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Superación

Siete meses secuestrado por la COVID-19

Este miércoles Ángel Zubiría Pérez pudo por fin regresar a su casa de Carcastillo, de donde salió un 9 de enero para ingresar por covid en la CUN y en San Juan de Dios, con dos estancias en la UCI. “Me quedé como un bebé, sin habla ni poder andar”

Ángel Zubiría Pérez, nada más abandonar el Hospital San Juan de Dios, en la puerta del centro hospitalario
Ángel Zubiría Pérez, nada más abandonar el Hospital San Juan de Dios, en la puerta del centro hospitalarioGoñi
  • M. Munárriz. Pamplona
Actualizado el 21/07/2021 a las 20:43
Aunque  tenía que esperar hasta las tres de la tarde para salir del Hospital San Juan de Dios, Ángel Zubiría Pérez llevaba desde las nueve y media de la mañana vestido, con la maleta hecha y los informes médicos de estos últimos siete meses cuidadosamente doblados encima de la cama. “Un par de huevos fritos con jamón, no pido más”, decía este agricultor jubilado de 74 años, de Carcastillo, de donde salió un 9 de enero y a donde este miércoles regresó, cruzando el umbral de su casa como se marchó, andando. Ahora se da cuenta del valor que tiene ese movimiento del que apenas nos percatamos en el devenir diario. “Pero es que yo, por culpa del ‘bicho’ me quedé como un bebé, sin hablar ni andar. Y he recuperado las dos cosas. Estoy tan agradecido...”.
El ‘bicho’ es el coronavirus, que le atrapó sin disparar las alarmas de su cuerpo. “Yo me sentía bien, pero había estado en contacto con alguien que se infectó así que por precaución fui al centro de salud de Tafalla a sacarme placas. Allí vieron que tenía cogido el pulmón y me mandaron a Pamplona”. Salud, debido a la saturación de camas en el Complejo Hospitalario de Navarra, le derivó a la CUN. El 13 de mayo le remitían a San Juan de Dios.
Un resumen demasiado somero para lo que ha pasado a lo largo de este tiempo, en el que por dos veces ingresó en la UCI, de los que diez días estuvo boca abajo, la traqueotomía, una sonda gástrica, la debilidad en los músculos, la infección por una bacteria que aún complicó más su evolución. “Y en todo el proceso, te sientes muy solo porque tu familia, cuando estás en planta, sólo puede entrar a verte poco tiempo y con los trajes esos blancos (EPIS) para no contagiarse”.
Curiosamente, en la UCI, el acompañamiento en tiempo es mayor. “Pero tampoco me acuerdo de mucho cuando estaba en intensivos”. Sí tiene guardado en su memoria el momento en que, a través de un móvil, vio a su familia por videollamada. Una familia, su pareja Milagros Fraile Oneca, y los tres hijos, Susana, Alberto y Jon, que se han turnado para permanecer a su lado junto a sus hermanos. “No me puedo quejar. He tenido la compañía de los míos y cuando estaba en la CUN me tocó un compañero de habitación fantástico (dice sobre Antonio Ariztu Villanueva), que hasta se ha acercado a verme”.
Y le da una rabia tremenda no acordarse del nombre de la médico anestesista que casi todos los días se pasaba por la habitación para hablar. “Me decía que le recordaba a su padre, que también era un agricultor, de Andosilla. Ay, ojalá lo lea y así sepa que le estoy tan agradecido...”. Como al sacerdote de la CUN. “Aunque casi me da un infarto la primera vez que vino a verme. Noté que me tocaban el pecho y al verle pensé que me estaba dando la Extrema Unción. Ya me aclaró que simplemente se pasaba por las habitaciones para hablar con los enfermos por si podía ayudarnos”. Una lista en la que también incluye a todo el personal sanitario. “Es que siempre tienen una palabra amable para que no te vengas abajo”.
Cuatro meses mudo
Porque reconoce que los cuatro meses que pasó sin poder hablar por la traqueotomía fue de las peores cosas que le han pasado por la vida, sino la peor. “¡Qué impotencia! Yo intentaba comunicarme con gestos, pero la mayoría de las veces los empleados del hospital no me entendían. Y veía como los pobres se desesperaban intentándolo. Eso me hacía sentirme fatal”. También cuenta que en los días de la UCI, tuvo un sueño tan vivido que una vez en planta pensó que era verdad. “Creí que estaba ingresado porque me habían intentado envenenar. Me costó un par de días centrarme. Es que lo del bicho es tremendo. Te coge y no te suelta. Los que no lo han pasado que tengan cuidado, es una fiera”.
Para su familia, lo peor ha sido lo que ellos llaman el “limbo”. El 13 de mayo lo trasladaron de la CUN a San Juan de Dios. “Pero llegó con la traqueotomía y una sonda gástrica cuando aquí no hay especialistas. Fueron dos meses y medio de llamar a Atención al Paciente para no obtener respuestas. Salud se lavaba los manos, la CUN nos indicaba que a ellos el departamento les había cerrado el expediente. Por fin conseguimos que lo trasladaran al complejo hospitalario para retirarle el tubo y la sonda”, explica Alberto, el encargado ayer de recogerlo a las tres para ese tantas veces soñado regreso a casa.
La única secuela de estos siete meses es un apósito para tapar el agujero de la traqueotomía, y dice, que no ha recuperado del todo el sentido del olfato. “Me va y me viene, pero bueno, poco me parece para como lo he pasado. Había veces que pensaba que no lo iba a superar. Pero el día que me oí decir la primera palabra (se emociona) me convencí que saldría de esta”. Y por su propio pie, insiste orgulloso.
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