Aniversario
Padilla, la leyenda de ‘El Pirata’
El jerezano agrandó su trayectoria legendaria hace 10 años tras sobreponerse a una terrible cogida en Zaragoza en la que perdió su ojo izquierdo. Este miércoles se cumplen 20 de una grave cornada en Pamplona, con cuya afición mantuvo un idilio duradero


Publicado el 14/07/2021 a las 06:00
Hay detalles conservados en la memoria de la lidia -sostenidos por el peso de la tradición y una literatura adjetivada hasta mecer las palabras en género propio-, que perdurarán al paso del tiempo. La figura de Juan José Padilla (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1973) alcanzó la categoría de leyenda cuando su mirada quedó extraviada por la pérdida de un ojo en la Feria de El Pilar, de Zaragoza, hace diez años. Su imagen de torero arriesgado, al que el año 2018 de su retirada le despidió con 39 cornadas grabadas en su cuerpo, franqueó el umbral de los elegidos por la afición por esa complicidad que el arrojo con la muleta y el afecto correspondido con las palabras permiten entretejer. Cuando se sobrepuso a las graves heridas de aquella tarde de octubre de 2011 de infausto recuerdo en el coso zaragozano, el diestro gaditano -al que su padre, Pepe Padilla, reconoció en otra grave cogida una naturaleza brava y resistente (“Es como un toro, se recupera en seguida”), mantuvo su apellido en los carteles de feria pero pasó a ser reconocido como El Pirata. Su estética impuesta con un parche, ampliada con pañuelo negro cuando se despidió el 13 de julio de 2018 de Pamplona, agrandó su silueta de corsario romántico de la lidia.
La descripción que hizo su padre de su capacidad de resistencia se escuchó en la capital navarra mientras su hijo se reponía en el Hospital Virgen del Camino del desgarro del esófago y la fractura de la tercera vértebra cervical que le causó un miura, de 670 kilos, de nombre Sureño. El animal, imponente por su encaste legendario, ya había dado muestras de bravura por la mañana durante el encierro cuando en un arranque rasgó y se llevó en un pitón, cual divisa de su impronta, una camiseta de un corredor, de color amarillo. El mal fario de un tono, asociado a pronósticos indeseados, anticipó una tarde gris, tanto por la amenaza de descarga de lluvia como por la triste noticia con la que Navarra recibió el 14 de julio de 2001. ETA había asesinado en Leitza al concejal de UPN, José Javier Múgica. La tragedia de la mañana sobrevolaba sobre el ambiente de la fiesta. Hasta los toreros de ese día -Zotoluco, El Renco y Padilla- tuvieron el detalle de dedicar su primer toro a la memoria del edil.
Hubo minuto de silencio en la plaza. Fue el primero pero no el único porque cuando el jerezano besó la arena, tras atravesarle el cuello un pitón de Sureño, calló la Monumental, sobrecogida y aterida por su suerte. Barquerito iniciaba su crónica para este medio con un detalle desgarrador: “Muda y secamente, la miurada fue una brutal batalla. Con una víctima y un héroe impensados. La víctima, Juan José Padilla , que en el embroque de la estocada con que intentó tumbar al segundo de corrida, fue alcanzado de pleno en el cuello. Salió de la cogida ya casi inconsciente y con dos vértebras cervicales rotas. En el suelo lo buscó el toro y le molió el vientre a golpes con la pala de un pitón. A ese toro Padilla lo manejó con soltura y sitio, lo banderilleó con valor y altísimo riesgo y hasta se adornó con él antes de buscar la igualada. Terrible la cogida y una impresión durísima en la plaza, donde tardó en recobrarse el aliento lo que tarda en pasar eso en Pamplona: sólo un toro más”.
En los minutos posteriores, cuando los temores cedieron a una primera sensación de alivio con las palabras del apoderado, José Luis Segura -“No parece que haya afectado a ninguna arteria o cosa importante”- la superstición merodeó sobre comentarios en búsqueda de explicaciones que la razón no alcanzaba a proporcionar. “Ya lo decía yo. Este vestido es el mismo de San Sebastián”, se le escuchó decir al propio apoderado, con el recuerdo aún nítido de la cogida del 31 de marzo, en Illumbe. Un toro de Victorino Martín rasgó el traje rosa que Padilla lució en Pamplona.
Ese día pasó a engordar su trayectoria particular con la plaza y su público que, como reconoció cuando apuraba su año de despedida, le encumbraron como matador. “Pamplona me lanzó a todas las ferias. ¡Cómo se han volcado las peñas conmigo..!”, reconoció en una entrevista a pocos días de rematar su retirada en otra Monumental, la de México, considerada como la más grande del mundo con 40.000 asientos.
PAMPLONA, 1999
La historia de Padilla con Pamplona comenzó una tarde de 1999, gloriosa en el arte y memorable a juzgar de la categoría de triunfador de la feria que logró adjudicarse por los méritos contraídos con el estoque y la muleta. Fue el primer capítulo de un reencuentro que se sucedió en los años posteriores en los que el tendido celebró su destreza y afinidad recíproca. La leyenda de Illa, illa, illa, Padilla maravilla acabó convirtiéndose en saludo cordial a cada faena rematada con éxito.
Es posible que, al descubrir su lado humano, sobre todo en momentos de fragilidad a raíz de las cogidas, el diestro viese reflejado en el público un espejo de empatía y comprensión. Fueron muchos los detalles que le ataron a Navarra. De hecho, el salón principal de su casa de Jerez, donde lucen las cabezas de los dos miuras que desorejó en su debut en San Fermín, se llama Pamplona. Tuvo tiempo también de respetar y de participar sus tradiciones como corredor de encierro que llegó a ser en alguna ocasión.
Por el historial apuntado en los testimonios escritos de los periódicos se sabe también que fue el primer torero que se animó a tentar las reses de Casta Navarra que cría Miguel Reta en Grocin.
Antes de cortarse la coleta dejó expresiones para la posterioridad, nacidas de su comprensión de la lidia y de la hondura de sus sentimientos: “El sufrimiento es parte de la gloria. En el toreo se sufre de verdad y se muere de verdad”.
El 13 de julio de 2018 se despidió de Pamplona. Recibió el pañuelo de San Fermín del Alcalde de Sol, Damián Sánchez, Como no podía ser de otra manera, junto al triunfador de ese día, Roca Rey, salió a hombros. Por la puerta grande de las leyendas.