Anfas, el espejo de la dignidad
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Anfas, el espejo de la dignidad

Anfas, que el viernes celebrará el 60 aniversario de su constitución, insufla a Navarra de aire de humanidad con el valor de la persona en el centro de sus iniciativas a favor de personas con discapacidad intelectual. Hoy presta servicios a 1.318 de ellas y a 1.567 familias

Natxo Gutiérrez

Actualizado el 23/05/2021 a las 06:00

Anfas es una asociación que ayuda a la gente a entender que las personas con discapacidad estamos ahí”. Uxua Remón Berrade participa con 53 años de edad en el programa de autogestión que dentro de la entidad ejerce de altavoz de inquietudes y decide asuntos de interés para iguales. Tiene el grupo la virtud de ser inclusivo y de no olvidar a quienes tienen más dificultad de expresión, como dice Esther Lerga Goizueta, de comunicación. En su propia dinámica de funcionamiento incorpora un acento que Elena Echegoyen Pascual, responsable de zona en Sangüesa y coordinadora del área de viviendas, resume en una reflexión un cambio de perspectiva: “No se mira a una persona por el apellido de su discapacidad, sino por su nombre”. Hasta en “el poder de transformación que tiene la palabra” en la descripción de la hoy Asociación Navarra en favor de las Personas con Discapacidad Intelectual o con Trastornos del Desarrollo y de sus Familias -remarca Esther Lerga- hay una evolución y una hondura de significado que ayuda a superar la traducción inicial del acrónimo Anfas. Evocar su sentido original -(Asociación Navarra de Familiares y Amigos de Subnormales)-, suena como una bofetada en el rostro de la conciencia colectiva. Si hace 45 años, cuando nació su hija menor, Belén, Pachi Aguilar Cela formalizó su adhesión fue “porque creía, como así lo creo, que Anfas es una institución que defiende a las personas, que acerca a la humanidad”. Es por ello que Navarra tiene mucho que celebrar este viernes en el 60 aniversario de su creación.

Hay todo un camino de doble recorrido, particular y colectivo, que no fue fácil iniciar, porque acoger la vida de un recién nacido con discapacidad remueve entrañas. Sólo quien tiene experiencia renuncia a palabras huecas y habla con sentimiento. Después de una trayectoria de esfuerzo denodado, como tantos otros padres y madres, en la que no deja de apelar a la implicación de los responsables políticos para ayudar en el sostén del presente y futuro de la asociación, Pachi Aguilar, de 83 años, no puede sino “dar gracias a Dios” por su hija pequeña. Reflejo de la humanidad que respira su familia, dice que una de sus otras tres hijas se ofreció a cuidar de su hermana cuando él falte. Lo hizo con una propuesta para figurar en su testamento como responsable de su tutela.

Hasta fusionar el crisol de emociones que ilumina a Anfas hay una notable progresión desde su constitución en 1961 por voluntad y capacidad “visionaria”, como enfatiza su presidente, Javier Goldaraz Prados, de 169 personas que el 28 de mayo de ese año coincidieron en el Museo de Navarra con un propósito que hoy les honra. “Si nosotros lo tuvimos duro, no me quiero ni imaginar lo que tuvieron que pasar los que fundaron Anfas”, observa.

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EL CENSO DE 1973

Cuando Conchi Erro Eguiluz comenzó a desempeñar su labor de trabajadora social, en octubre de 1973, sucedió un hecho clave en la revelación de una realidad poco menos escondida en una sociedad que aún no había madurado en un anhelo de integración, en parte también por los prejuicios que empujaban a familias al ocultamiento. “Hasta entonces, Anfas organizaba colonias de verano”, rememora. Faltaba una radiografía de la discapacidad intelectual en Navarra. Conchi, que se jubiló en 2015, fue una de tres profesionales que accedió a la asociación como refuerzo para elaborar un censo. Al volante de su 600 se aventuró por caminos de pueblos de Tierra Estella con la consigna y la convicción de animar a padres “de que se podían hacer cosas, de que sus hijos podían hacer cosas”. “Fue una labor dura”, rememora; y “un momento histórico”, interviene Pachi Aguilar. “Cuando llegaba a algún pueblo se corrían los visillos para ver quién había llegado. Aquel censo fue lento y trabajoso. Ayudaron mucho los párrocos de los pueblos”. Las visitas no siempre eran bien recibidas. “Llegué a ver a chicos escondidos. Cosas muy duras. Una vez, una madre me preguntó qué hacía en su casa. ‘Si usted no quiere no pasa nada’”, recuerda que le respondió. “La mujer se rompió”. Por su fractura interna manó un caudal de lágrimas.

En aquel acierto por tener un registro lo más fiel posible de la realidad, hubo un nombre -Alberto Toca- que sobresalió por su intuición e impulso dado para cumplimentarlo. Fue la misma persona que años después cayó abatido por tiros descerrajados de ETA. Su identidad resuena en la memoria de Anfas como tantos que dieron su vida en su cimentación. “En 1975 -a sus 70 años de edad repasa con un listado escrito de su puño y letra la que fuera trabajadora social- se abrieron los primeros talleres ocupacionales de Navarra. Uno en Burlada, Centro San José. Una madre afectada, como llamábamos a los padres y madres de alguna persona con discapacidad, cedió un local y se puso el nombre de San José por su marido, que había fallecido. En Tudela se abrió otro taller, con el nombre de Bernardo Artajo, miembro de la junta allí que falleció antes de la apertura”.

La conciencia que iba creciendo se tradujo en réplicas de instalaciones ocupacionales que, por de pronto, tenían la virtud de ser un primer paso en la ayuda de abrir la puerta de los hogares. En Sangüesa, Conchita Sagüés Itoiz recibió el 10 de mayo de 1976 a cinco destinatarios de un primer servicio. “Cinco o seis padres, entre ellos la hermana del que era alcalde, Javier del Castillo, se movieron para hacer algo. El párroco Pedro Agustín Erro cedió unos locales en la calle Mayor. Y ahí empezamos con chicos de 17, 20, 33, 50 y 57 años, uno de ellos en silla de ruedas. A otro le daban ataques de epilepsias. Había situaciones serias y difíciles, pero me entregué a ellos. Eran dóciles. Cortábamos cintas, metíamos palillos en cajitas. A la hora del almuerzo, salíamos por el pueblo y la gente nos decían: ‘Ahí vienen los chicos de Anfas; ahí viene Conchita de Anfas”. En 2010 la Asociación de Baja Montaña-Mendi Behera reconoció su ímproba tarea de 30 años con el galardón de Inédita y Positiva.

La trayectoria de Sangüesa se vio ensanchada con la incorporación de un profesional, Pachi Crespo. Y aún hubo un nuevo impulso con el traslado a un taller. La nómina de asistentes empezó a engordar con venidos de pueblos de la merindad. A medida que iba dándose forma a una estructura mayor, fue precisándose de respaldo económico. En Sangüesa, el Ayuntamiento organizaba partidos de pelota en vísperas de fiestas y no faltaban la venta de boletos. Las cuestaciones con huchas se volvieron en una fuente de ingresos para el conjunto de la asociación.

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Nuevos talleres, la incorporación de centros asistenciales y más servicios acabaron por engordar el organigrama. Tudela marcó la referencia como pionera de prestaciones, recuerda Conchi Erro. Las necesidades condujeron a entablar conversaciones con el Gobierno foral. Los diálogos convergieron en la creación de Tasubinsa, como referente de talleres y centros ocupacionales y Onartu para centros asistenciales. Anfas se centró en la labor asociativa. Surgió otra entidad de sus entrañas: la Fundación Tutelar Navarra (Futuna). Aquellos primeros pilares edificaron un proyecto en Anfas que se ramifica hoy en “servicios y programas dirigidos a las propias personas con discapacidad, a sus familias y a la sociedad en general”. Detrás de los números -son 1.318 los destinatarios y 1.567 las familias que se acogen también a prestaciones- hay un soporte de profesionales y voluntarios. Entre los primeros se encuentran Rebeca Aracama Urtiaga, con 6 de sus 36 años de edad como estimuladora global en el programa de Atención Temprana en la zona de Estella, y Edurne Imirizaldu Matías, de 40 años de edad y 17 de trabajadora social en Pamplona. La primera asegura haber aprendido a “mirar sin juicio a las familias porque cada una de ellas hace lo que puede y lo hace pensando en lo mejor para sus criaturas”. Edurne Imirizaldu valora “la capacidad de resiliencia. Ante la adversidad, las familias y las personas con discapacidad sacan fuerzas donde no hay”. Hay un segundo aspecto que merece una consideración por su parte: “Las personas con discapacidad nunca rechazan a nadie.Tienen una mirada limpia”. Una vez, ante un féretro, Elena Echegoyen quedó sobrecogida por un gesto de ternura. “¡Mamá, nos vemos en el cielo!”, escuchó de boca de una de ellas. La persona siempre está en el centro y la búsqueda de su autonomía, una prioridad: “Todo ser humano tiene derecho a una vida independiente, auque necesite apoyos”.

La trama humana se entreteje con la madeja de los voluntarios. De tal condición son Amaya Recalde Elso, estudiante de segundo de bachiller de 18 años; Sonia Ropero Moriones, enfermera de 44 años y voluntaria desde 1995; Javier Antón Solans, funcionario de Justicia de 62 años y en Anfas desde 2006 e Iván Aceña Peña, de 25 y con 6 de experiencia en distintas facetas. También dedica tiempo de su vida Taib Sons desde que hace tres años llegó de un centro de Menores no Acompañados, originario de Guinea Conakry. Todos dicen que reciben más que lo que dan. Txema Herrero Barroso, de 65 años; y María Jesús Goñi Percaz, de 60, se lo agradecen. “He tenido diferentes etapas en la vida”, dice ella. “Ahora estoy en Anfas y me siento a gusto. Me hace sentirme válida”. Un buen regalo para un aniversario.

60 AÑOS


1961 Un total de 169 personas se reúnen en el Museo de Navarra, impulsados por una necesidad común de obtener una radiografía fiel de la situación de las personas con discapacidad intelectual e impulsar iniciativas.


1973 Anfas contrata a tres trabajadoras sociales con la consigna de realizar un censo de personas con discapacidad intelectual.


1975 Los primeros talleres. Recuerda Conchi Erro Eguiluz, una de esas primeras trabajadores sociales, que ese año se abrieron los primeros talleres ocupacionales en Navarra. Uno de ellos en Burlada, el Centro San José. Si recibió ese nombre fue en recuerdo al marido, del mismo nombre, de una viuda con un hijo con discapacidad. También se abrió el taller en Tudela, denominado Bernardo Artajo en atención a un componente de la junta directiva de Anfas en la localidad que dedicó esfuerzo y atención en procurar servicios. El taller se inauguró después de su fallecimiento. “Tudela fue el buque insignia -recuerda Conchi Erro-. Se abrió una guardería, un club de ocio y la residencia Vencerol y se creó la revista Par 21.


1976 El primer local en Sangüesa. Cedido en la calle Mayor por el párroco Pedro Agustín Erro, Conchita Sagüés Itoiz comenzó el 10 de mayo a acompañar a cinco personas.


1977 Se abre un taller en Estella.


1981 Se crea Poskonea -granja-taller- en Elizondo. Apertura de los centros de San Adrián y Tafalla.


1986 Se abre un taller en Lakuntza para la zona de Sakana.


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1987 Anfas asume la gestión de centros asistenciales, entre ellos el de San Miguel de Aralar, en Uharte Arakil; Monjardín en Pamplona; Santo Cristo de Otadia; y Oncineda en Estella. Las necesidades económicas desembocan en gestiones con el Gobierno de Navarra, que propone una organización de la estructura. Nace Tasubinsa (talleres y centros ocupacionales, como se puede ver en la foto superior) y Onartu (centros asistenciales). Anfas asume la labor asociativa.


1988 Anfas crea Fundación Tutelar Navarra (Futuna). Surgió para tutelar “a personas con discapacidad con capacidad jurídica modificada por propio deseo de sus familias o que no existían”, recuerda Conchi Erro. Su primer presidente fue Joaquín Muro. El número de personas tuteladas en la actualidad ronda las 65.


1999 Medalla de Oro del Gobierno de Navarra


2018 Premio a la Calidad de los Servicios Sociales.

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