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Paciente de 13 años

Inés Battauz Zucco: "Me habla mi madre y oigo palabras sueltas sin comprender"

El duro recorrido entre pruebas e ingreso de hospital de una adolescente de 13 años

Inés Battauz Zucco portaba esta semana en su brazo izquierdo un medidor de tensión.
Inés Battauz Zucco portaba esta semana en su brazo izquierdo un medidor de tensión.
Actualizada 06/06/2021 a las 06:00

Los tres últimos meses han sido severos para Inés. Desde que el 17 de marzo su cuerpo adolescente quedase atenazado entre un intenso dolor de cabeza y un cansancio desconocido y abrumador, ha peregrinado entre consultas a su pediatra, asistencias a urgencias, semana de ingreso en hospital y una biopsia. Creyó que los primeros síntomas podrían estar relacionados con la menstruación hasta que la prolongación de sus dolencias le condujeron a someterse a un primer test de antígenos para comprobar o descartar el mal que mantiene en vilo al mundo entero. “El 25 de marzo me hicieron una PCR y di positivo. Por aquellos días me encontraba mal, con mucho dolor de cabeza, muy cansada, dolor de garganta pero sin fiebre ni tos”, rememora.

Paradojas del destino, contrajo la enfermedad cuando -dice- había extremado las medidas de seguridad como fiel cumplidora de los consejos transmitidos por las autoridades sanitarias para frenar la transmisión. Fue la única de su familia curiosamente. Ni su padre, Agustín Battauz Sueldo; ni su madre, María Nöel Zucco Solari, originarios de Argentina aunque asentados en Pamplona desde hace dos décadas, como tampoco su hermana Clara, dieron positivo.

Lo que podía ser un episodio transitorio -después que el conjunto de la familia, incluida la propia Inés, se sometiese a una segunda PCR con resultado negativo-, acabó por revelarse en una pesadilla.

Desde el 17 de marzo, Inés, que acaba de terminar sus estudios de 2º de la ESO en Carmelitas Vedruna a sus 13 años de edad, no ha acudido a clase. Habituada a seguir las explicaciones vía on-line, en una de las sesiones y sin que hubiese aparentes motivos de tensión, comenzó a sentir “taquicardias. Un dolor en el pecho. El corazón se aceleraba a 145 pulsaciones. Todo este tiempo he tenido 100 como mínimo”. Lo dice en una improvisada conversación junto a su madre, intercalada por silencios y vibraciones de su brazo izquierdo al activarse un registro de control de la tensión. De unos días a esta parte es prolongación de su cuerpo para vigilar las posibles alteraciones que sufra.

El relato del trimestre de ingrato recuerdo está ribeteado de períodos de “muchísimo dolor de cabeza y cansancio muscular. Del 1 al 10” en una tabla que ella misma ofrece como ejemplo de la experiencia de sufrimiento “estaría entre 8,5 y 9”.

Curiosamente, ella que está diagnosticada de padecer asma, no ha tenido dificultades respiratorias pero sí una secuencia de dolencias que le condujeron, -vía pediatra de su Centro de Salud o vía Urgencias-, a ponerse en manos del cardiólogo, neumólogo o neurólogo. Hubo días en que el malestar alcanzaba tal extremo que no podía conciliar el sueño y debía recurrir a un medicamento para, al menos, descansar cuando llegaba extenuada a las últimas horas del día. Los analgésicos, vía oral en un primer momento e intravenosa cuando fue necesario su ingreso en el hospital, no atenuaban su dolor de cabeza, recuerda su madre.


PROBLEMAS DE CONCENTRACIÓN

Las secuelas de la covid descubrieron un dilema inquietante. “La semana que estuve en el hospital empecé a darme cuenta que me costaba mucho concentrarme. Me hablaban los médicos y estaba como desconectada, como mirando a la nada. Mi madre me hablaba y solo oía palabras. A veces no llegaba ni llego a comprender lo que me dicen. No logro procesar la información”. Su madre expresa su agradecimiento al equipo docente del colegio que, ante esta dificultad y otras, ha demostrado comprensión y prestado su apoyo a su hija mayor. Según dice, “no ha podido mantener su ritmo habitual de estudios”. Y aún así ha sido capaz de sacarlos adelante.

Hubo otra secuela, que le obligó a someterse a los resultados de una biopsia: “Tengo heridas y manchas en las manos”. Son una reacción cutánea a “algo que, como me dijeron, está activo en mi cuerpo”.

Cuando atiende por interpelación los efectos que ha podido dejarle la covid persistente en su ánimo, Inés descubre sus sentimientos: “Lo he vivido y hemos vivido en la familia con mucho estrés. A veces me ponía triste y rabia. Siento impotencia porque todo esto me limita en la vida después de lo que había intentado cuidarme para que mo me contagiara”. Su madre no oculta la preocupación de la familia por el desconocimiento de la evolución de una nueva enfermedad, como es la covid crónica. “Estamos con miedo”, dice.

Si algo pide a la Administración es que “ponga énfasis en la Sanidad para que los pediatras se puedan formar y para que también se cree un grupo de covid persistente en pediatría. Seguro que como Inés hay algún caso más. Lo importante es que se siga estudiando para así, algún día, volver a recuperar su vida normal. Inés y otros menores necesitan salir adelante”.

La súplica de la madre se entremezcla con incomprensión de su hija cuando contempla imágenes en la televisión de botellones o actitudes nada responsables de personas que se quitan la mascarilla y no guardan la distancia de seguridad. “Veo personas así de todas las edades y a veces pienso: ‘¡Que te toque a ti!’ Aunque no sea por un mismo, al menos, hay que protegerse por los demás”.

Desde que a mediados de marzo contrajese la enfermedad y ésta derivase en una nueva (covid persistente) cuando ya había dado negativo en la PCR, las nuevas tecnologías le han asegurado un puente de comunicación con sus amigas, a las que informa de las novedades en su proceso y de las que recibe el mejor de los deseos para un pronta recuperación envueltos en afecto.

El miércoles, después de confiar sus miedos y esperanzas en un testimonio para este medio, llegó a casa “con muchísimo dolor de cabeza e intensos cólicos” hasta que le venció el sueño. Estuvo a punto de acudir a Urgencias. “La verdad -dice su madre- es que todo esto es muy angustioso. Su cuerpo queda como el de una abuelita enferma”.


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