de la población sufre un dolor crónico (que dura más de seis meses) de mayor o menor intensidad, según apuntan los expertos. Y, añaden también las estadísticas, más de la mitad de los pacientes que acuden al centro de salud a una visita de atención primaria lo hacen porque les “duele algo”. El domingo se celebró el ‘Día mundial del dolor’ para sensibilizar sobre esta realidad y encontrar un alivio al sufrimiento de tantas personas.
Una situación que expone el responsable del área del dolor de la Clínica Universidad de Navarra (CUN), el especialista en anestesia y cuidados intensivos Nicolás Varela. “Si el paciente dice que le duele, es que le duele. El dolor es siempre lo que diga el paciente”, apunta. Y recuerda que el dolor puede considerarse una enfermedad en sí misma (un dolor crónico, como la fibromialgia) o un síntoma (dolor agudo por un traumatismo o lesión).
Este experto diferencia dos tipos de dolor: el nociceptivo (o mecánico), provocado, por ejemplo, por un golpe; y el neuropático, generado en el propio tejido de los nervios. “Así, cuando te golpeas en el codo, sientes enseguida como una corriente eléctrica que hace que te ardan los dedos de la mano. Eso es por el nervio. Los dedos no tienen ningún problema pero te duelen”, aclara.
El dolor, insiste, puede convertirse en una enfermedad crónica, como la diabetes y hay que aprender a manejarlo. “Puede que, a veces, no se consiga eliminar, pero sí hay que tratarlo para conseguir una mejor calidad de vida del paciente”, insiste. Y recuerda que, entre los dolores crónicos, el más frecuente es el de espalda, que sufre más de la mitad de la población (el 66%). “No significa que duela constantemente sino que es un dolor que va y viene”.
¿Y cómo se mide la intensidad del dolor? ¿Si es más fuerte o se puede soportar? “Nosotros no nos fijamos tanto en la intensidad sino en la repercusión que tiene ese dolor para la vida del paciente. Por ejemplo, una persona con un dolor de intensidad 9 puede llevar una vida normal; y a otra, un dolor de 7 le impide trabajar”.
PASTILLAS E INFLITRACIONES
Los tratamientos, subraya Nicolás Varela, han evolucionado mucho en los últimos seis años. Y van más allá de las pastillas. “Ha habido una epidemia en el uso de los opioides (morfina) y han sido muy utilizados”, cuenta. Y ahora se recetan también otros fármacos, como los antiepilépticos (lyrica) o los antidepresivos (duloxetina o tryptizol, para dolores que aparecen de noche e impiden dormir). “Hay una relación enorme entre la depresión y el dolor crónico. Vivir con dolor puede provocar depresión. Pero también a la inversa. Tener depresión aumenta el riesgo de sufrir dolor crónico”. Las infiltraciones (inyecciones que bloquean el nervio), la radiofrecuencia (electricidad), la psicoterapia y la rehabilitación son otros tratamientos, junto con el estimulador neuronal, que inhibe la percepción del dolor.
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