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Sáhara occidental

De Navarra al Sáhara, la maleta de los recuerdos

La caja que sujeta Khadiyetu, de 7 años, viaja estos días a la hamada argelina llena de historias, una semana en la que las familias de acogida recuerdan con intensidad a sus niños saharauis

13/06/2021
"Estoy bien, muy guapo y un poco nervioso porque ya nos toca”. Estas fueron las palabras que Gauz, de 18 años, envió la semana pasada a su familia de acogida en Navarra. El mensaje incluía una fotografía, la misma que se publica en este reportaje y en la que se ve a un adolescente convertido en soldado con un rostro cincelado por la firmeza de la hamada argelina. Serio y con uniforme militar, Gauz posa al atardecer unas horas antes de subir a la pick-up que le llevará al frente de guerra. Quizá su marcha coincida con el día en el que debería aterrizar esta semana en Noáin el vuelo charter con los cien niños y niñas saharauis que hasta 2019 disfrutaban del programa Vacaciones en Paz, cancelado por covid por segundo año.
Pero al nerviosismo se suma la impaciencia. Cuesta seguir esperando cuando todo alrededor es extremo: guerra, calor, falta de alimentos, pandemia, olvido... Estos días, el termómetro roza los 50 grados, incluso los 60, y la comida se distribuye de manera agónica. No llega la ayuda internacional y lo poco que se puede comprar se ha encarecido, explica Amaia Antoñana Azkarate, madre de acogida de Gauz. “La última vez que nos escribió, nos contaba que comen carne dos veces al mes y la verdura es imposible de conseguir. Menos mal que les acaba de llegar al campamento militar una cesta con alimentos procedente de la caravana que salió de España (Navarra envió tres trailers)”.
Entretanto, el joven soldado se distrae como puede. Se dedica a construir casas de ladrillo, arregla coches, pinta, bebe té con los amigos... Y cuando le toque partir al frente, aclara Amaia, el único petate que se colgará al hombro será el de los recuerdos. El mismo que se llevó al salir de casa un viernes 13 de noviembre de 2020, horas después de que el Frente Polisario rompiera el alto el fuego firmado con Rabat en 1991 tras el ataque de las fuerzas marroquíes contra un grupo de saharauis que bloqueaban el paso fronterizo de Guerguerat, en el extremo sur del Sáhara Occidental. Una vasta zona sin población donde Marruecos tiene instalada una aduana. “Hemos abierto las escuelas castrenses y se están llenando. Aquí se les ofrece entrenamiento para que puedan incorporarse lo antes posible al campo de batalla”, anunció entonces el Polisario.
Gauz entendió que su pueblo le necesitaba y se lo comunicó a su familia. Esa misma tarde, su padre acompañó a su hijo en coche hasta el cuartel de Rabuni, con lo puesto. Antes de dejar atrás una rodada de angustia y silencio, escribió a Amaia. El mensaje la impactó de lleno en la Plaza del Castillo de Pamplona, donde se celebraba una manifestación de apoyo al pueblo saharaui. Amaia se quebró en un llanto inconsolable.
Pues bien, ha llegado el día. Gauz se incorporará al campo de batalla cargado de recuerdos. Imágenes y sensaciones de los siete veranos que disfrutó en Navarra y en algunos coincidió con su hermano Brahim. Recuerdos de playa en Hondarribia, de piscina en Barañáin y de barracas en San Fermín. No olvida las risas y los juegos en familia con Itxaso, Amaia, Roberto, Titan, Amparo e Itziar Pérez de Heredia, con los que mantiene un contacto semanal si la cobertura lo permite. Estos días de junio están siendo especialmente complicados para las familias de acogida, teniendo en cuenta que Gauz no estará solo. En su misma unidad partirán otros adolescentes convertidos en soldados que también se han sentado en ese vuelo charter hacia Noáin.
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UN MENSAJE DE INQUIETUD
El 4 de junio, la misma tarde en la que la marcha por la libertad del pueblo saharaui encara la primera etapa hacia Pamplona, Mariem -hermana de Gauz- manda a Amaia un nuevo audio. A la joven saharaui se le escucha lanzar un suspiro inquietante. “Gauz saldrá en las próximas horas. Ya sabe el lugar”, dice el mensaje. “Pero es muy duro para mí y para su madre que se vaya a la guerra. ¿Y sabes qué me respondió Gauz? Me dijo: “Pero, Mariem, eso es lo que hay. No hay otra solución. Nadie quiere ir y hacer la guerra. Pero el cuerpo y el corazón me lo pide”. Esto es lo que piensa mi hermano. Que hay que ir porque todos somos iguales”.
Ese mismo 4 de junio, una tormenta de arena barre los campamentos y una columna de 500 latidos se desplaza a Madrid con una cajita de madera en dirección al Sáhara. Al inicio del acto, Carol García Pellejeros, presidenta de Asociación Navarra Amigos del Sáhara (ANAS) no disimula su emoción. Y llora. “En esta misma plaza llegaban todos los años a finales de junio nuestros niños y niñas saharauis...”. Su voz se entrecorta. “¿Has visto cuánta gente?”, interviene Mohamed Galiani, subdelegado del Frente Polisario en Navarra, un hombre de largos silencios. Los gritos de libertad se entremezclan con la batukada del grupo “Elefante Batuparta” formado por nueve niños y niñas y tres monitoras. También se escucha al delegado saharaui. “Sabemos qué es la guerra y conocemos la paz. No hay ni una persona saharaui que no haya perdido a un ser querido por la guerra. Por eso queremos la paz, para derribar el muro de la vergüenza. Paz para que no haya más expolios. Paz para que saharauis y marroquíes vivan en concordia. Marchemos entonces por la paz”, anima Lehebib Breica. Sentada en el suelo, Salka, de 38 años, da el biberón a Salma, de 8 meses.

UNA DUNA EN MOVIMIENTO
La maleta de los recuerdos se va llenando a pequeños sorbos. Y el eco de su interior se escucha incluso en los campamentos, confirman dos hermanas saharauis, Aziza y Lala, que portan una de las pancartas. “Desde el Sáhara nos preguntan si esta marcha va a tener efecto. En los campamentos están muy contentos porque se ha vuelto a hablar de nosotros”, esgrimen con fuerza. “Allí ahora hace mucho calor y mucha miseria”.
La columna tarda cuatro días en entrar en Viana, donde se une a otra de Aragón y continúan juntas hasta Logroño. La caja de madera se abre y se cierra al final de cada etapa, a los pies de los ayuntamientos. Dentro siguen redoblando sentimientos: pañuelos de fiestas de Navarra, Pamplona, Berriozar, Puente la Reina, Estella, Los Arcos, Viana, un manifiesto por el Sahara, una poesía, unos guantes del equipo Cross Puente la Reina, una camiseta del Club de Montaña de Los Arcos, botecitos rellenos de tierra... Los vecinos aplauden al grito de “¡Viva Sáhara libre!”. También hay niños y niñas en esta caravana de latidos. Ellos son la mejor garantía de la memoria histórica, explica Galiani. Desde pequeños conocen bien que hay que “salvaguardar” el futuro de una nueva generación. Pero los jóvenes saharauis que viven más allá del desierto se sienten revueltos y frustrados, porque quieren regresar, aunque sus padres los frenan. La lucha se ejerce desde cualquier rincón del mundo, tratan de explicarles. Son conscientes de que hay que salvar una generación.
Latidos y más latidos en esta maleta. Dos de las más pequeñas del grupo son Khadiyetu y Nana, de 7 y 9 años, nietas de Galiani, que no dudan en preguntar a su abuelo cómo se trabaja por el Sáhara. Y su abuelo sonríe cómplice. A Khadiyetu le gusta recordar los veranos en la hamada. Al abrir su propia caja, menciona a sus primos, el calor y los juegos en las dunas al atardecer. “Pero allí no comes ni duermes bien... y no hay agua”, añade la pequeña.
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45 AÑOS Y LA MISMA RACIÓN 
Al frente de esta marcha por la libertad camina con el negro, verde, blanco y rojo en sus manos, una mujer que habrá viajado en 70 ocasiones a los campamentos de refugiados. Nadie mejor que Txaro Pardo, coordinadora de ANARASD, para describir la situación hoy en este infierno de guerra, hambre y olvido. La última vez que voló a los campamentos fue el 7 de marzo de 2020, diez días antes del inicio oficial de la pandemia, pero las autoridades saharauis les pidieron que abandonaran el territorio una semana después porque Argelia iba a cerrar las fronteras. “Los campamentos no están bien. Hay que recordar que cuando sobreviene una crisis económica aguda que afecta a los países más industrializados del mundo, esa crisis repercute directamente sobre la población saharaui, que tiene el estatus de población refugiada. Las agencias internacionales son las que deben asegurar su alimentación”, recuerda Pardo. “Y el asunto se ha complicado a nivel alimentario. No olvidemos que la canasta básica que reciben no es más que una ración que se distribuye mensualmente y que equivale a una cantidad mejorada para una población que vive refugiada de manera temporal. El problema es que los campamentos llevan 45 años y por lo tanto la canasta básica es insuficiente y poco variada. Este es el principal problema”, subraya la coordinadora de ANARASD. “Todo está sujeto a un equilibrio tan precario que cuando falla cualquier proyecto, todo se desmorona. Por ejemplo, si falla la alimentación para los pacientes de los hospitales, esta parcela se queda sin cubrir. Por lo tanto, la situación se lleva mal desde la distancia. Todos son abusos por parte de Marruecos ante la pasividad de la comunidad internacional. Hay muchos intereses económicos y geoestratégicos que hacen que este conflicto sea un conflicto olvidado”. Si finalmente Argelia lo permite, volará en junio o en julio y el primer proyecto que supervisará será el de ayuda alimentaria, el de compras para la canasta básica (arroz, aceite, lentejas y azúcar) financiado por el Gobierno de Navarra. Luego seguirá con otros tantos relacionados con la educación, salud, medicamentos, leche infantil...
"CRIS, ¿ CUÁNDO VENÍS?"
El último verano que Gauz pasó en Navarra, después de siete años seguidos, confesó que soñaba que venía la guerra. Y que su sueño era abrir un chiringuito frente al mar en la zona ocupada. El año 2019 fue el último en el que los niños saharauis de Vacaciones en Paz, que llevaba funcionando desde 1995, abandonaron el desierto. En noviembre de 2020, Diario de Navarra publicaba que el 90 por cierto de los 1.500 niños y niñas que han veraneado en Navarra durante estos años se encuentran en el frente o preparándose para ello. “Esto significa que 700 familias de aquí tienen en la primera línea de los combates a uno o varios niños saharauis ”, precisaba la presidenta de ANAS.
“Cris, ¿cuándo vais a venir?”, le preguntan constantemente desde los campamentos a Cristina Domeño y a Polo Gartzia, padres de acogida durante doce años de dos chicos y una chica. “La situación la vivimos con incertidumbre, inquietud e inseguridad. La incertidumbre de no saber a qué tipo de guerra se enfrentan. A pesar de que está siendo muy intenso, siempre nos transmiten calma y piden que vayamos”. ¿Por qué uno da el paso de acoger a un niño, en este caso saharaui? “Somos padres de tres hijos, de 20, 18 y 15 años, y consideramos muy importante que aprendan la riqueza de otra cultura y a ser solidarios. Nuestros hijos han adquirido mucha sensibilidad al crecer a su lado y cuando viajan a los campamentos se adaptan a lo que hay. Los trajimos muy pequeños y los veranos se nos hacen inimaginables sin ellos. Nos da mucha pena que pasen otro año sin revisiones médicas”.
Titan Antoñana, padre de Amaia e Itxaso, reconoce que la pandemia está pasando “factura” a los pequeños en la hamada . “Se nota en sus cuerpos la falta de alimentos. La comida llega muy racionada”, lamenta. Todo esto ocurre mientras las columnas de la marcha por la libertad avanzan por todas las comunidades y los combates prosiguen. Fuentes saharauis aseguran que el ejército marroquí ha atacado a una caravana de civiles que esperaba para acceder a los campamentos.
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