Edición impresa

Actualidad Navarra, Pamplona, Tudela, Estella, Osasuna, Deportes, Gobierno de Navarra, Ayuntamiento de Pamplona, Política, Economía, Trabajo, Sociedad.

Sucesos

Testimonios de denuncias: "Rompía lo que tenía a mano. Una vez, la puerta de su habitación"

Simulación de una agresión de una menor a su padre
Simulación de una agresión de una menor a su padre
    Publicado el 06/06/2021 a las 06:00
    "Tengo miedo de mi hijo. Es impredecible y tengo la casa destrozada". Con esas palabras comienza una de las denuncias por agresiones de hijos a padres que ha investigado en Navarra la Policía Foral. El relato, que concuerda en muchos matices con otros similares, prosigue así. “Día sí y día también la tenemos”, cuenta la madre. “Cuando se pone violento, da golpes contra todo y me insulta. Rompe lo que tiene a mano. Una vez, la puerta de su habitación. Me llama ‘hija de puta’ y me grita que ‘ojalá estuviese muerta’”. En los episodios de mayor intensidad, las amenazas han venido acompañadas de la exhibición de objetos peligrosos. “Una vez fue a la cocina y cogió un cuchillo. Lo tenía en la mano y me decía a ver si lo veía bien, que con él iba a matarme. Nunca le había visto tan enfadado. Estaba fuera de sí”.
    Otro de los relatos tiene a una joven como protagonista. Sus padres llevaban un tiempo sospechando que les quitaba dinero. “Sabíamos que era ella porque una vez incluso se lo encontramos en una mochila que solía usar, pero al pedirle explicaciones se puso como loca, chillando. Me dijo (en referencia a su padre) que me lo estaba inventando, que lo que tenía que hacer era ir al manicomio”. La agresividad no aparecía solo cuando discutían, sino en cualquier momento, haciendo la convivencia insufrible. “De repente, me agarró de un brazo y me zarandeó, tirándome al suelo”. El uso de las nuevas tecnologías suele ser un gran tema de conflicto. “Cuando le reprochaba que llevaba mucho tiempo con la tablet y le intentaba limitar, se ponía como un loco. Al principio era todo verbal, pero en pocos meses ha llegado a darme golpes en el brazo cuando le arrancaba la tablet o a coger un cuchillo y una tijera. Me decía cosas como puta, yo mando más que tú y tú tienes que hacer lo que yo diga”. El hijo, en esa fecha, tomaba drogas, lo que incrementaba su agresividad y su necesidad de obtener dinero para seguir asegurándose los consumos, recoge la denuncia. “Cada vez teníamos riñas con más frecuencia e intensidad. En uno de los más fuertes tuvo que venir la policía y también sanitarios. Creí que podríamos solucionarlo, que no quería hacerme daño en realidad, sino amedrentarme y coaccionarme, pero cuando pasó todo, lejos de pedir perdón, se mostró muy orgullosa de su acción. Me decía que eso era la prueba de que yo era débil y ella me podía”. En el colegio, no era muy popular. “Lo había pasado mal con algunas compañeras, que se reían de ella, y eso había hecho que se encerrase más en sí misma. Solo se relacionaba a través de las redes sociales y si yo le preguntaba por los chats de contenido sexual me amenazaba diciéndome que no éramos sus padres y que si le seguía preguntando tanto iba a abrir la ventana y tirarse”.
    Testimonios de denuncias: Rompía lo que tenía a mano. Una vez, la puerta de su habitación
     
    José Luis Otano, psicólogo, pedagogo y mediador penal de ANAME
    "LOS PADRES NO DEBEN SER SIERVOS DE LOS HIJOS, PERO TAMPOCO POLICÍAS"
    “Hay solución”, afirma rotundo José Luis Otano (Pamplona, 1970). Su optimismo lo avala su experiencia como psicólogo, pedagogo y mediador penal en la Asociación Navarra de Mediación (Aname). Coordina el centro de día de Justicia Juvenil, en Casa Gurbindo. Hay solución, dice, pero no es mágica. Requiere tiempo e implicación. “Hemos visto que las familias que han pasado por una experiencia de violencia filioparental pueden volver a reconectar. Depende del contexto y la intensidad de esas agresiones, pero un trabajo de 6-12 meses en el que actúan todas las partes suele llevar a una rebaja de esa hostilidad”. Apunta a que en torno a una quincena de jóvenes y sus progenitores han completado un proceso de mediación y han continuado después con la intervención, con notables resultados.
    Para prevenir llegar a una situación insostenible, ¿existen señales de alerta?
    Sí. La violencia filioparental va experimentando un proceso de escalada. Del insulto se pasa a la amenaza, la ruptura de objetos, etc. El maltrato verbal suele ser la antesala del físico.
    La adolescencia suele ser una etapa complicada y es normal que surjan tensiones. ¿Cómo se puede evitar que se nos vaya de las manos?
    Hay varios indicadores que pueden cronificar una situación de violencia. Los padres y madres no deben ceder sus parcelas de responsabilidad. Ellos mandan en horarios, en la gestión de las nuevas tecnologías o del dinero, en las compras para el hogar... Los hijos no deben afianzarse en el chantaje (si no me das esto, haré esto otro) ni tampoco utilizar el lenguaje del miedo o las amenazas. Hay que gestionar esos conflictos en el contexto familiar, donde se dan esos comportamientos. Hay menores que usan la violencia en casa que son modélicos en su colegio o en su equipo de baloncesto.
    ¿Cómo saber que se trata de un conflicto propio de la convivencia o de la edad y no un motivo de alarma?
    Una desavenencia es normal, pero que se cronifique no lo es. Que haya una respuesta desproporcionada o violenta tampoco. Los padres tienen que ser firmes y seguros. Los enfrentamientos no pueden cambiar los valores del hogar.
    ¿Existen un perfil del agresor?
    Más que perfil, hay factores. Las personas no nacemos violentas, nos construimos en interacciones, en contextos, que pueden aumentar la probabilidad de que demos una respuesta violenta.
    ¿Y cuáles son esos factores?
    El uso de la violencia para resolver cconflictos; el predominio de padres y madres demasiado permisivos, sobreprotectores; el hecho de que cada vez haya más ‘hijos únicos’, en el sentido de concebir al hijo como tesoro, que puede hacer que sea un pequeño tirano, y los padres ‘añosos’, cada vez más mayores, con menos energía para lidiar con conflictos. También las nuevas estructuras familiares, que exigen más competencias si un único progenitor, por ejemplo, tiene que ejercer de padre y madre. Si a eso se suman menores con rasgos narcisistas, impulsivos y con poca capacidad de empatía, existe mayor probabilidad de que pueda darse una conducta violenta.
    ¿Hay que ser más firmes y decir ‘no’?
    No es decir no, es cómo decir ese no. Con firmeza, pero conectando con el hijo.
    ¿Y qué no hay que hacer?
    Responder con más violencia, si te insulta, insultar. Tampoco hay que ceder o justificarles. No podemos renunciar a la responsabilidad que supone educar. No somos siervos ni policías. No usar a los hijos en desacuerdos conyugales. Y si el problema se cronifica, acudir a profesionales.
    volver arriba

    Activar Notificaciones